Por Chomsky
¿Qué recuerda del 11 de septiembre de 1973?

-El clima que se vivía ese mes era denso, de una ansiedad colectiva. Quienes teníamos actividad política estábamos muy conscientes de que la situación era gravísima y esperábamos un gesto, en especial de la Democracia Cristiana, que aliviara la tensión de todos. No se ignoraba el riesgo de un golpe militar, pero nadie pensaba que sucedería tan inmediatamente. El lunes 10 trabajé en forma normal y lo único que me llamó la atención esa noche fue la ausencia de vehículos. El martes 11 me levanté temprano y cuando me dirigía en mi automóvil desde Colón con Manquehue a la Asistencia Pública en la calle Portugal, escuché la proclama de la Junta y más tarde en Radio Magallanes las primeras palabras de Allende. En la Posta había más de 100 militantes del Partido Comunista y yo tenía a mi cargo el comité de empresa, con varias células que dependían de la Séptima comuna. Al llegar se me acercaron varios trabajadores y me preguntaron: “¿Qué hacemos?” Tuve la percepción de que lo que venía era demasiado grande para nosotros, que era mucho más de lo que podíamos enfrentar y que sólo cabía permanecer en nuestros puestos. Organizamos que los choferes de las ambulancias y los practicantes fueran a recoger gente a La Mo-neda y al centro.

¿Cuándo se produce su encuentro con la Payita, Miria Contreras Bell?
-Yo estaba en el primer piso, en Urgencias, y después subí al cuarto, a Traumatología, donde trabajaba. Pasado el mediodía, Marta, una auxiliar que entonces era mi pareja, me avisó que en el primer piso una persona le dijo que necesitaba comunicarse conmigo. Esa persona se identificó como “la Payita”. Era la compañera de Salvador Allende y yo la conocía. Ella sólo me había visto el año anterior, la vez que fui a La Moneda a atender a Allende, quien había sufrido un esguince de ligamento medial, por lo que le inmovilicé una rodilla. Bajé de inmediato y encontré a una mujer revolcada, sucia y con un cuadro de angustia terrible. Me contó que el Perro Augusto Olivares, periodista asesor del Presidente, se había suicidado y que Allende estaba muerto. Esto último se lo había dicho el médico Patricio Guijón.

¿Cuentan que usted le salvó la vida al enyesarla y vendarla entera, dejándole sólo los ojos a la vista?
-La saqué de Urgencias, la subí y llené con un nombre cualquiera la tarjeta de ingreso. Estuve con ella un buen rato, le tomé una radiografía de rodilla y le puse una bota de yeso hasta la cintura. Cuando levantaron por tres horas el toque de queda para que la gente pudiera irse a sus domicilios, enviamos a la Payita a una residencial donde vivía mi pareja, a un par de cuadras de la Posta. Allí había un dormitorio, un baño y teléfono. Un chofer y un auxiliar comunistas eran los únicos que sabían que se trataba de la Payita. Se quedó varios días, hizo los contactos y le avisó a Marta que se iba. Después supimos que se habia asilado en la embajada de Cuba, que estaba bajo la bandera de Suecia.

¿A la Posta llegó el cadáver de Augusto Olivares?
-Sí, y me tocó la triste misión de acompañar a la morgue a su viuda, la actriz y conductora de televisión Mireya Latorre. (se emociona). Olivares era una persona muy sensible y alguna vez le escuché decir que si había un Golpe de Estado, él no lo soportaría. El ambiente en la Posta era ominoso, angustiante, espantoso… Me quedé cuatro días ahí porque si me detenían, habría testigos, me sentía más seguro que en mi casa. En la Asistencia Pública no había gente de derecha, casi todos eran de la Unidad Popular.

¿Cuál fue su labor en el gobierno de Salvador Allende?
-Cuando Allende, de quien fui un ferviente seguidor, ganó la elección presidencial en septiembre de 1970 hubo euforia en las calles. Él tuvo que salir al balcón de la Fech (Federación de Estudiantes de Chile), en la Alameda, para saludar el carnaval del pueblo y no olvido mi preocupación por saber cómo lo íbamos a hacer. ¡Esa noche me hice el firme propósito de brindar toda mi capacidad y labor partidaria para que triunfara la revolución! Durante los mil días de gobierno de Allende trabajé intensamente, fui muy buen funcionario, muy bien calificado y con un muy buen nivel de preparación. Permanecía hasta medianoche o la una de la madrugada en reuniones de comité de la Unidad Popular o del Partido Comunista. ¡Tocar este tema me deja muy afectado, porque habíamos dedicado todo nuestro esfuerzo, toda nuestra esperanza (se le humedecen los ojos), sin ningún interés personal…!

¿Qué le ocurre a usted después del Golpe?
-Tenía 45 años, llevaba 20 años en la Asistencia Pública y me exoneraron. El 16 ó 17 de diciembre de 1973 fui a buscar unos antecedentes para ver si podía ingresar a otro hospital. Yo estudié Medicina en la Universidad Católica cuando ofrecía la carrera sólo hasta cuarto año; los tres siguientes los hice en la Universidad de Chile, donde me titulé. En la Posta, un colega llamó a los carabineros. Me detuvieron en el patio de ambulancias y me subieron a un furgón a culatazos. Me llevaron a la Sexta Comisaría, en la calle San Francisco. Me vendaron y me trasladaron a la Escuela de Especialidades de la Fach, en el paradero 37 de la Gran Avenida, El Bosque.

Allí fue torturado…
-Siempre vendado, me desnudaron, esposaron y sentaron en una silla metálica. Me pasaron unos cables en las manos y cuando da la corriente uno no se puede soltar. Me pusieron un alambre en los genitales. Sentir la electricidad es espantoso. De una patada me fracturaron dos costillas (se toma el lado derecho del tórax). Me sumergieron la cabeza en un tambor con agua. Todo eso en medio de una angustia terrible y con la sensación pavorosa de que la muerte era inminente. Me preguntaban por la Payita, alguien me había delatado… Me obligaron a hacer tal cantidad de flexiones de piernas que me dejaron botado dos días, sin poder caminar. Para ir al baño necesitaba que me apoyaran dos compañeros. Después de 11 meses fui sobreseído temporalmente. Mi defensa alegó que al momento de darle amparo a la Payita, ella no estaba encargada por las autoridades…

 

 

¿Qué hizo al salir de la Penitenciaría?
-Salí el 11 de octubre de 1974, a las 21 horas, sin documentos y pensando en que me iban a matar. Esa noche, me quedé en el departamento de un sobrino. Estando preso me habían notificado la sentencia de que mi tercer matrimonio, con la locutora Gina Zuanic, estaba anulado. Al día siguiente llamé al relator Nicanor Molinare, casado con Lucía Zuanic, hermana de Gina. Fuimos al Estadio Nacional porque jugaba Unión Española. En el Block J me encontré con los dirigentes y Abel Alonso me dio un abrazo que me emocionó y me dijo que, a partir de ese momento, yo empezaba a trabajar en la Unión Española. Fue un gesto que no olvido, porque yo estaba con una mano por delante y otra por detrás. El padre de Abel había sido alcalde comunista de Somorrostro, en España.

¿Cuánto afectó a su ánimo la tortura?
-A pesar de la tortura nunca estuve deprimido, nunca me derrumbé. Es mi carácter, soy así. Me hice el ánimo de que estaría cinco años en la cárcel, entonces al salir antes de un año lo encontré corto porque tenía mi espíritu preparado. Pude irme del país, pero elegí quedarme y seguí con mi actividad partidaria hasta el regreso de la democracia, a la cual aporté mi granito de arena. Cuando la gente salió a festejar la victoria del NO en la Alameda, me trajo a la memoria la celebración de Allende en 1970.

Años más tarde estuvo detenido por atender a un integrante del Frente Patriótico Manuel Rodríguez.
-Atendí a un frentista herido en 1986. El FPMR había asaltado la panadería Lautaro, donde murieron un carabinero y un frentista. Pasé tres meses en la cárcel.

 

¿Cómo se enteró del fallecimiento de la Payita?
-En noviembre del año pasado me enteré de su muerte por los diarios. La sentí enormemente. No me atreví a ir al funeral porque soy quitado de bulla, pero le escribí una carta a su familia, a Isabel Ropert.

¿Se supera el rencor?

-Más que por el sufrimiento corporal a cargo de tipos transformados en monstruos, que no tenían conciencia de nada, el rencor es que hayan destrozado nuestra ilusión. Ahora, a los que fraguaron el Golpe no se les puede perdonar. Los demás eran personalidades sicopáticas, bajo una alienación enorme, porque el Ejército les enseña a ser crueles. Durante la instrucción se les prepara para matar perros con un corvo, a sacarles las tripas y meter la cabeza ahí. Por eso matan sin asco. El famoso Plan Zeta, ¿hay algo más falso? Es el reflejo condicionado: si no mato, me matan.

¿Tiene expectativas con las Fuerzas Armadas?
-Es posible que las Fuerzas Armadas estén cambiando. En el Ejército hubo un Carlos Prats y un Augusto Pinochet y la distancia entre ambos es infinita en calidad humana, capacidad intelectual y generosidad. Y no olvidemos que hubo uniformados que perdieron la vida después del Once por su conciencia democrática.

¿Ha visto el programa de televisión Secretos de la Historia?
-No. Tengo en video La Batalla de Chile y tampoco lo he visto. ¡Me duele, me mortifica revivir esa época!