“Cualquier cosa con cuatro ruedas me sirve ahora”. Eso le dijo Mary Elizabeth Berta Hitchman Godoy a los medios 24 horas después que le quemaran su Subaru Legacy blanco el 14 de julio pasado, el día del Porteñazo por la Educación. Eso lo recogieron algunos alumnos universitarios de la Universidad de Valparaíso y de la Federico Santa María, que hicieron una campaña vía Facebook, recolectaron 3.600.000 pesos y le compraron un auto nuevecito de paquete.

Atrás quedaba el día en que dejó su auto estacionado junto al Mercado Cardonal, a escasas cuadras de donde se desarrollaban las protestas, y cuando volvió, ya estaba en llamas. Pero no fue solo eso lo que enterneció a los estudiantes: lejos de echarles la culpa, entre los lamentos de lo que había perdido reconoció que eso era obra de unos pocos y que el gobierno también tenía responsabilidad en esto, al no hacerse cargo de las demandas estudiantiles.

Por eso los estudiantes se organizaron, hicieron una fiesta en la discoteque El Huevo, una rifa y pusieron una cuenta a su nombre para juntar el dinero para un auto nuevo. Lo hicieron a pesar de una “campaña del terror” de los diarios regionales de El Mercurio en el puerto principal, quienes llevaron títulos contrarios a lo que la misma tía Mary les dijo a los estudiantes antes que su Legacy del 98, el que le había regalado su difunto marido, dejara de arder.

“Cuando entrevistaron a la tía, cuando le quemaron el auto, ella no satanizó a los estudiantes ni al movimiento y dijo que los estudiantes estaban enojados porque sus demandas no eran escuchadas y que debíamos seguir. Eso sin duda nos tocó”, dijo Pedro Ramírez, presidente de la UFSM, al momento de entregarle su nuevo auto a la tía Mary.

“Estoy súper agradecida, feliz, pero quiero que la educación sea más justa, y también toda la sociedad. Que nadie más sufra lo que sufrí yo”, dijo Hitchman después de subirse a su nuevo auto, un Kia Morning 2010. Ahí dio un pequeño discurso y agradeció a los estudiantes que se motivaron para devolverle el vehículo, porque ella, según contó, “no tenía ni para un triciclo”. Final feliz para la tía Mary.