Por Luis Miranda Valderrama

Al hablar de esa manera, yo no pensaba ni en tu deshonor ni en tus faltas, sino en tu gran sufrimiento
Fiodor Dostoyevski, Crimen y castigo.

Lunes 6 de mayo. El sol de Santiago empezaba a desaparecer justo a las 18:15 horas por entre las techumbres y los postes de alumbrado público de la población La Victoria. Un débil y anaranjado reflejo brillaba en la ventana de la casa que enfrentaba a la de los abuelos maternos de Maciel Zúñiga Pacheco. Maciel estaba sentada en la puerta de entrada de la casa y su cuerpo delgado, que semejaba al de una marioneta abandonada, comenzaba a manifestar los síntomas de la angustia. Sentía un poco de frío, su piel estaba blanca y el miedo a perder el control la atormentaba. Necesitaba imperiosamente saciar el vicio que acabaría con su vida.

Cuando la noche terminó de caer sobre Santiago, Maciel se puso una chaqueta, se miró en el espejo y advirtió que su pelo castaño claro estaba ralo y sin vida. Su cara aún conservaba la belleza infantil que la había hecho tan popular. Sus ojos todavía brillaban con intensidad, pero aquel detalle no la engañaba. Maciel era un remedo de sí misma, y le interesaba muy poco que lo fuera. Lo crucial era salir a buscar algo de pasta para fumar.

“Me llamó Magali Pacheco”–dice una mujer algo obesa, de pelo negro corto y ojos almendrados-. “Yo soy la mamá de la niña. Ella nació el 25 de mayo de 1986 y ahora tendría 16. El 11 de julio de 1989, cuando la niña tenía 3 años, el Sebastián y yo nos casamos para darle una familia. La Maciel vivió una niñez súper buena”.

La niña revisó por última vez su ropa, que no parecía pertenecerle al encontrarse tan delgada, y salió. Enfiló por el pasaje Libertad y caminó hacia la población José María Caro. Sabía que allí un par de personas la ayudarían.

FUEGO, CAMINA CONMIGO
Maciel ya era una mujer destruida desde hace tiempo, pese a sus casi 16 años. El matrimonio entre su madre y su padre, Sebastián Zúñiga, comenzó a naufragar en la medida en que ambos se introdujeron en el consumo de la pasta base. Los abuelos maternos, que poseen un puesto de paltas en la feria libre del sector, llevaron a la pequeña niña a su casa del pasaje Libertad. Tenía 6 años. Allí, la pequeña creció tranquila y feliz; su belleza y simpatía la hicieron admirada y reconocida por la mayoría de La Victoria. Los adolescentes comenzaron a hablar de ella y Maciel, poco a poco, comenzó a responderles.

“Yo anduve pololeando con la Maciel hace 4 años, cuando todavía no se metía en el vicio” –recuerda un joven que prefiere mantener su anonimato-. “Era terrible de hermosa, la loca. La dura que era una joya. Noventa, sesenta, noventa, loco. No te miento. Ojitos claros, medio rubiecita. Una mina buena onda, terrible de bacán. Al final, se cachaba que estaba metida al vicio, yo creo, porque la Maciel andaba flaca, medio esquelética y lo único que quedaba de su belleza eran sus ojos claros. Créeme, loco. Era terrible de bella, la Maciel”.

En 1995 todo comenzó a cambiar en la vida de Maciel. Sus padres comenzaron a estar más presentes en su vida, pero ese hecho, lejos de ayudarla, fue quizás el inicio de su fin. Las crisis de angustia de sus progenitores eran cada vez más fuertes, y en una de ellas, su padre, desesperado por no tener pasta base para consumir, tomó un bidón con parafina, roció su cuerpo y se prendió fuego hasta que en medio de horribles gritos terminó hecho un guiñapo.

“La Maciel no lo vio, pero supo altiro que su papá se había muerto de esa manera –confiesa Magali -. “Quedó traumatizada y no era para menos, tenía como 9 años apenas. Al poco tiempo dejó el colegio, iba en séptimo básico, y a todo el mundo le decía que se iba a morir igual que el Sebastián”. Volada o sobria, Maciel miraba con sus ojos verdes y expresivos, y desafiaba a sus interlocutores para que escucharan limpia y claramente su destino: “Yo voy a terminar como mi papi. “Me voy a morir joven y envuelta en llamas. Me voy a prender fuego y todos recordarán que la hija del Sebastián murió como su padre”.

OJOS SECOS

Después que Maciel desapareció por calle Libertad aquel lunes 6 de mayo, su rastro se borró hasta el jueves 9, fecha en que su cuerpo casi entero quemado, apareció sobre un colchón, cerca de la José María Caro.

Los primeros informes daban cuenta que la fallecida era una mujer joven y que, debido a su extrema delgadez, presumiblemente era una drogadicta. Como el rostro y las manos estaban quemados, la identidad de aquella mujer fue un misterio sólo resuelto con exactitud por una muestra de ADN.

“¿Sabes?, voy a ser bien sincera. Esto pasó el 8 de mayo. Yo hasta el último minuto pensaba que ese cuerpo no era el de mi hija. Yo le decía a todo el mundo que mi hija estaba viva. Y sólo me convencí cuando me entregaron el resultado del ADN. Antes no. Yo la buscaba por Cartagena, por San Antonio. Anduve en la Caro, en La Legua y en La Vega. Alguien la vio en el paradero 39 y yo fui para allá. Estuve dos meses y medio pensando que estaba viva”, dice su madre. Se toma un momento de calma. Respira y guarda un silencio breve e intenso. Sus ojos están secos, sin brillo.

“No la podíamos controlar. Cuando andaba volada, volada, con 2 o 3 días de amanecida en el cuerpo, llegaba tirando jugo. Cuando estaba lúcida, en cambio, volvía pi-diendo perdón. Yo le decía, llorando, abrazada a ella: “Ya mi Macielita, tranquilita, ya va a pasar todo”.

MUERTE Y REDENCIÓN

El asesino de Maciel, Roberto Martínez Vázquez, “El Tila”, fue detenido el 13 de junio. Como se sabe, un mes después sería reconocido como el psicópata de La Dehesa, el salvaje violador de cuatro mujeres acomodadas.

Maciel conoció al Tila en su búsqueda permanente de pasta base por las poblaciones y, probablemente, consumieron droga juntos. Hace unos días, Martínez Vázquez confesó el crimen a Investigaciones. Así lo consignó el diario El Mercurio, el 11 de julio recién pasado:

“La verdad de lo sucedido la relató el asesino a la policía con espeluznantes detalles. Contó como llevó a la adolescente a su casa, del pasaje Uno Sur 4574, de la población José María Caro, comuna de Lo Espejo, donde consumieron pasta base hasta quedar ella sin sentido.

Eso ocurrió el 8 de mayo, después de discutir por un paquete de drogas que supuestamente la muchacha se habría apropiado. Martínez la apuñaló y allí mismo desmembró el cuerpo. Después puso los restos en bolsas plásticas, las que cubrió con un viejo colchón y cartones. En un carretón de mano hizo el traslado de varias cuadras hasta la vía férrea”.

“La Maciel jamás te tocó un trago –advierte Magali, luego que algunos medios dijeron que su hija era una alcohólica-. “Era güiña para los ciga-rros. Fumaba marihuana, angustia, tomaba chicota y aspiró neoprén. Vivió la vida muy rápido, mi hija”.
Tras el espectacular escándalo, Maciel fue reconocida por todos en La Victoria. Cada uno recordó una historia vivida con ella, pero un detalle quedó marcado en cada uno de los que hablaron alguna vez con ella: La eterna promesa de la joven: morir como su padre.

“Yo pretendo recordarla como la Maciel era: jugosa, peleadora, pero buena –dice mientras se apresta a iniciar un nuevo velatón en el pasaje Li-bertad-. “Si cuando ella estaba en la casa, pasábamos juntas. Nos fumábamos unos pititos y cuando le daba el bajón, íbamos a comprar chocolates. Ahí me decía que quería terminar cuarto medio y que pensaba ser matrona cuando grande porque le gustaba pensar en traer guaguas al mundo.

Apenas el sol comienza a ponerse por entre las techumbres y postes de alumbrado público de La Victoria, se da inicio al Velatón. Allí, decenas de velas se encienden y se apagan a medida que el fuego consume la cera. Por un minuto, el rito parece ser el inconcluso cumpleaños de Maciel, que por 17 días no logró cumplir los 16 años de vida. En una de las inscripciones, hechas con tiza, hay un mensaje de Carlos, el último pololo que tuvo la adolescente: