Por Alejandra Delgado

Ese dos de enero, Hugo Cepeda se montó en el camión recolector y partió a la faena. El sol empezaba a picar con fuerza y Cepeda trotaba acarreando los desechos acumulados tras la fiesta de año nuevo. Tirar bultos al compresor era su tarea desde hace 20 años. En todo ese tiempo, Cepeda encontró cientos de objetos extraños, pero jamás uno como ese.

-Estábamos trabajando en un sector de San Miguel cuando encontré los cuerpos. Estaban adentro de una bolsa grande. Era una mujer y una guagua. Me asusté mucho. En la basura es normal encontrar fetos. Pero ver a esa mujer me dejó choqueado.

Cepeda tiene un lema: “Para ser basurero hay que ser ciego, sordo y mudo”. En sus 20 años ha visto mujeres desnudas sacando bolsas a la calle, patas negras saliendo apurados de madrugada y más de alguna escena erótica dentro de algún vehículo.

-La gente cree que uno no ve, pero ve. Y hay que saber quedarse callado no más. Pero un muerto… ¿Qué cresta podía yo hacer con un muerto?

Durante un rato, Cepeda pensó en dejar el cadáver donde estaba. Pero resolvió avisar a sus compañeros, cargar el bulto adentro del camión y llevarlo hasta una comisaría.

-Fue lo peor que pudimos haber hecho. Como no podíamos dejar la basura botada, yo me terminé haciendo cargo de la finada y mis colegas siguieron trabajando. Le expliqué al cabo de guardia cómo había sido todo. Me tomaron los datos, me hicieron un montón de preguntas: que dónde la había encontrado, que si la había tocado, que en qué posición estaba. Me empecé a sentir perseguido. Además, me preocupaba perder la pega: tenemos orden de no parar salvo si hay desórdenes el 11 de septiembre.

Ese 2 de enero lo detuvieron por sospecha. Pasó siete días encarcelado y en la empresa se los descontaron de su sueldo.

-La verdad es que hubiera preferido encontrarme un reloj-, dice Cepeda.

Cuando salió en libertad por falta de méritos, recogió sus objetos personales: su anillo de matrimonio, la gorra, unas llaves y una cadena de oro. La misma que había encontrado botada junto a los cuerpos.

EL CORNUDO

Mario Garrido conoció a su compadre Juan Carmona en el club deportivo Fermín Osorio en la comuna de San Joaquín. Garrido no era del barrio, pero recolectaba basura en el sector y pasaba a ese boliche a tomarse unas cañas de vino cuando el camión se retiraba al vertedero para dejar las 21 toneladas de residuos que se habían recolectado durante la jornada.

-Me subo y me bajo del camión unas 300 veces al día. Corro como bruto siete horas seguidas echando bolsas arriba de un camión que lleva pura mierda. Al final, lo único que pienso es en terminar luego pa’ irme a tomar algo antes de llegar a la casa”.

Garrido tiene 56 años, le dicen “el Ito” porque termina todas las palabras con un diminutivo. Nunca fue al colegio y después de una larga cesantía buscó trabajo como recolector de basura hace ya cinco años. Al poco tiempo conoció a Carmona. En el club, ambos se hicieron adictos al pool y a las conversaciones de hombres. Pronto Garrido llevó a Carmona a su casa para presentarle a su familia y Carmona hizo lo propio con la suya. Luego vinieron los asados y el infaltable bautizo donde Carmona adquirió la categoría de “compadre”.

-Cuando nació el Abrahamcito, yo no la pensé dos veces. Le dije a mi compadre: ´Compadre, usted es mi hermano, es mi amigo, yo quiero que usted sea el padrino de mi varón’.

Garrido recuerda esa fiesta como la más inolvidable de su vida: “las mujeres estaban contentas, los niños corrían por todos lados y el ponche se hizo poco”. Y acota: “Nosotros terminamos siendo casi como una sola familia. Un familión por decirlo así. Por eso, me dolió tanto lo que pasó”.

Cuando Garrido hace su recorrido por San Joaquín grita: “¡Caseriiiita, llegó la basurita!”. Pero cuando le toca sacar la basura del Motel Montecarlo, Garrido no dice nada.

-Ahí hay que entrar como caballo de carrera, con las anteojeras-, asegura. Fue en una de esas vueltas donde una tarde pilló a la mujer de su compadre saliendo con otro desde el motel.

-No lo podía creer. Me acuerdo que era martes, eran como las tres de la tarde y hacía mucho calor. Ese motel es chiquitito entonces uno puede ver todas las puertas. De repente, vi que salía ella con el pelo mojado y con la cara llena de risa. Iba con un tipo grande, mucho más joven, pero que no le llegaba ni a los talones a mi compadre. Ella no me vio, pero yo la vi. Ahí me vino la locura, pero no sabía qué hacer.

Ese viernes, como siempre, Garrido se juntó con Carmona en sus clásicas citas. “Yo le dije: ‘juguémonos un poolcito compadrito’. Y él me dijo: ‘Démosle compadre’. Nos tomamos nues-tros traguitos y me envalentoné. Le dije: compadre, su señora le está poniendo los cuernos. Y le conté todo lo que había visto. Mi compadre me miró, se puso furioso y me pegó un solo combo en el hocico. Me dijo. ‘Nunca hable así de mi mujer’. Yo no entendía nada. Había pillado a su señora saliendo de un motel con un huevón y terminé siendo el malo de la película. Mi compadre nunca me creyó. Y nuestros viernes ahí murieron. Se acabó la gran familia”.

EL CAMIÓN MALDITO

Apenas salió de cuarto medio, Claudio Pérez se transformó en pioneta de un camión de basura. Era inexperto, corría lento y si podía, se quedaba atrás para capear la pega. Le decían “el Guagua” y, según su ex colega José Canquileo, sólo tenía una gracia: “Mina que pasaba, mina que piropeaba”.

Fue el propio padre de Pérez el que lo llevó a la empresa de aseo para que siguiera con la tradición familiar. El Guagua no tenía muchas opciones. Vivía junto a sus diez hermanos en la población 5 de Abril en condiciones precarias. Por esa misma razón, en varias oportunidades Pérez se robó las herramientas de sus compañeros..

-Nosotros cachábamos que se llevaba las cosas para venderlas. Era re diablazo, pero era un buen cabro- dice Canquileo. Y agrega: “Un día, cuando estábamos empezando a trabajar, el Guagua se metió a sacar las herramientas que estaban adentro del depósito de un camión. Nadie se dio cuenta y un compañero se puso a maniobrar la compresora. El Guagua se desesperó y en vez de arrancar para adentro, donde estaba vacío, intentó salir. Lo agarró la barredora desde la cabeza. Le tomó el hombro y el pecho. Lo partió en dos”.

Canquileo recuerda que los funerales del Guagua fueron masivos.

-Fuimos todos los compañeros con nuestras vestimentas de trabajo. Y en la calle donde murió, hoy hay una animita. Después no podíamos trabajar en ese camión. Andábamos con miedo.

Al poco tiempo, el otro pioneta se mató cuando asomó la cabeza y se estrelló contra un poste de luz.
-Luego empezaron a desaparecer las he-rramientas. Algunos pensaban que era el espíritu del Guagua que andaba rondando. Pero yo sé que era ese camión. “El camión asesino”, lo llamo.