Richard Ford fue uno de los invitados del festival literario Hay que se llevó a cabo en Xalapa, México, el fin de semana del 9 de octubre. El autor de El periodista deportivo (1986) y ganador del premio Pulitzer habló con el escritor español Eduardo Lago, en un intercambio más parecido a una pelea de boxeo que a una conversación. La charla transcurrió en un escenario al lado de un lago pintoresco, con el telón de fondo de jóvenes y adultos desplazándose por encima del agua a través de una tirolesa. No era difícil distraerse, pero el magnetismo de Ford pudo más que la tirolesa. Cada vez que hablaba el escritor norteamericano, se hacía un silencio admirado. Podía verse al crítico mexicano Christopher Domínguez Michael y al escritor argentino Martín Caparrós celebrando cada una de sus intervenciones.

Lago sugirió que las novelas de Ford podían considerarse metáforas de la realidad norteamericana; el autor protestó diciendo que cuando se sentaba a escribir no tenía en mente crear metáfora alguna, sino que escribía a partir de la acumulación minuciosa de detalles. Lago elogió a continuación la profundidad psicológica de los personajes de Ford; el escritor respondió desdeñosamente que sus personajes eran apenas “una construcción de palabras”. Ante la insinuación de Lago de que existía un correlato entre la vida de Frank Bascombe —el célebre personaje de la trilogía compuesta por El periodista deportivo, El día de la independecia y Acción de gracias— y la de su creador, Ford sostuvo que sus libros eran simplemente ficciones. Finalmente Lago se declaró derrotado ante un autor que se negaba a teorizar sobre su propia obra o a dejar que otros lo hicieran por él. Ford parecía estar disfrutando de derribar sistemáticamente a su interlocutor, pero las preguntas más concretas le permitieron bajar la guardia y hablar de su relación con la literatura del sur de los Estados Unidos.

Para Ford, el hecho de haber nacido en el sur —una de las regiones más pobres de los Estados Unidos, pero con una rica tradición literaria—, no significó otra cosa que un “accidente”. Nunca quiso verse a sí mismo como un escritor sureño: “No decidí nacer en el Missisipi, simplemente pasó. Es como ir a la cárcel por algo que uno no ha hecho. Descubrí que la gran literatura del sur ya estaba escrita. Yo quería escribir sobre cosas que nadie había escrito. Salirme de Faulkner fue muy difícil, y eso me sentó en mi propio caballo.”

Sobre Truman Capote opinó que era un autor con poca relevancia actual en Estados Unidos: “Me parece que tiene más influencia como personaje que como autor. No leí A sangre fría, no me llamó la atención. Capote tiene una obra más bien pequeña”. De Cormac McCarthy dijo que le gustaba Meridiano de sangre, pero no así sus obras posteriores, “las más populares”. Afirmó ser un gran admirador de Eudora Welty: “Ella solo estuvo casada con su escritura”.

Para Ford, la generosidad es una de las virtudes más importantes de un escritor. “Si tienes la suerte que yo he tenido, tienes que ser generoso. Las últimas generaciones son muy buenas, quizá incluso mejores que la nuestra”, dijo. Entre sus escritores contemporáneos favoritos de los Estados Unidos citó a Lorrie Moore, Jonathan Franzen y Jeffrey Eugenides.

Ford no quiso discutir sobre los géneros literarios: “La única diferencia entre la novela y el cuento es que la novela es larga y el cuento es corto”. Habló con ironía de los escritores que dicen estar poseídos por sus personajes y que se dejan llevar por el flujo de la historia. Para él, escribir es un proceso en el que el autor toma decisiones conscientes todo el tiempo; nada está echado al azar.

A la hora de las preguntas se mostró renuente a dar consejos sobre la escritura: “No me gustaría apartar a nadie de la escritura por culpa de una respuesta dogmática. Perdonen por no ser tan dogmático: solo soy dogmático en mi habitación”. Pese a su reticencia, terminó aconsejando: “Escribe sobre lo más importante que conozcas. No escribas sobre cosas triviales, sino sobre cosas que les interesan a los demás. Un amigo decía: ‘Escribe sobre aquello a lo que más le temas’. De eso se trata”. La conversación concluyó con los aplausos entusiasmados del público. Ford se retiró a firmar autógrafos; por la noche, lo esperaba la revisión final del manuscrito de Canadá, su nueva novela. Llovía, y la tirolesa había dejado de funcionar.