Acabo de leer que Osvaldo Andrade, presidente del Partido Socialista, y Francisco Vidal, el más vocero de los voceros, salieron a defender a Bachelet, luego que el senador Lagos Weber comentara que la posibilidad de encabezar los movimientos sociales, y encauzarlos, no tenía que darse por resuelta con la aparición de la Michelle como candidata presidencial. Agregó que al interior de su coalición había personajes extremadamente conservadores que retardaban los procesos y cambios que debían vivir los partidos de la Concertación, confiados en que todo se solucionaría con la llegada de “la monedita de oro”. La confirmación absoluta de que decía la pura y santa verdad se produjo cuando Andrade y Vidal, ambos representantes de esas fuerzas reaccionarias, pusieron el grito en el cielo, como si le hubieran tocado el poto a la polola.

El gesto salió hediondo a chupamedias. Lo cierto es que Michelle Bachelet es la mejor carta de la oposición para las próximas elecciones, pero no cualquier Bachelet. Si la ex presidenta se postula como la representante del mismísimo grupo que gobernó los últimos veinte años en Chile, con Andrade y Vidal escoltándola, apuesto mis ahorros que pierde.

La historia está revuelta, o “líquida”, como la describen algunos. Puede pasar cualquier cosa. Son muchísimas las ondas en órbita. El sábado pasado marcharon al mismo tiempo indignados, católicos y zombies. Entre los indignados iban estudiantes, mapuches y contrarios a Hidroaysén, para mencionar únicamente los lotes más significativos. “Por la Alegría de Ser Católicos” reunió 40.000 personas en la Plaza Italia. Las monjas bailaban dichosas al ritmo de unas canciones cumbiancheras que alababan al Señor. Así como existen los movimientos que defienden la dignidad gay, producto de tanta humillación, también los católicos están queriendo salir hoy a reivindicar su nombre.

En la Plaza de Armas, cerca de 10.000 ciudadanos disfrazados de toda clase de muertos vivientes caminaban con las piernas abiertas y las manos en alto haciendo “buuuu”. Convengamos que narrado en una novela pasaría por exageración. Yo hallo inquietante eso de los zombies. Escenifica la convicción de que algo aparentemente muerto, ha salido a penar. Más allá de las intenciones expresas de sus participantes, el sicoanálisis concluyó que los juegos no son chacota.

Las principales discusiones se dan hoy adentro de los partidos. No es la pugna de dos grandes bloques lo que está sucediendo, sino la multiplicación de enfrentamientos internos. Son cada vez más los temas transversales. Las barricadas ya no son privativas de las poblaciones marginales. Aparecen en el centro y en Providencia. A la altura de Carlos Antúnez, un lote de “capuchas” destruyó los vidrios de una sucursal bancaria, participando de una onda que poco tiene que ver con las anteriores. Hay derechistas partidarios de subir los impuestos y socialistas en el fútbol que actúan como socialité.

Terminan de corroerse los antiguos consensos, y con ellos la mordaza que durante dos décadas de acuerdos nos convencimos de bufar o saborear, dependiendo el caso. Es de suponer que para las próximas elecciones municipales -salvo que los cálculos de los políticos profesionales sean tan miserables, que obstruyan con mil excusas la aprobación de la inscripción automática-, el padrón electoral ya será otro. Si Michelle Bachelet no quiere repetir la experiencia de Frei, no podrá ser la misma que fue. La Concertación, como la conocemos actualmente, es un ancla pesadísima. Así Dios en persona se postule en su nombre, costaría que las mayorías le tuvieran fe. Las calles no caben en su pequeño salón, y si milagrosamente cupieran, no es el lugar donde harían la fiesta, porque la música es mala.

“Dime con quién andas y te diré quién eres”. Michelle Bachelet tendría que decidir sin tardanza si el proyecto que supuestamente encabezará se apoya en las energías nuevas que deambulan, o en los nostálgicos de palacio que antes de dormir se persignan en su nombre. No se trata de matar a los viejos, sino de cambiar la locomotora. Hay generaciones enteras de profesionales y fuerzas vivas de la sociedad (vivas y no zombies) que acudirían a su convocatoria o le negarían el voto, dependiendo de su opción. ¿Lo percibirá desde tan lejos?