Foto: Carsten Meltendorf

Aparte de los poemas que incluimos aquí, ¿qué nos puedes adelantar de “Elabuga”?
-Elabuga o Ö··Û„‡ es el pueblo donde en 1941 se ahorcó la poeta Marina Tsvietáieva. Quizás en su versión definitiva lleve otro título, pero quise que tuviera, en este formato provisional, esa referencialidad directa, pues cada poema trata o se vincula sólo a eso, a la muerte voluntaria por ahorcamiento. La conexión de nombres es una coincidencia, que viene de la génesis de este libro, vinculado estrechamente a mi desazón y las ganas de esfumarse “por mano propia”.

ELABUGA

“No he hecho de mi musa una ramera”, dijiste el 2008 aquí mismo en relación a los años que pasaron entre la publicación de tus libros “Metales Pesados” (1998) y “Alto Volta” (2008).
-Así es.

Habiendo pasado entre éste último y el que ahora viene nada más que tres años, ¿podríamos hablar de un destape de tu musa?
-Decía Umbral que la poesía es un sacerdocio en el que no se cree. Pero la falta de fe no implica falta de disciplina y a ese “magisterio caligráfico” no he renunciado. Diez o tres años no importan sino como resultado de un proceso. Este nuevo libro no quería tratar de lo que trata y tampoco ser expulsado de manera prematura. Estaba empeñado en escribir un libro multivocal y siempre dialógico, que continuara solfeando la lengua de lo que me interesa como sujeto y hablante, no sólo poético, sino también político: el poder cognitivo de la metáfora y su capacidad para herborizar e hiperbolizar el cómo las diferencias se transforman en desigualdades, ya sociales, ya culturales. Producto de una sumatoria de hirientes circunstancias personales, el resultado no fue el que esperaba y brotó un libro fuera de mis afectos, con esa dificultad tópica y estética, lugar común de los comunes, que es la muerte o donde todo procura morirse. Se cumple, quizás, aquel aserto del que yo había huido como de la peste: poesía es lo que le acontece a uno. O también, la poesía acontece, no la posee uno. En fin… “Vuestra enfermedad es un libro” decía Tzara.

Es decir, la biografía metió la cola entre tu musa y el oficio.
-Es probable. Aunque son las malas circunstancias las que provocan el libro, la fijación por este tipo de autoeliminación me ronda hace tiempo. Meses después de que Alfonso Alcalde se suicidara en mayo de 1992, entré al lugar donde lo hizo, un cuarto feble y precario que hacía de despacho donde se colgó con su propio cinturón. Me llevaron Darwin Rodríguez y Egor Mardones, poetas amigos y, en el caso de Darwin, acompañante parroquiano de los últimos días del autor. Yo recién publicaba mis primeros poemas en antologías y revistas y ellos me contaban los esfuerzos de Alcalde para que le publicaran sus nuevos libros o le dieran la remota esperanza de ubicarlo en algún convento o en un asilo. En su desesperación, no alcanzó a enterarse que días antes el gobierno le había concedido una pensión de gracia. Su viuda Ceidy contaba que Alfonso tenía una frase que repetía siempre: “qué horror”.

Qué horror.
-Esa muerte y ese cuarto en mi memoria y en mi propia pesadumbre me llevaron a darle un espesor de sentido y no sólo de sonido a los textos del libro. Creo que poesía y ahorcamiento se confunden, hasta hacer decir a Jack Spicer que “la poesía termina en una soga”. Por ello no creo en la cobardía veloz de la pistola, sino en la valentía parsimoniosa de la soga.

Noto que de todos modos te resistes a que la poesía sea “lo que le acontece a uno”, y en ese afán insistes en filtrar cierta reflexividad conceptual en estos poemas.
-Quizás, pero no se trata de sumarle pedantería al dolor, sino de entender, de darle fundamento a mi probable muerte utilizando esta metodología, que desde el punto de vista sociocultural –fui descubriendo– es muy potente.

¿Por qué tanto?
-El enigma de la autoestrangulación está resuelto a partir de la abundante evidencia empírica: edades, pesos, tipos de cuerda, altura de las caídas, huellas en la cerviz. Lo cierto es que el colgado no sólo muere por asfixia, es decir, por la presión directa de la tráquea o laringe, sino también por aplastamiento vascular (la constricción del cuello y los vasos cervicales detienen la circulación sanguínea cerebral) y, de manera colaborativa o directa, por el daño en el sistema nervioso central que provoca trastornos respiratorios y cardíacos e inhibe los reflejos necesarios del automatismo de la vida. Sin embargo, sobre el deceso de la biología, una red de sentidos y significados acompañan la ahorcadura como método y distinguen –de otros suicidas– al colgado.

COLGADOS

¿Qué es lo distintivo del colgado?
-Fíjate en la fotografía que imprima el que se anuda a sí mismo: el rigor del cuerpo, su vaivén bajo la cuerda tensa, el rostro congestionado. Una dramaturgia que compone un mensaje de horror al cosmos a través de una boca que quiere decir muchas cosas y no puede. O, según el gesto y su apertura, la venganza de quien tiene la última palabra sacándole su lengua al mundo. Izarse-escribirse, no para sentirse bien, sino para que todos se sientan peor.

Es una imagen que golpea duro y lo deja a uno, como el muerto, con la boca abierta.
-Claro, su semiótica es devastadora porque perturba, de sobremanera, el uso que el autoestrangulado hace de su cuerpo. Este ofende la propia concepción antropológica de la muerte occidental con un gesto cercano o liminar al de un kamikaze –en rigor, tokkōtai– que lanza su organismo al otro para llevárselo consigo. Vale decir, el ahorcado pareciera inscribir su propia muerte en la prolongación de la vida dejando la espectral disposición de su cuerpo como daño. De ahí que real y simbólicamente –intuyo– el ahorcado no se acaba, sólo se “suspende”: está casi de pie y pareciera equilibrarse verticalmente como un vivo. “La poesía no muere, sólo duerme”, diría Alcalde. Pienso que la violencia semántica del método tiende a engrosar el tabú del suicidio.

¿Por qué?
-Porque duplica su efecto en aquellas zonas sin habla de nuestra cultura, por cuanto sintetiza su literalidad: aunque la vida debe, imperativamente, ser vivida según la matriz cultural judeo-cristiana, el colgado resiste al predicamento como agente activo, necroempoderado, es decir, gana perdiendo. Y ojo, esto lo vio Villón en “La balada de los ahorcados” y lo vio Rimbaud en su “Baile de los ahorcados”.

Pero más allá de lo individual, ¿qué injerencia tendría la cultura y la sociedad en el uso de esta metodología suicida?
-Creo que las razones por las que alguien levanta la mano contra sí mismo descritas en el libro clásico de Emile Durkheim “El Suicidio” –egoístas, altruistas, anómicas y fatalistas– tienen una firme vigencia tratándose del ahorcamiento. Más allá del peso de lo social en la constitución de la melancolía, el vínculo probado del uso mayoritario de este procedimiento en las clases subalternas lo dota de una señal en sí, que nos habla directamente de un sistema que ha excluido al sujeto de los beneficios axiales de vivir en sociedad, incluyendo las modalidades para darse muerte. De esta forma, la democracia del método radica en la simpleza y el expedito acceso al mecanismo, que aún en la absoluta precariedad mental y material, está a la mano de cualquier mortal. El ahorcamiento aparece, de este modo, como un indicador del estado de bienestar de un individuo en sociedad utilizando una simple amarra para reflejarlo. De otra forma, ya lo había dicho Thomas Mann: el que nace para ser ahorcado nunca morirá ahogado.

¿Esto se da en el caso de los muchos ahorcados que citas en el libro?
-Conjeturo que hay algo en el ahorcamiento que apunta de manera más recta y asertiva al cuerpo social que otros métodos. El caso de Tsvietáieva es clarísimo. Después de infinitas desgracias que recorren sus años, Marina se enterró en su espejo. Cuando su marido se une al Ejército Blanco queda sola en Moscú con sus dos hijas pequeñas, sin dinero, trabajando por un plato de papas. A poco andar debe desprenderse de una de sus dos hijas para sobrevivir –Irina– la que termina muriendo de hambre en un asilo para infantes. Tiempo después, su otra hija (Alia) sería arrestada y confinada a un campo de concentración. Si, como dice Thomas Bernhard, el suicidio es la corrección de la vida, autoestrangularse pudiese ser la corrección de lo social. Suspenderse sería clausurar voluntariamente el tiempo individual para detener el tiempo colectivo… Porque para eso está el tiempo, para matar.

Lamentablemente, tú mismo en el libro has muerto ahorcado, ¿cómo se te vino a la cabeza esa muerte, “no por artificiosa menos terrible” al decir de uno de los que te escriben obituarios?
-Bueno, porque fuera del libro tenía intención de estarlo. El libro es la solución interna, una secuela espectral si se quiere, pero no menos material, de estar disuelto.

¿Y cómo fue ir leyendo esos obituarios cuando iban llegando a tu correo?
-Los obituarios son, quizás, los únicos rastros de continuidad de los procedimientos de mi escritura en relación con los libros anteriores. Tienen que ver con la etnografía imposible, convertirte en observador participante de la muerte por ahorcamiento y regresar con tu cuaderno de campo para describirla. La solución fue construir una realidad discursiva que me dijera muerto, enfatizando su eficacia simbólica. De cuando en cuando aparecen este tipo de actos –obituarios a personas vivas– por error, chanza, amenaza o venganza. Pero de lo que se trataba aquí era de invitar a algunos amigos a contarme en pasado para vivenciarme en ellos muerto. Me acobardé por mucho tiempo en utilizar esta metodología, maridada con la performatividad de las palabras, con su poder “realizador”, pero de otra manera no podía expulsar un libro que era homólogo a un trecho de vida que quería liquidar por doloroso.

¿Cómo respondieron los convocados?
-Algunos amigos se negaron, otros no pudieron terminar, angustiados, porque es un ejercicio que implica y co-crea la muerte del otro, es decir no querían experimentar una desaparición, o ser cómplices de una forma macabra de materializarla. Otros me emplazaron a no jugar, ni simbólica ni discursivamente, con la parca. Fue chocante ver los primeros obituarios que llegaron. Hubo uno de mi vecina Verónica Zondek y familia, que me dejó con mucho miedo. Julepe es la palabra justa.

¿Cómo era?
-Tenía mi cara en un círculo de loza, con palabras muy serias sobre un occiso que era claramente yo. Todo este material sirvió no solo para alimentar y retroalimentar algunos textos, sino también para allegarme un poco más a los vivos y rearmarme como sujeto.

EDUCACIÓN

Desde hace 6 meses, y con menos de 40 años, eres Decano de la Facultad de Filosofía y Humanidades de la U. Austral. ¿Qué tenías planeado hacer inicialmente y cómo cambió la mano con el movimiento estudiantil?
-Son bastantes iniciativas y no se contraponen –salvo por los tiempos– con muchas de las demandas del movimiento estudiantil. Las humanidades y las ciencias sociales han sufrido una enorme postergación en Chile. Las diferencias disciplinarias se transformaron, desde el Golpe de Estado, en desigualdades institucionales. Nuestra propia Facultad ha pagado altos costos en estos últimos 40 años por lo mismo.

¿Como cuál?
-Como la expulsión de gran parte de su masa crítica –en 1973, 1981 y 1995– a través de procesos verticales y arbitrarios de reestructuración organizacional. La Facultad de Jorge Millas, Luis Oyarzún, Guillermo Araya, Félix Martínez Bonati, entre otros destacados colegas, se ha ido fortaleciendo progresivamente en investigación, docencia y extensión, pero requiere, por su complejidad, un aumento de sus cuadros académicos, una mayor flexibilidad organizacional para trabajar interdisciplinariamente, e infraestructura, entre otros aspectos. Junto a mi equipo y un espíritu unitario y cooperativo de todos los colegas, hemos avanzado en algunos ámbitos en medio de esta crítica coyuntura.

Has estado muy involucrado en el movimiento; ¿qué lectura haces del presente y futuro de éste? ¿Alguna indicación de ruta que te gustaría dejar planteada?
-No sólo yo, obviamente muchos estudiantes y la mayoría de los colegas y funcionarios de mi Facultad, desde sus distintas tribunas y quehaceres, han estado participando responsable y activamente en este movimiento, lo que nos enorgullece. Lamentablemente el gobierno comenzó a extorsionar a los estudiantes, docentes y administrativos de manera indirecta, estrangulando financieramente a las universidades del CRUCH, condicionando el aporte de aranceles y becas. Con ello han intentado provocar guerras intestinas entre los distintos estamentos, creyendo aplacar, de manera cobarde, la legitimidad de las transformaciones.

¿Y qué se hace?
-Ante esta situación creo que hay que salvaguardar la viabilidad institucional –no podemos quedar en una situación aún más precaria de la que estábamos– respetando la posición que ocupa cada actor en la estructura del conflicto. No obstante, se debe persistir en la unidad de sentido y propósito del movimiento, dotando de musculatura a los puentes de convergencia para avanzar en la cristalización de las demandas. La atomización y el ensimismamiento nos puede llevar, incluso, a una posición regresiva. Es curioso este movimiento.

¿Por qué?
-Han confluido aquí las energías contestatarias de la generación de los 80, anestesiadas y frustradas en estos 20 años, con la de los estudiantes. Los padres biológicos y culturales de las y los jóvenes actuales se han hecho cómplices activos de los cambios que les fueron negados para “proteger” la democracia. De ahí su envergadura: padres, hijos y nietos están de pie y en la calle. Algo inédito. En la Reforma Universitaria del 67 los padres estaban aterrados de lo que hacían sus “niños”. Lo mismo en la década del 20 a partir de la influencia del cordobazo argentino en 1918 y, salvando las diferencias ideológicas, lo mismo sucedió con el putsch del 38: una parte del mundo adulto les dio castigo de inmediato y mató a los 59 jóvenes “soliviantados”.

JUVENTUD Y CAMBIO

¿Qué porción de tu tiempo le dedicas actualmente a la antropología? Si alguna, ¿en qué estás?
-He trabajado sobre representación etnográfica y literatura, pero de manera central y desde hace bastantes años investigo sobre identidades juveniles y lo sigo haciendo en el tiempo que me queda. Acabo de terminar un proyecto sobre el surgimiento de las primeras culturas juveniles en Chile -entre 1955 y 1967- abordando desde una perspectiva biográfica y documental la diversificación de estas identidades y su impacto en la sociedad, desde “carlotos” y “coléricos” hasta “a go-go’s”, “sicodélicos” y “revolucionarios”. Sigo publicando artículos científicos y capítulos de libros sobre el tema y resulta interesante contrastar diacrónicamente lo que sucedió en Chile a fines de los 60’ con lo que ocurre ahora.

¿Qué se ve al contrastarlos?
-Hace algunos meses cotejando historias de vida con archivos de prensa microfilmados, pude recrear lo que observó, con perplejidad, el día sábado 12 de agosto de 1967 una parte importante de la sociedad chilena: alarmantes titulares, acompañados de sendas fotografías, aludían a similares protagonistas: “Estado de Sitio en la Universidad Católica. Prorrogan huelga por otras 24 horas” rotulaba el diario La Tercera de la Hora, mostrando una imagen con jóvenes universitarios envueltos en una feroz gresca con un sacerdote, en medio de las primeras movilizaciones estudiantiles que condujeron al proceso de Reforma Universitaria. “Descomunal lío en el Coppelia. 50 detenidos; lucharon policías y público”, encabezaba La Segunda, junto a una instantánea tomada en Avenida Providencia de Santiago donde una multitud de jóvenes huía de la acción represiva de carabineros y el guanaco.

Titulares que perfectamente podrían leerse hoy en esos mismos diarios.
-Son dos hechos que no sólo muestran la superposición de dos episodios de violencia pública y juvenil –con el consiguiente “pánico moral”-, sino también exponen y amplifican el protagonismo adquirido por los colectivos juveniles en el país y sus mutaciones identitarias (estudiantes rebeldes, comprometidos, versus melenudos y “minifaldistas”). Juventudes que desde mediados de la década de 1960 metabolizaban con especial fuerza los cambios socioestructurales, políticos y simbólicos acumulados y sedimentados desde los años 50. No hay asombro: hoy como ayer, las y los jóvenes resultan ser metáforas del cambio social. Son un tropo real de una sumatoria de transformaciones que se incubaron, están eclosionando y alterarán no sólo el sistema educativo, sino el modelo de sociedad.

[1999-2011]

Querido Leopold lee esto muy, muy despacio
Y créeme que no tengo otra forma de decirlo.

Si hasta aquí has leído de prisa
Te pido vuelvas a comenzar de nuevo.

No me atrevo a pulsar tu número
Y quemar el poco aliento que nos queda.

No seré quien arriba, no seré quien parte
Para quedar en la mitad y vacía.

No te apresures, no te fíes de mi brevedad
Porque este día pardo terminará en el mismo día pardo
Que persistirá inmutable en otro día pardo.

Querido mío, hoy a las cuatro y treinta de la madrugada
Nuestro hijo nos dejó. Sus ojos ya no muestran ni sienten dolor.

Perdóname. He perdido un cuerpo para llegar
Y he perdido un cuerpo para regresar.

[robert & jules]

La vida, breve y aun así
Nos aburrimos.

Pido unas tijeras que corten
Una ventana que abra
Una viga que sirva

La cuerda que tensa no es una cuerda
Es una tilde sobre la cabeza

Así te enteras que fuiste una grave
Y no una aguda terminada en Ese
Y que la gente que sufre
No tiene por qué ser buena.

La vida, breve
Y aun así nos aburrimos.

Dejar los brazos cansados de su gesto
En juego obligado con la boca
Y las rodillas recordando su genuflexión.

Piensa luz y anota sombra:
Qué es una vida si la miras
Qué es un sombrero sino te queda.

elabuga
poemas de anticipo
yanko gonzález
ediciones kultrún
valdivia, 2011