Por Diamela Eltit desde Nueva York

En medio de un dispositivo policíaco agresivo y excesivamente numeroso, las marchas del sábado 15, en Nueva York, portaban leyendas que en la diversidad de sus reclamos impugnaban el capitalismo (sintetizado en Wall Street) y sus costos sociales. Al igual que en otros países del mundo, apuntaban a un nuevo pacto democrático que considerara la participación de la ciudadanía, permitiera accesos a beneficios sociales, pusiera a raya la concentración de la riqueza y frenara la especulación financiera. Y el retiro de tropas de Iraq y el fin de la guerra en Afganistán.

En la pluralidad y la complejidad de problemáticas que enfrenta USA, estos movimientos ciudadanos, todavía germinales, denuncian una considerable cantidad de situaciones que afectan no sólo la vida concreta de las personas, como son salud, vivienda y trabajo, sino que generan un grado de incertidumbre en torno a la reelección de Barack Obama pues muchos de sus antiguos partidarios se
desilusionaron ante las promesas incumplidas.

Principalmente las guerras, sus costos simbólicos y materiales, son un motivo de desafección de los que antes fueron sus fanáticos electores. Los simpatizantes y manifestantes que impugnan la indiferencia del sistema y los costos desorbitados de la guerra que, según afirman, deberían ser destinados a paliar las necesidades internas, podrían abstenerse y no votar para un segundo mandato del Presidente Obama y dejar abierto el camino a la derecha republicana.

Este movimiento anticapitalista provoca la adhesión por parte de organizaciones y poderosos sindicatos, aunque todavía no muestra una convocatoria significativa. Pero sí obliga al Presidente Obama a adoptar un discurso más decidido en relación con su universo social, para reencontrarse así con el YES, WE CAN que fue posible por el agudo trabajo político de la población, especialmente los jóvenes, que consiguieron, mediante una sorprendente organización, no sólo la caída republicana, sino llevar al primer ciudadano afroamericano a la presidencia.

Pero el punto neurálgico que afecta hoy a los Estados Unidos es la constatación de tangibles signos de decadencia que podrían derribar al que ha sido considerado como “imperio” del siglo XX. Esos signos de decadencia multiplican las paranoias con su poderoso rival: China, el actual fantasma que ronda toda la política estadounidense. El crecimiento chino, su potencia económica y militar, cruza los estadios discursivos que se abocan a demonizar las políticas y las prácticas comerciales chinas pero, a la vez, los vínculos financieros entre ambas naciones mantienen una necesaria pero tensa convivencia. Y en otro frente, precipitando la caída, la guerra y sus gastos inauditos parecen no tener fin y Pakistán se ha convertido en la sede ya no del aliado fiel de los Estados Unidos, sino en el espacio de la protección institucionalizada a los “enemigos”.

En la inmediatez política, la reelección del Presidente Obama no está enteramente consolidada, pero el probable candidato republicano, Romney, tiene fuertes limitaciones debido a que profesa la religión mormona (concebida como una secta por sus enemigos políticos) en un espacio regido masivamente por un extenso y fanático cristianismo. Pero, más allá del “binominalismo” estadounidense, que se mueve de manera monótona entre demócratas y republicanos, se está instalando el germen de un malestar custodiado por las fuerzas policiales que siguen fielmente su trazado represor.

Pero, por ahora, todo parece estar bajo control. Por ahora.