El gobierno los llamó privilegiados cuando empezaron a salir a la calle. Era justamente su gracia, Camila, Giorgio o Francisco no eran los más desfavorecidos de un sistema que justamente enfatiza las diferencias, las barreras, las fronteras entre los jóvenes, que busca inmovilizarlo así, enseñarle a cuidar su parcela, competir entre universidades, y ponerle muchos colores y encandilantes carteles luminosos a los guetos donde se encierran los alumnos más pobres. El movimiento estudiantil, de ahí su frescor, su vitalidad, su fuerza, no nacía ni de la rabia, ni del hambre. Su motor no era la reivindicación personal de los que siempre fueron excluidos sino la simple lucha de los habían tenido derecho a más que sus padres y hermanos por vivir en un país normal, tan normal como el resto de los países de la OCD.

Los estudiantes chilenos no pedían lo imposible, no se indignaban por lo que les quitaban. Como buenos alumnos que eran y son, aprovechaban las escasas libertades conquistadas para pedir las otras, las que se supone una república asegura. Era, y es en gran parte aún, lo contrario de un movimiento utópico. En el mejor sentido de la palabra era un movimiento reaccionario, uno que reaccionaba contra una utopía impuesta a la fuerza, la de la educación mercantilizada y segregada donde dementes como Gerardo Rocha o Alicia Romo podían con total impunidad lavar cerebros y hacerse ricos por ello.

Los estudiantes mantuvieron a raya estos seis meses el demonio que corroe casi siempre todo lo nuevo, todo lo fuerte, todo lo rebelde que se hace en Chile: El demonio del resentimiento. Esa forma convulsa de conformismo, esa humillación hasta en los huesos, esa mirada del otro que no te permite ser tú, con que la clase dirigente ha logrado siempre anular a los que les cuestionan su lugar. Motor que se quema a sí mismo, el resentimiento que es el más razonable de los sentimientos y el más irracional de los enemigos, no cruzó ni cruza la mirada de Giorgio y Camila, hijos de una clase media orgullosa de ser quien es, parte de un conglomerado, la CONFECH, donde se mezclan todos los grupos, opiniones, proveniencias en una mezcla explosiva de la que no está excluida ni el debate, ni la violencia, pero donde la descalificación a priori no es la tónica y que para bien o para mal llegan siempre a conclusiones conjuntas y unidas.

Hijos de otra cultura que la de sus mayores, parte de otro país del que la Concertación es en gran parte el inconsciente responsable, somos justamente los mayores, los políticos, los intelectuales, los opinólogos (entre los que me incluyo) los que no supieron leer la novedad misma de ese mundo que es capaz de sobrepasar los prejuicios y viajar hacia el otro. Como esos ácidos que revelan las fotos, el mundo de los adultos, de los responsables, de los políticos, de las autoridades han leído el movimiento cada uno desde sus prejuicios. El gobierno, desde el miedo a la subversión; Salazar y los ilusos, desde la utopía del poder popular; Tironi, desde Mayo del 68; la Concertación, desde su propio desconcierto. Por extraño que parezca, gente de la que uno espera tan poco como el senador Hernán Larraín han sabido comprender mejor el sentido del movimiento que Navarro o Girardi.

“Esto va a terminar mal”, escucho sin cesar de toda suerte de cabezas pensantes o no, como si esto fuese una película y no el mismo país, el nuestro. “Esto es una pelea de curados”, pensaba un abogado generalmente lúcido. El temor a los escupos y los gritos han mantenido a la mayor parte de la dirigencia política de todos los partidos lejos de la marcha, sin comprender que los escupos y los gritos son sólo la aduana que deben pagar para que los dejen entrar a este que sigue siendo su país, el que tienen la responsabilidad y el deber de representar incluso cuando cuesta, cuando duele, cuando no te regalan todos los puntos, cuando tienes que ir a ganar o aprender a perder el debate.

Los terrores que bombardearon La Moneda, que torturaron a los opositores, que encerraron a todos en sus guetos, han vuelto sin necesitar -por suerte aún- invocar a los militares para que reestablezcan el orden, que en Chile es sinónimo de miedo. Infantilizados, reprimidos, perdonados, condenados, parece que nadie entre los supuestos adultos responsables parece ver la oportunidad histórica que se nos está pasando delante de los ojos, el momento que no se repetiría en que Chile pudo doblarle la mano a 200 años de desprecio, olvido, crueldad sistematizada. Hemos rechazado desde la atalaya del miedo el reclamo de los buenos alumnos, de los que esperaron a que acabáramos con la dictadura para plantear sus demandas, los que se esforzaron por dar cifras, nombres, por hablar desde la moral y la razón.

Nos tocará ahora la rabia de los malos alumnos, los que excluimos pero también los que por falta de cualquier mérito se excluyeron a sí mismos, los sopaipas pero también los nihilistas de salón, los rebeldes pero también los narcos, los que se quedaron sin oportunidades y los que ven la oportunidad aquí de brillar sin esfuerzo. El dinero ahorrado en impuestos se gastará en guardaespaldas y rescate. Los ataúdes blancos de niños muertos en balas perdidas de la policía o no, serán el precio que pagaremos todos por haber elegido por la frivolidad abismal de un presidente sin otro proyecto que el vértigo de encontrar quien lo castigue. Esa frivolidad que nos dejó al país justamente su abismo, su incapacidad de ver y comprender al otro, su empeño en preservar un paraíso perdido de privilegios provincianos. Su desesperación que invoca a Dios sin parar, justamente porque no cree en nadie, no ha sido capaz siquiera de aceptar a tiempo el regalo sin par que le entregaban los estudiantes: La oportunidad de enrostrarle a la Concertación la reforma educacional que esta no se atrevió a hacer.

Entre todos, opositores y gobierno, amigos y enemigos del movimiento, le hemos querido imponer a los jóvenes la economía de la desconfianza, del ninguneo, la lógica del desprecio de los que tenemos más de treinta y cinco años no parecemos capaces de salir. Como en las tragedias griegas, las moscas de nuestros odios pasados, nos están arrancando los ojos cuando estábamos a punto de ver. No sé cómo podremos explicar a nuestros hijos o nietos, nuestra ceguera de hoy. No sé si tendrán, ocupados en administrar un país que se quedó a medias, la paciencia de escucharnos.