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Ay que horror más horroroso dicen los chilenos porque haya uno de los 18 millones llegando borracho al trabajo. Ay que cosa más reprochable quiquiriquean con ese acentito agudo, llorando, no al muerto en vida sino la posibilidad de que su ausencia les cueste un asado amargo cuando sean ellos los que se tomen su dosis viendo a los hombres patear pelotas.

Que así no se puede, que cuánta vergüenza, que el don borracho bien puede irse con sus gracias y muecas a la más olorosa de las mierdas; ya no queremos a ese loco que amamos porque nos rompió el corazón, se quejan lamentando no el hecho sino el resultado: cómo no la hizo piola el güevón, mascullan.

Y entonces van y se horrorizan sobre la mesa cuando se enteran de lo sabido, cuando lo obvio deja de ser voz a voz para imprimirse y !ay¡ el grito pegan. Qué asco, mi ídolo ya no es, conversan decepcionados, teniendo ellos, los chilenos, más de un Valdivia en el cuerpo.

Ahora reprochan, siendo ellos, en buena parte, un Jorge Valdivia a su modo.

Y es que les guste o no, el volante encarna el súmmum del chilenismo, del ser chileno, de lo chileno. Eso que todos y cada uno de los vecinos tiene en menor o mayor dosis. El germen del valdivismo.

Ese que se alegra a mares porque al vecino le va mal. El que se ríe detrás de la cortina y cuando el placer malsano no le basta sale al patio y va y le apunta y le dice “pobechito” con las manitos en puño sobre los ojos, diciendo llore mijo que es por mi culpa y jajajá qué alegría tu dolor. Así mismito como celebraba en burla los goles el susodicho.

¿Que no? ¿No es así, chileno? ¿No estaban tan tralalá cantando muy alegres cada vez que a sus oídos llegaba la revelación de que Uruguay perdía jugadores por motivos más dignos que un pisco con coca cola? No, esto es más digno, dirán ahora, que lesionarse.

Encarna el personaje a ese chileno profundo que de ser borracho se ufana y sus grandes hazañas son, mirá que logro, nos tomamos tres botellas entre dos, cinco entre tres, muchas entre pocos y resistimos como machos porque ser macho es resistir. Una botella al seco se tomó uno y tan chileno fue que se mató.

Valdivia encarna ese chilenismo que los chilenos se esfuerzan en negar una y tres veces Pedros. Los he escuchado, pechito de paloma en la pose, decir con la mascadera abierta que son el país que más alcohol consume y ahora a su borracho predilecto juzgan.

Pero no solo el chileno es Valdivia por empinar el codo, apretar el culo y despacharlo todo. No. Elogios floridos han despachado los pregoneros de la verdad en un micrófono porque la gran magia del mago sea lanzar una patada sin patear. Que el espantachunchos le llaman a la gracia del mago: hacer nada es el logro del que logró lesionarse solo. Esa picardía sosa han destacado, ellos, felices, diciendo que es un éxito burlarse en la vida.

Ah, pero no. Un gran jugador, persisten. Un imprescindible. Un ejemplo para el deporte: si sus colegas son llorones, el juez siempre está en su contra por sancionarlo. El equivocado es el que me descubre, no yo que me hice la trampa: Selman me va a echar, lloraba ante una cámara, sabiendo que hacerlo era un motivo de expulsión. Y así los chilenos acusan ante cuanto foro de foros haya que cómo puede ser posible que les están reclamando de vuelta algo que se robaron a bala y fuste.

Un loco lindo, dicen los defensores del gracioso que vestido de rojo, blanco y azul tiraba jamonada al desayuno porque que risa ser un ídolo imbécil, que risa ser un payaso, que risa joder la vida a las empleadas de servicio de ese hotel de Puerto Ordáz porque son pobres: que risa les da chilenos reírse del vecino pobre porque no tengan los avioncitos que ustedes. 6-1 ganó Brasil esa noche. Los avioncitos costaron más que lo que valdría una reforma de educación.

Vino el castigo y vino el perdón: el regreso fue una roja, roja, roja de expulsión en un tres-cero que ahora ellos recuerdan porque su arquero tapó un penal. Gran logro: no fueron cuatro.

Soy el mejor de los mejores y me necesitan, parece decir diciendo para luego matizar: y no es por ser soberbio. Curioso que la humildad del hombre coincida con la de ellos, todos, cuando se bautizaron de un guarapazo como los Ingleses de Sudamérica, los Jaguares, escondiendo con palabras la pobreza que al compararse con la de vecinos pobres como nosotros parece el toque necesario para llamarla folclor.

Y un gran chileno siempre está acompañado de una gran chilena: 202 pares de zapatos son siempre una razón muy digna para salir en la tapa del periódico más vendido de esa estrecha franja de valdiviedad.

Y esa gran chilena tuvo la desazón de ver como su marido aparecía en una secuencia de fotos bien acompañado. Y esa gran chilena vio, como todas las chilenas, a su marido llorar las lágrimas del descubierto, pidiendo una fila de perdones que, uno a uno, iban recordando a los de los ídolos caídos que ya ese camino habían recorrido.

“Si el loco es bueno, hay que aceptarlo como es”, lo excusan pidiendo le den mil perdones por sus errores. Y así han visto, vez tras vez, como el volante va y viene y la caga cagándola, como si pusiera en ello el mismo esfuerzo con que mascaba chicle abriendo la jeta.

Pero, tan chileno es Valdivia y tan Valdivia son los chilenos, que es probable que el perdón de los perdones, la priorización del talento sobre los valores, y la suerte del jugador y el país, lo tengan de vuelta vistiendo el polo rojo, metiendo goles y alegrando incautos que ya se olvidaron del golpe de estadio en su federación de fútbol, amparado por el más chileno de los chilenos, el de los brazos más cortos que el normal de los normales.

Tienen ese don.