Ahora dizque los chilenos están indignados de ser chilenos. Pegan el grito y se jalan las mechas porque, ¡Dios mío, hay fachos en Chile! Y gritan azorados que cómo es la cosa, que cómo puede ser posible que en su terruño, chillito lindo, haya quien piense así, aterrados de ver en un uniforme parte de lo que han querido negar alegando que lo de ellos no es nada más que orden y progreso. Hablando de respeto y estado de derecho travisten el facismo patrio instalado con mitos, patada y orgullo.

Que el homenaje al torturador los dividió de nuevo y razones tienen: mentira sería decir que son todos como el cosaco, pero no pueden negar que su país está hecho de Krassnoff con baños de democracia como el oropel de feria, con un olor a autoritarismo en su escencia y llevan, todos en distintas formas, un poquito de ese facho patrio que los hace encontrar sacro todo cuanto se llame Chile, todo cuanto se llame orden e institucionalidad y vaya bañadito blanco, azul y rojo. Y cuán enemigo es el que me lo ofenda, lloran.

Amenazan que por la Razón o la Fuerza desde sus íconos fundacionales con la piedra en la mano hablando, porque si no me lo das te lo quito, dicen desde el escudo y de ahí para abajo. Porque en este país el veredeolivo se respeta, acatan, y ese mismo verdeolivo va, en su rebaño obedeciendo y te pega un tiro y es legal.

Y sus padres de la patria, sus hitos fundacionales, sus semillas germen de malparidez, son mitos de sátrapas y empresarios, militarcitos de profesión o pasatiempo como el borrachín y mujeriego de Portales. El papá de los papás de Chile, el fundador del Chile tras el reinado del huacho semi-irlandés, decía escupiendo risas que a esa señora (puta) Constitución hay que violarla hasta que duela. Hasta que impere el orden. Su orden. El orden empresarial que hoy, en filita india, los veo seguir respetando con la rotula al suelo gastando hueso.

Porque Chile no solo es facho de nacimiento, es un país neoliberal por esencia y en ese revuelto de la consciencia colectiva los veo inflar el pechito de su éxito económico a costa de la deuda, sal del capitalismo. Los ves, desde todo el abanico de colores de pobreza, desde todo tipo de Chilenos, en mayor o menor medida, orgullecerse los biennacidos por las cositas de su país que defenderían hasta la muerte.

Ese falso Chile millonario invita a sus ciudadanos a burlarse del pobre, cuando es en un 80% un país de pobres enseñado a que con un televisor se es rico, cómo no, con dos ya se es buen partido.

Que no, que no, que no. Te equivocás peruano maldito, me dicen histericados los que piensan que uno habla de ellos como individuos, con el dedo, como el viejito le hizo al difunto por televisión. Y sí y no: son todos y no es nadie, y en esa generalización se sienten ofendidos, echándole tierrita a esa escencia del país más militar y autoritaria de lo que a más que muchos les gustaría reconocer moviendo la cabeza como burro de taxi.

Es un país facho porque lo facho se entiende en actos matizados, en escenitas, en actitudes tan tontas como el silencio temeroso que guardan como ofendidos al subirse al bus. Entonces, autoritario y temeroso, tiene convencido ese Chile profundo a sus chilenos que hay que agachar la cabeza hacia adentro y mostrar los dientes afuera: en el barrio, solo en el barrio.

Un país facho porque el discurso oficial -a veces cuestionado pero no modificado- habla de los progresos económicos de un puñado de familias y la masa, boca abierta, aplaudiendo la gracia de enriquecer a otros que le hacen sentir que el progreso es de todos.

Que hemos tenido gobiernos de izquierda refutan unos emputados, ofendidos, recordando a Salvador Allende y otros incluso ponen sobre la mesa los 20 años del ajuste neoliberal del arcoíris. Que la izquierda ha tenido procesos pero se los han boicoteado y no hablemos de los 17 años porque no pudimos ni hablar, rebuznan. Su izquierda, cruzando migración, sería la derecha de cualquier vecino.

Y fuerza ha habido, no se cuestiona, pero pelear contra el espíritu del país es imposible. La violencia del Estado estuvo, está y la historia colectiva parece tener a la gente convencida de que está bien que exista. Muy bien, excusan, acá no se muere de hambre uno, qué vienen a reclamar. Algo habrán hecho.

Entonces dicen que las cosas son tan bonitas en este país. Que acá todo se puede. País de oportunidades. Con esfuerzo las cosas se alcanzan, justifican ellos la desigualdad, cuidando rabos ajenos. El modelo neoliberal los tiene convencidos de que acá hay los medios. Acá se puede y no me importa si hay que pagar, lo tengo. Pero no cambies las cosas violentista, porque la estabilidad es el avál para el progreso, tan alcanzable como el horizonte.

Porque para eso Chile tiene facilidades. Chile tiene becas y créditos Les dicen ahora sus representantes y algunos creen. Los elegidos, los llaman, y por eso hay que respetar. Porque claro, Chile decidió, explican los chilenos y los chilenos les creen, un modelo de producción y desarrollo estable; un modelo injusto que hay que cambiar les reconocen sus dueños en la cara pero ellos estoicos, firmes, machitos aguantando como está de mal la cosa pero aquí la cosa es ordenada, el cambio se vive a plazos, como este auto, venga y ve que en 24 módicas cuotas por 5 años podemos permitirles cosas tan civilizadas como el divorcio.

Já por veinteputamil. Me río. Los avanzados. Qué bonita que es la deuda. Qué moderno es Chile.
Que dizque el bicentenario celebraron, festejando el mito del primer dictador al que le lamieron la suela. Pero ellos muy felices diciendo que doscientos años no los celebra cualquiera y fuimos el primer país en pegar el grito: será de dolor que hablan.

Un país que huele a charretera fundado en la superioridad -militar, siempre militar- sobre el vecino, porque ejército jamás vencido resoplan desde el comunista hasta Hermógenes. Con sus emblemas no te metas, amigo extranjero, corres el peligro de que un anarquista de cresta parada se despeine para aflojarte la mascadera por ofender su Chilesito.

Pero cuando ellos lo hacen qué bonito qué es. Qué linda la obra artística que en Perú no supieron comprender cuando sus compatriotas fueron a pringar paredes de Cuzco con grafitis como quien dibuja sus iniciales con orina en una pared.

Acá nunca hubo una redistribución en revolución y cuidadito con hablar muy fuerte. Acá nunca hubo una revolución profunda y en el puro susto a una justifican la violencia y la procastinación de cualquier reforma. Siempre parece que algo de la fiesta se les acaba, pero no, es una rumba larga, fiesta interminable, que mañana te lo arreglo dicen de arriba: ya, acatan con subordinación militar. Acá no hay revoluciones porque están todos viviendo el modelo molestos pero temerosos, el que acomoda aderezado con el nacionalismo y una historia de verdades distorcionadas, como la de todos los países, en la que, curiosamente, Chile siempre es el mejor.

El himno más bonito. La bandera más linda. La comida más rica.

El estado de derecho le llaman hoy desde los podios, pedestales, aulas, imprentas, salas de redacción, jardines infantiles, paraderos, restaurantes, casas de borrachos, panaderías y hasta en la fila del supermercado. Y ellos borreguitos aceptan. Acatan. Sí señor diciendo y respetando como palabra divina la ley que les metieron a punta de bala y aún no ha habido quién cambie. ¿O es que hay quien conozca a los asambleístas que redactaron la Constitución de los vecinos?

¿En qué archivo histórico guardan ustedes las actas donde Mengano dijo si y Perengano no? No hay. Que fue el muerto amanerado el que escribió la última, se excusan unos y abren el paraguas de la dictadura: sí, pero no tanto.

Escrita entre sombras, pero hasta el viejito del dedo se llenó la boca de saliva diciendo que la cambió al maquillarla. Y no es que sean tan fachos como Krassnoff, pero alguito del uniforme tienen puesto muertos de miedo confiando, que así hasta un empate es victoria. Los he visto celebrar.

Por eso les gustan los machos, la gritadera. La voz de mando.

El mismo viejito, el machito ex presidente, muerto de risa se emputaba en público cuando alguien lo interrumpía porque a él nadie lo calló en dictadura no lo van a hacer ahora, decía muy hombre y la masa aplaudía el circo del mandador que no fue capaz de ponerse los pantalones cuando hubo una falda poniendo el pecho a sus errores. Pero ellos, Krassnoff de espíritu, felices de tener mano dura, clap, clap aplaudían cuando a Bolivia le mentó la madre aquí y ahora.
Y más: que si te los encuentras en la calle borrachos ellos son bravos: por la violencia se solucionan las disputas que para qué vas a hablar ¡peruano güevón!

El borracho dice mucho y el espíritu viene de más: anda a ganarle a uno, a perder con uno: los chilenos reaccionan porque quieren su país como a un tótem.
Claro, tienen izquierda, lo que no hace que el jugo de Chileno no sepa del todo a autoritario: de campañas he almorzado yo la siesta viendo como los ancianos de rojo anuncian con entusiasmo en cada elección que esta vez sí pasan del 10 %, que qué logro, verás, como no nos quitan la sigla, que esta vez vamos a ser la balanza que defina y arrunchados en su 3% siguen, engordando en la comodidad del que nada hace con la excusa de que no lo dejan.

Que ¿por qué facho? Si acá hay elecciones, se indignan defendiendo al sistemita perfecto que perpetúa su modelo: si a eso llaman democracia, entonces felices deben estar.

Y es que hasta el más progresista de estos pega el alarido cuando viene uno a ensuciarle su bandera con cuestionamientos, porque Chile no se toca, Chile no se mancha, Chile no se ofende y sea como sea, Chile es mi Chile y me lo respetai, esputan.
Hay otro Chile, es cierto. Los he llegado a querer incluso. De ellos, los pocos, hablaremos cuando asuman todos el camuflaje y la violencia militar que los han impregnado hasta el puntito no tan chico de cantar viva Chile por hacer el amor.