Hubo una época en que la derecha negaba las torturas, asesinatos y desapariciones que suelen denominarse “violaciones de derechos humanos”.

Esta negación asumía formas más o menos brutales. Algunos decían que los “presuntos” desaparecidos en realidad habían abandonado sus familias y estaban viviendo en alguna parte de Escandinavia con una compañera rubia y de ojos azules; otros decían que era todo un invento del “comunismo internacional”, que no podía tolerar que un pequeño país como Chile haya sido el primero capaz de sacudirse el yugo “marxista-lininista” (la triple-i fue popularizada por el Capitán General: después de todo, se trataba de una doctrina “intrínsicamente perversa”); todavía otros, por último, decían que algunos de los hechos denunciados habían efectivamente ocurrido, pero que no eran sino lamentables y condenables abusos.

Llegó, sin embargo, un momento en que la verdad no pudo seguir siendo negada. Entonces recurrieron a lo que a estas alturas uno podría denominar la “defensa Pablo Alcalde”: “no sabía”.

Como en el caso de La Polar, la defensa es implausible en la medida en que se refiere a hechos que se desarrollaron no en un momento determinado, sino a lo largo de una década o algo así. Pero como el contexto principal de discusión de estos hechos en los últimos 20 años han sido los tribunales de justicia, en los que no puede afirmarse nada que no haya sido probado conforme a un estándar exigente de prueba, salieron del paso alegando ignorancia, porque su conocimiento no ha sido judicialmente declarado por sentencia ejecutoriada alguna.

Ni siquiera las contradicciones en las que a veces algunos incurrían (como cuando celebraban la humanidad de “Jaime”, que tantas veces intercedió para salvar vidas, o cuando un ex ministro que era rector se ufanó de haberle salvado la vida a Ricardo Lagos) impidieron que lo hicieran.

El problema es que la conducta que ha tenido la derecha en general y la UDI en particular muestran que en realidad siempre supieron y nunca les importó. Como la conducta que ellos tienen muestra eso, resulta imposible para el resto mirar con un mínimo de respeto lo que ellos creen que es respetable. En este sentido, hay pocas imágenes más elocuentes del Chile de la UDI “popular” que el hecho de que a Jaime Guzmán sólo pudieron levantarle un monumento en Vitacura, la comuna más rica de Chile, entre la torre Titanium y la Embajada de Estados Unidos.

¿Es esto todo lo que puede decirse? ¿Qué dicen que no sabían, pero en realidad sabían? La respuesta es negativa. Por eso la deliberación política se devalúa cuando adquiere tonos moralistas, algo tan común en nuestros días.

No se trata de juzgar lo que pasa o pasó dentro de la cabeza de quienes recurrían a las groseras explicaciones indicadas al principio y que ahora dicen que estaban equivocados, que no sabían. Se trata de lo que hacen hoy. De cómo viven y actúan hoy, de si su modo de actuar hoy es concordante con lo que ellos hoy alegan: que han estado y estarán siempre en contra de las “violaciones a los derechos humanos”.
Y lo que su conducta muestra es ominoso: su propia indignación los acusa.

¿Qué esperamos de los que se mostraron leales al ex-párroco de El Bosque y lo defendieron mientras todavía había algún espacio para la duda? Algunos seguirán negando, y dirán que se trata de un montaje contra el “padre Karadima”.

Ellos podrán seguir indignados con lo que perciben como ataques. Pero de quienes se convencen de que las acusaciones son verdaderas, en la medida en que se han convencido de que las denuncias siempre fueron verdaderas, uno esperaría, primero, culpa frente a las víctimas, que siempre dijeron la verdad y no les creían, y segundo, indignación ante quien los engañó, presentándose como un “santo” cuando en realidad lo que buscaba era someter y controlar a quienes tenía cerca.

Esa indignación estaría vinculada al hecho de entender ahora que fueron manipulados: que ellos se sumaron a una comunidad en la que creían que encontrarían a Dios pero terminaron formando parte de una corte cuyo fin era alimentar el narcisismo del “líder”.

Pero si en vez de eso reaccionaran indignados en contra de los acusadores, sería esa misma indignación la que los acusaría. Y eso es precisamente lo que puede decirse de la UDI, que reacciona con indignación al hecho de que un acto de celebración de una fundación política fue interrumpido por quienes creían que no había nada que celebrar.

Su indignación los acusa porque el hecho de haber pasado de (según nos dicen) no saber a saber ha sido indiferente para su conducta política. Si no sabían, tiene que ser que mientras participaban en el gobierno, mientras levantaban orgullosos esas antorchas en Chacarillas, estaban siendo engañados; que cada vez que defendieron a la dictadura, cada vez que dijeron que las acusaciones eran parte de una campaña orquestada desde Moscú, estaban siendo ellos utilizados como “tontos útiles” por quienes estaban mientras tanto torturando y asesinando.

Si eso fuera real, uno esperaría una actitud bastante distinta de la que han tenido: hacia el dictador que los engañó y manipuló de ese modo, rechazo; hacia quienes luchaban contra ese dictador, que ellos en su momento (cuando no sabían) criticaban, culpa. Culpa de no haberles creído.

En particular, su posición respecto de quienes se alzaron con violencia en contra la dictadura debió haber variado. Es evidente que merece un juicio distinto quien se alza contra un gobierno porque tiene diferencias políticas con él y quien se alza contra un gobierno porque ese gobierno pretende exterminar al grupo del cual es parte.

Cuando ellos los condenaban mientras “no sabían”, entendían que lo que tenían al frente eran “extremistas” que estaban en el primer caso; ahora saben que eran quienes estaban siendo asesinados, torturados y violados. Pero su actitud hacia ellos no ha cambiado.

Del mismo modo, ellos creían que “Jaime”, a quien ellos admiraron, era odiado (como lo recordó recientemente un columnista, con su habitual ánimo infantil de provocación) por su adhesión al derecho y a la libertad. Ahora saben que era odiado porque proveyó el sustento jurídico de un gobierno que desató el terror.

Es evidente que la opinión que nos merezca ese “odio” depende de si se trata de una u otra situación. Pero ellos (dicen que) pasaron de una a otra sin modificar en aspecto relevante alguno su posición. Esto muestra que en realidad no pasaron de una situación a otra, que siempre han estado en la misma. Y entonces el resto de los chilenos deberemos preguntarnos: ¿siempre supieron o todavía niegan?

Parte de nuestro problema respecto de este tema es que parece “del pasado” pero es actual. Parece del pasado porque se ha sumergido, ha dejado de ser un tema explícito de debate público y ha pasado a formar parte del suelo donde nos paramos. Pero eso no quiere decir que no tenga efectos.

Hace imposible, por ejemplo, tomarse en serio las invocaciones del ministro que nos llama a “cuidar” las instituciones, porque él estuvo en Chacarillas vitoreando con antorchas al dictador mientras éste se refería a “las limitaciones excepcionales que transitoriamente hemos debido imponer a ciertos derechos”.

El (como tantos otros, ahí y desde entonces) vitoreaba porque confió en el dictador, confió que las denuncias eran falsas porque él las negaba. Ahora sabe que el dictador traicionó su confianza, pero no se siente traicionado, no actúa como si hubiera sido traicionado por el dictador en el que confió.

Porque de esto se trata asumir responsabilidad. Y la derecha nunca asumió responsabilidad. La responsabilidad no de haber tomado una picana y haberla aplicado a un detenido, sino la responsabilidad de participar en un gobierno que desató el terror. No hay reglas legales que fijen cómo esta responsabilidad se asume, y por eso es tan importante lo que quienes se encuentran en esa situación hacen, mucho más que lo que digan o crean.