No conozco las Torres del Paine y tal vez ya no las conozca en su máximo esplendor, salvo que viva más de cien años. Un incendio voraz ha consumido miles de hectáreas de este santuario natural.

¿Y quién es el responsable? Pues el gobierno ya apunta sus dardos a un chivo expiatorio, como si encontrar al extranjero al que endilgar el problema, los sacara a ellos del mismo.

¿Cómo es posible que tengamos a nuestro cuidado tal maravilla y permitamos que por un accidente (de los que siempre habrán) se arrase con una parte importante de la zona más turística? No es posible que no exista un plan de emergencia con el que actuar en estos casos oportunamente; que no exista prevención para catástrofes como estas. No es posible demorar más de 3 días en reaccionar a la altura.

No al menos, si, con el sello prometido de ser el gobierno de los mejores, han mantenido el discurso permanente de la eficiencia, distinguiéndose de la inoperatividad de los gobiernos anteriores.

Si eso fue así, las cosas no solo no parecen haber mejorado si no que están peor. Despidos de personal en CONAF en la zona hasta un contingente insuficiente, ausencia de plan de emergencia, falta de recursos.

Haciendo lectura de la reacción de hoy a algo acotado, aunque grave, no quiero ni imaginar cómo sería su reacción si volviera a haber un terremoto de la magnitud del de febrero del 2010. Catástrofes tan extraordinarias como esas salen absolutamente de la norma y pueden sorprender al más pintado.

Probablemente no hay planificación que resista un sismo de 8.8 pero se abusa de la posición cómoda del espectador crítico, de la que gozaban en ese tiempo. Hoy, que son autoridades, que han tenido tiempo de planificar ex post, que tienen la reciente experiencia vivida, son incapaces de estar a la altura y el discurso es otro.

Y la reacción es la habitual, sin espacio para la sorpresa, ofreciendo penas más severas (siempre ex post); castigando más drásticamente al autor.

Severidad inútil, porque ya sabían del anterior incendio e igual no hicieron nada por cambiar la legislación, tal vez esperando uno que quemara más de 12 mil ha. Prevención y capacidad de reacción es lo que se requiere.

Y qué decir ahora de Quillón. Más de 150 casas destruidas por otro voraz incendio. Más de 500 personas damnificadas. Damnificados que necesitan incluso más eficiencia y ayuda que la flora y fauna autóctona. Personas que ven desaparecer sus recuerdos, el esfuerzo de sus vidas, su espacio en el mundo. Como los damnificados del terremoto que aún esperan por la reconstrucción en una región que sabe de dolor y de espera infructuosa.

Y no es relevante, para estos efectos, si el incendio es intencional, negligente o simplemente un accidente, porque lo que interesa es la respuesta que se dé a estas catástrofes. El costo de este retardo e incapacidad de reacción es enorme.

La preocupación por el medioambiente y la ecología debe ser una política permanente y no una reacción ante la catástrofe mal atendida. Preocupación y prevención que debiera considerar que el mundo nos mira y espera que cuidemos aquello que se ha declarado “reserva de la biosfera” por la Unesco.

Si lo prometido es eficiencia, si lo criticado es la supuesta falta de preparación de las instituciones públicas para atender los desastres, de la naturaleza o del hombre, exigimos resultados, exigimos diferencia.
Y no hemos tenido nada de ello.