El extraño mundo del sopaipleto

Como todo lo atrayente y desconocido, el sopaipleto tiene una leyenda. La más aceptada es la que ubica su origen en la no tan mística ciudad de Talca, donde se llaman Wambys y son del porte de un plato grande. Lleva todo lo que un completo italiano llevaría, incluyendo la vienesa. Pero más al norte, en la capital, una versión más escuálida, pero no menos sabrosa se hace presente. Es el sopaipleto de La Sin Rival, justo abajo del metro Camino Agrícola. Sin vienesa y sin palta, esta sopaipilla tamaño de bolsillo alimenta a los hambrientos universitarios del Inacap que está al frente.

“A partir de marzo la cosa cambia”, dice Raúl Contreras, freídor experto de La Sin Rival. Comenta que antes sus sopaipletos llevaban palta y salsa verde, emparentándolos con sus primos los completos. “Hasta 30 kilos de palta y 3 cajones de tomates diarios nos gastábamos”, dice. Pero para mantener el precio de la sopaipilla en 130 pesos, tuvieron que dejar de lado esas salsas. A cambio, el sopaipleto floridiano tiene salsa americana, mayonesa, ketchup, merkén, salsa de soya y mostaza. “No es cualquier mostaza, es JB, nos preocupamos de que todo sea de buena calidad”, dice don Raúl. La masa es suave y crujiente por fuera, además que todos los condimentos hacen que se sienta como una comida completa. Y por 130 pesos.

Papapleto, el vegano

Las variaciones sobre el conjunto de pan + agregado son infinitas. Y para la gallá vegana, que no puede comer nada que haya respirado, el papapleto es la opción de comida callejera. Este primo hermano del sopaipleto tiene sus orígenes en la ciudad de Valparaíso, probablemente la orbe chilena con más punkys por metro cuadrado. La leyenda apunta a la picá “Aquí está la papa”, pero en la capital, un buen lugar para degustarlo es el Pollo Barra, en Brasil 337, en frente a la plaza. Los hay en variedades Italiana y Dínamica, y la base es simple: en vez de salchicha, lleva papas fritas. “Los están pidiendo cada vez más”, dice el jefe del local Enrique Mesas. En un buen fin de semana se venden casi 60 diarios, entre sus variedades normal y extra large, de casi 50 centímetros. “Es más complicado de hacer, porque se desarman y el pan tiene que absorber el aceite de las papas, pero se los llevan igual”, asevera Enrique. El precio: fijo en los $700 asegura a los comensales.

A la mesa llega un coloso peinado con abundante palta natural. El primer mordisco es extraño. La mezcla de papas fritas más pan es rica en un principio, pero una vez que pasa la sensación crocante de las papas, y queda la suave carne cocida de ésta, se funden en una sola masa con el pan. Y eso sabe raro. Igual, como pasa con las papas fritas, no puedes dejar de comerlas. Se extraña la vienesa, pero entre esto y una salchicha latiguda y blandengue, mejor son las papas. Además están bien de sal, algo cada vez más extraño de encontrar.

Del oriente con amor

Lo que más destaca de la pastelería coreana “Había una vez”, en Antonia López de Bello 323, en Patronato, es que todo, absolutamente todo, se ve rico. Desde las masas más extrañas que parecen haber sido traídas como tesoro por el mismo Marco Polo, hasta las versiones más tradicionales de tortas y tartas. “Es pastelería europea ajustada al paladar asiático, menos dulce y más suave”, dice Rodrigo Olate, la única persona que habla español y no atiende mesas. “Por ejemplo tenemos la pasta de poroto dulce, que es como el dulce de membrillo. Se toma el poroto, se cuece y se saboriza. Queda con esa consistencia”, asegura. Luego nombra las piezas más exóticas de esta pastelería, como el pan con melón, el pan con calabaza, la pizza en baguette y un completo en pan plano cortado en forma de espigas. Finalmente recomienda la croqueta de pollo al curry, una de las pocas cosas fritas de la pastelería.

Tarda en llegar a la mesa, pero la croqueta es sencillamente exquisita. Crujiente por fuera, esconde un cremoso interior de pollo, cebolla y zanahoria, todo esto especiado con jengibre, cinco especies y curry. Es suave, liviano, pero una de estas bolitas podría reemplazar perfectamente un almuerzo. Bueno, para estómagos decentes. Lo mejor es que cuesta sólo 1000 pesitos.

Chorillana china

El nacimiento de este glorioso plato, lleno de magia y que amalgama en un abrazo fraterno la tradición milenaria china con las raíces fritangueras nacionales, fue bastante carente de espectacularidad. Un día se les ocurrió y ya está. Hace unos tres años, simplemente mezclaron papas fritas con carne mongoliana. Pero qué mezcla. Es el plato más vendido del restorán Asiática, en Huérfanos 640 local 11. “Una clienta me dijo una vez que también lo vendían en un local en Bellavista, pero que lo hacían con carne de churrasco. El que hacemos acá es con verdadera carne mongoliana, el nuestro es el auténtico”, dice Carlos, garzón hace 10 años (también es el único que habla español, ya que el dueño se quedó con cara de no entender el chiste ante todas las preguntas). El nombre de este plato es tan fome como su origen: Carne mongoliana con papas, pero los clientes son más creativos y lo han apodado “papamongo” o “chorrichina”. Por acá creemos que “papas imperiales” o el más terrenal “chorillana china” son más adecuados.

El plato es tan perfecto que uno se sorprende por no haber visto esta mezcla antes. Las papas fritas, cortadas gruesas y recién fritas, combinan perfectamente con el sabor fuerte de la carne mongoliana. Lo crujiente de la papa se mezcla con el crujiente del cebollín, pero lo mejor debe ser la forma en que la papa absorbe ligeramente los jugos de la carne. Supremo. Y por $3200 comen dos personas con estómago moderado.

Quiero comer gusanos


Chile es un país bastante conservador en cuanto a sus comidas. A diferencia de otras latitudes, lo de acá no va por el lado de los bichos y gusanos. ¿O sí? Bueno, algún sector de la población sí incluye gusanos en su dieta. Después de todo, los venden en Assi Market, en Antonia López de Bello 326. “Se vende harto. La mayoría de los compradores son chilenos y coreanos”, dice Ester Miranda, trabajadora del supermercado asiático. “Son bien ricos y tienen un sabor bien particular. Eso sí la primera vez los comí con los ojos cerrados porque parecen cucarachas”, advierte Ester.

Ok, Ester no está del todo equivocada. Los gusanos, a pesar de su apariencia, no son tan malos. El problema son dos: sí, aunque sean pitucos gusanos de seda se ven como cucarachas y el más grave; son crujientes y explotan en la boca. DE sabor no están mal, saben un poco como a choritos especiados con comino, pero los gusanos, o al menos en conserva, no son lo mio.