El año pasado vi Malas tierras (1973), de Terrence Malick: dos jóvenes y hermosos psicópatas de una desesperanzada zona rural de los Estados Unidos que se dan a la fuga asesinando sin remordimientos mientras viven su particular cuento de hadas. A diferencia de los salvajes protagonistas de Asesinos por naturaleza (1994), de Oliver Stone, los personajes de Malick (Holly y Kit) no parecen particularmente enojados con el mundo o sedientos de sangre, sino que más bien oscilan entre el aburrimiento y la impulsividad juvenil. Después de una serie de ejecuciones casuales (incluyendo la de su mejor amigo), Kit se vuelve hacia la angelical Holly y le pregunta si está cansada; cuando ella responde lacónicamente que sí, él le promete que “cuando esto se acabe, me voy a sentar y te voy a comprar un bistec grande y gordo”. Resulta extraño —o tal vez no tanto— que la crítica reconociera en ese par de psicópatas al “espíritu americano” de este tiempo: el ensimismamiento, la ferocidad, la insalvable soledad del individuo.

Hace meses me encontré por casualidad con The Psychopath Test: A Journey Through the Madness Industry (2011), del periodista galés Jon Ronson. El libro de Ronson es divertido y estrafalario por partes iguales, con toques de periodismo gonzo (en sus anteriores libros, Ronson ha perseguido a extremistas políticos, fanáticos religiosos y militares que utilizan técnicas New Age para atacar). En The Psychopath Test, Ronson cuestiona la sanidad del sistema capitalista: “Yo siempre he creído que la sociedad es fundamentalmente racional”, escribe, “pero ¿y si no lo es? ¿Y si está fundamentada en la demencia?” Es fácil trazar similitudes entre el modelo capitalista y la personalidad psicopática: ambos funcionan bajo una lógica darwinista de competencia y supervivencia del más fuerte. Ronson se plantea entonces si el capitalismo no es el orden mundial que acomoda mejor a los psicópatas.

La imagen que la literatura, el cine y el periodismo han popularizado sobre los psicópatas es la de aquellos que están fuera de la ley: asesinos en serie, fugitivos, bandoleros, alucinados. La novela Zombie (1995), de Joyce Carol Oates, está basada en la historia de Jeffrey Dahmer, un asesino serial que cometió actos de canibalismo y lobotomizó a jóvenes y adolescentes en Milwaukee. Dahmer buscaba crear un zombie, un esclavo bello, sumiso y eternamente joven que le hiciera compañía. También están Dylan Klebold y Eric Harris, los estudiantes de la escuela secundaria de Columbine que dispararon contra sus compañeros y profesores a fines de los noventa, y sobre los cuales el periodista Dave Cullen ha escrito un estupendo libro de investigación. Según Cullen, Klebold era un adolescente influenciable con problemas de autoestima y depresión, mientras que Harris presentaba todos los rasgos de un psicópata (a diferencia del delicuente común, las acciones del psicópata no están regidas por un código moral; un psicópata no tiene conciencia).

Ronson desmitifica la imagen del psicópata como asesino en serie y propone un dato mucho más inquietante: ¿y si los psicópatas están en realidad en la cumbre del poder? Basándose en los datos de Robert Hare —el padre de los estudios sobre psicopatía moderna—, Ronson nos dice que casi el 1% de la población mundial es psicópata y la mayoría no está necesariamente engrosando las cárceles o los hospitales psiquiátricos, sino más bien ocupando los cargos más altos en gobiernos, ejércitos y compañías transnacionales. La clave de la mentalidad psicopática no está en el apetito por la violencia (no todo asesino es psicópata), sino en la ausencia de empatía. The Psychopath Test describe a los psicópatas como seres de otra especie que contemplan las emociones humanas con perplejidad: para ellos, las reacciones de una persona común ante la sangre o el peligro son tan desconcertantes como las señales de los extraterrestres. (Ya en los sesenta Philip Dick exploraba el tema de la empatía en sus novelas de ciencia ficción. En el clásico ¿Sueñan los androides con ovejas eléctricas? —también conocido como Blade Runner—, Dick definió la empatía como la única característica que separa a los humanos de los animales y de las máquinas. Los androides de la era post-nuclear de Dick aparentemente pueden imitar emociones viendo cómo interactúan los humanos, pero son incapaces de experimentarlas; Dick los llama “depredadores solitarios”).

Martha Stout, una experta en el tema de la sociopatía (sociopatía y psicopatía son términos intercambiables), le asegura a Ronson que a los psicópatas “les encanta el poder. Les encanta ganar. Si sacas la amorosa bondad del cerebro humano, no queda mucho más que la voluntad de ganar.” De manera que “cuanto más alto vayas en la escalera, más alto será el número de sociópatas que encontrarás”. Bret Easton Ellis logró capturar mejor que nadie la vena alienante y brutal del derroche yuppie de fines de los ochenta en su comedia negra American Psycho (1991). Pat Bateman, el protagonista, es un seductor ejecutivo de inversiones de Wall Street que pasa el tiempo libre fantaseando con asesinar a sus frívolas parejas de turno, comiendo en restaurantes de lujo y hablando obsesivamente de moda y etiqueta. Los impulsos violentos de Bateman no desentonan en un entorno de jóvenes arribistas que solo se relacionan con los demás a través del rampante sexismo, racismo y homofobia.

En The Psychopath Test, Ronson descubre que muchos sociópatas están perfectamente integrados en el mundo capitalista: son exitosos hombres de negocios que suelen encontrarse en la cima de las grandes corporaciones. Un ejemplo es Al Dunlap, un “depredador” corporativo cuya función era la de reducir dramáticamente el número de personal de las fábricas estadounidenses: en una ocasión despidió a 6.000 personas de la noche a la mañana. Así, muchas pequeñas ciudades norteamericanas se convirtieron en pueblos fantasmas golpeados por el desempleo, mientras que las acciones de la compañía se cuadruplicaban. En la entrevista con Ronson, Dunlap —quien vive en Florida en una mansión decorada con estatuas de águilas, panteras y leones y un retrato gigante de sí mismo— no solo no ve nada moralmente objetable en su trabajo, sino que se muestra orgulloso de él; después de todo, alguien debe hacerse cargo del trabajo sucio. Su crueldad es legendaria. Durante una visita corporativa, Dunlap le pregunta a un empleado cuánto tiempo hace que trabaja para la empresa; el hombre responde que ha estado allí treinta años. Dunlap decide despedirlo de inmediato, sin ninguna consideración: “La vida debería ser una montaña rusa, no un carrusel”, le explica a Ronson. A medida que transcurre la conversación, Ronson se da cuenta de que, para Dunlap, los rasgos de un psicópata son más bien características de liderazgo.

Ronson consigue hablar con cienciólogos —enemigos acérrimos de la psiquiatría—, con un preso que ingresó a un hospital psiquiátrico fingiendo locura, con el líder haitiano de un escuadrón de la muerte. Al final del delirante viaje de Ronson quedan muchos personajes exóticos y respuestas ambiguas. ¿Es realmente la sociedad occidental contemporánea —con su individualismo a ultranza, su hedonismo y su implacable sentido de la competencia— un caldo de cultivo para psicópatas? ¿Es la psicopatía una etiqueta válida? Ronson no se atreve a lanzar conclusiones definitivas y el suyo es un libro que, a ratos, se queda en la anécdota. Sin embargo, las preguntas que deja en el aire son tan fascinantes como perturbadoras.