Con la metralleta de la bobada prendida vengo como venía el muerto y se murió: que dizque espías viendo los míos y los estos, peruanos y chilenos, que curiosos, que infiltrados, que inteligencia militar (¿?), que los reportes y vamos a la guerra, paranoiquean con los pelitos de punta aquí, y allá y cuando digo allá digo en mis pagos porque acá estoy, reportando como espía desde el país del eufemismo donde le dicen pacto político a la colusión, obligación al abuso y a la izquierda Concertación. Já.

Se horrorizan los chilenos porque a un borracho de los suyos los cojudos de mi patria pintan como espía, cuando a mis borrachos los he visto desfilar por sus cuarteles de policía vestidos de imputados por espiarles los cuarteles y las bases y las pistas y los barcos y los aviones y los tanques y los miles de millones de billones de trillones de centavos malgastados en plomo, cuando para retratar al ejército chileno basta con tomar una foto a la entrada del metro para ver pasar, una tras otra, a las patrullas militares al trabajo a producir.

Entonces vengo y me visto de espía como el difunto de Mark Twain cuando al cielo mandaba cartitas desde la tierra, reportando las cositas que a este lado del río Loa mis ojos han logrado ver:

Un país con una capacidad de asombro hedionda a estupidez y miedo que los espejos son armas asesinas cuando uno se cree otro. Entonces les dicen que hay concertación empresarial para reírse de la ley y los consumidores y de Chile al fin de cuentas, y los chilenos se sorpenden sorprendidos, oh mi dios. Se enteran de que que hay empresarios-políticos que tratan de evadir impuestos con la venta de sus activos y oh, quién lo hubiera pensado, se quejan. Que hay un fascismo rancio y muy despierto pululando en la estrecha franja y al verlo parecen hervir de ira, sorprendidos porque haya Migueles Krassnoffes en su terruño fundado -en mitos y sablazos- por un otro militar. Y vas, sigiloso como gato malo, y les dices quedo muy quedo al oído para no alterarlos que hay d i s c r i m i n a c i ó n en Chile y el grito en el cielo, las mechas se arrancan y “no-te-lo-puedo-creer”.

Probablemente mañana se sorprendan porque no hay legitimidad en su constitución y dirán, seguro, yo no sabía, imitando a un rosario de sus representantes en ejercicio que decía no conocer lo que el mundo entero conocía sobre los 17 años del bien muerto.

Sigamos, como el Rimac que podrido pudre Lima, cual Mapocho de mierda denso.

Veo también un sistema instalado desde antes de las balas que habla del ombliguismo, del solo-existe-Chile y después de mi (patria) el diluvio: pobrecito del que me la mente por que se lamentará y con la vida juran defensa al Estado ausente, al estado que les traspasa los costos y ellos así lo asumen porque así ha sido y así debe ser y el pobre es flojo. Y curiosamente, sin esfuerzo, verá cualquiera que sí existe Estado protector para algunos: los que con el marrano público han engordado sus chanchitos con la excusa de que prestan servicios de salud, educación, jubilación y transporte.

Y veo-veo a un viejito con la prepotencia acumulada en un dedo índice que cree le vale por siempre para decir que no se calló en dictadura y no lo hará ahora. Una de las caras de su oposición dice que es inocente paloma, que nunca hizo nada y cuando lo enfrentan se le acaba lo macho machito que era cuando tenía la tricolor en el pecho y mandaba a callar a los que le pidieran explicaciones como empleado público.

Veo también a sabios vestidos de sabios, los dueños de la pelota de la verdad que dicen cómo son las cosas y cómo es la solución: analistas políticos que creen que hablando en inglés se suben el pelo, y en el fondo, algo les ayuda. El Pato cojo escuché decir diciendo a uno de sus sabios del blablá Patricio Navia cuando hablaba de la pérdida de poder de un político porque se le venía el reemplazo encima. “Lame Duck”, decía el Pato, amante como es del espánglish, desde su tribuna de la sabiduría y explicaba que no siempre gobierna el que gobierna, que no siempre manda el capataz y yo lo que veo es que en Chile hay un pato feo, no sé si cojo.

Dicen que está interdicto. Cosas más fuertes dicen, y entre cocteles y filas de metro dicen que no está mandando, que son otros, la derecha dura y los empresarios. Juajuá, qué novedad. En Pucalpa hay un pájaro que le dicen Bichojué porque silba bichojué, bichojué.

Lo cierto, lo veo con el telescopio, es que con el patito feo en La Moneda manda el Chile que ha mandado siempre y los chilenos se sorprenden -de nuevo, dios mío- cuando lo confirman: oh qué horror que empresarios, curas y militares dicten con el dedo, cruz o fusil el camino de los que no los eligieron.

Pero para ello, columna de carga del muro llamado chilenidad, tienen prensa que -como el Comercio de Perú- avala el imaginario del país emprendedor, del que aquí todo se puede, de el que lo busca lo logra, del que vamos chilenos que todos somos Chile y crecimos al 6%, vamos a Plaza Italia a celebrar: titulan sin aspaviento en su periódico mandante que las compañías mineras pagaron 1.000 millones de dólares adicionales por el alza marginal en los impuestos, avalando el candado de una invariabilidad tributaria que pasó colada porque, ministro de Minería incluido, estaban los vecinos con la miradera fija en el mundial de fútbol.

Pero hay que reconocerlo: veo orgullo patrio no siempre basado en la belleza de su gente y su paisaje exuberante -como podríamos hacer en Lima-. En cambio, pechito inflado, dicen que la inversión extranjera y la producción industrial y el índice de actividad manufacturera tocaron niveles máximos de lo máximo. Y aunque no lo crean, buena parte del chileno celebra la gracia sin entenderla. Sin beneficio.

Pero no todos están alineados: entre su maleza veo niñas con manos de pianistas que dicen que la cosa se cambia a pedradas, ignorando la esencia del país militarista en el que es pecado pedir reformas porque para qué, porque el orden establecido nos ha dado esta hermosa prosperidad y mirá qué lindo suena el pitito cuando cruzas el portal de la autopista.
Veo como la violencia de los encapuchados tapa la otra, la de verdad violenta: que te suban veinte pesos el pasaje de la micro y nadie diga nada, la legalidad de que tu fondo de pensión se queda con la mitad de tus ahorros y etcétera, etcétera, etcétera.

Y como estos violentados, veo también ingenuos que creen hay una revolución en marcha. Pontificando desde sus púlpitos académicos, pregonan que hay un Chile nuevo, un Chile emergente, un Chile distinto que reemplaza al que engorda a sus gordos. Dos mil risas provocan: el apoyo es marginal porque, sin espiarlos veo, los chilenos están demasiado cómodos con lo que son.