Mientras todo temblaba a las tres treinta y cuatro de la madrugada, veintisiete de febrero, año dos mil diez, Sebastián Lelio estaba lejos de la tierra. Volaba, volviendo de un festival de cine.

-Te lo perdiste.
-Y lo lamento.

-¿Por no ser parte del asunto colectivo?
-Es que yo me acuerdo perfecto del terremoto del 85 y es uno de los grandes recuerdos de mi vida.

-Pensé que ibas a decir: de los mejores.
-Es que un terremoto es heavy porque no sólo deja en evidencia que las estructuras físicas de la sociedad son frágiles, si no también las estructuras abstractas. Lo que hace un terremoto es que te deja en pelota: al individuo y a la sociedad. La sensación que se tiene es: conchetumadre, agarro a mis seres queridos y protejo mi vida. Y mientras el terremoto ocurre, y veís que los árboles bailan de un lado para otro -sau sau- decís: es un momento de conciencia cósmica. Ésa es la vida -esa sensación primordial- y todo el resto son cosas, no más. Hay gente que lucha toda la vida para tener una sensación como ésa y nosotros tenemos un terremoto cada diez años.

La tierra prometida

Canaán es la tierra prometida. Lo dice la Biblia, libro de Éxodo. Canaán es la tierra a la que Moisés -el de los diez mandamientos, el que abrió el mar con el poder de Dios- lleva al pueblo de Israel después de salir de la esclavitud en Egipto.

Canaán es la tierra a la que Moisés nunca logra llegar.

Voy de camino a tierra de Canaán es la canción que sigue a Manuel -el personaje interpretado por Luis Dubó en la última película de Sebastián Lelio “El año del tigre”- preso liberado por el terremoto del 27 de febrero- en su recorrido hacia ninguna parte.

Porque Canaán puede ser eso: ningún lado. Porque Canaán es, al final, el camino que se recorre para llegar ahí.

-A mi me gusta pensar que es estar de camino hacia el sentido-, dice Sebastián.

El sentido: “La sagrada familia”, “Navidad” y, ahora, “El año del tigre”. Las tres películas de Lelio hablan de religión.

-¿Por qué tanto interés en eso?

Sebastián da una respuesta teórica:

-Lo que me parece fascinante es el cruce que se da entre la pregunta por el sentido que la religión trae -que es una pregunta básica- con el hecho de que en Chile, en Latinoamérica, la lectura judeocristiana de la realidad esté anclada. Todo se define en torno a eso: si estás a favor o en contra, si escapas a eso o no

Otra respuesta teórica:

-Creo que la mejor respuesta a la pregunta de si existe Dios es la que da Parra. Le preguntan: “¿Existe Dios?” y Parra: “¿Ah?”. “¿Existe Dios?”, “¿Ah?”, y se hace el sordo. Que es un poco lo que a mí me gustaría responder pero, claro, se le ocurrió a él.

Y otra:

-Creo que uno puede tener una relación religiosa con la realidad sin reducirse al problema de Dios. El problema de Dios reduce la dimensión amplia de la experiencia religiosa o mística del hecho de estar vivo, del misterio de estar vivo.

Pero también tiene una respuesta muy práctica. Creció en Cholguán, un pueblo chico, cerrado. Tan cerrado como un sistema religioso.

-Yo vivía en pueblo que se llamaba Cholguán, a los pies de Antuco, donde hacen el Cholguán. Es como “Twin Peaks”, pero twin pico, la versión chilena. Tenía un programa de radio en Yungay, el único pueblo un poquito más grande que quedaba cerca. Yo era un pendejo que quería sentir que Cholguán era parte del mundo moderno. Poníamos música que traía una polola que yo tenía -que era retornada de Londres y que usaba un aro en la nariz- y en ese tiempo era lo más heavy del universo. Le decían la moco de plata.

-¿Heavy bien o heavy terrible?
-Era como heavy onda de qué planeta viene esta mina.

-¿Cuánto tiempo pasaste en Cholguán?
-De los doce a los diecisiete.

-Una edad cuática para crecer en un pueblo chico.
-Heavy. De ahí viene mi fascinación por los sistemas cerrados. La sagrada familia es una película Cholguán, Una hueá que ocurre en cinco metros cuadrados.

-¿Era asfixiante crecer ahí?
-Fue la raja. Había mucha naturaleza, la posibilidad de escaparse al río, a la cascada, a comer zarzamora, ver bandadas de choroyes.

-Pero cuando eres más grande esas cosas dejan de ser entretenidas…
-Ahí quería puro escaparme. Yo sentía que Chillán era como Santiago y Santiago como Nueva York. Y después llegué a Nueva York y sentí que era como Cholguán. Jajá.