Por Alejandra Delgado

Por los parlantes de la escuela, un niño escucha a Chopin y queda impactado. Cada domingo canta en la iglesia y sueña con melodías. Más tarde alguien le regala una guitarra y él se sumerge a componer y experimentar. A los 19 años debuta junto a la banda “Almendra”. Tiene 19 años y su apellido, Spinetta comienza a hacer historia en el rock. De esa época es su clásico “Muchacha Ojos de papel”, elegida la mejor canción de la historia del rock argentino por la revista Rolling Stone. Aunque sus seguidores se la piden a gritos, él no la canta. “Ya no me gusta”, dice. “Fue una canción para la primera mujer de la que me enamoré. Ya pasó. Es otro tiempo”.

Ahora tiene 55 años y habla con voz de niño. A comienzos de septiembre ofreció tres conciertos en Chile. Desdes hace tiempo sólo hablaba con la prensa por chat o correo electrónico. Sin embargo, recibió a The Clinic en una sala de conferencias tan elegantemente lúgubre que a Spinetta le dio miedo. “No me dejen solo”, dijo y se sentó en una silla que parecía trono. Habló sin parar.

¿Alguna vez dijiste que querías ser invisible? ¿Sigues queriendo eso?
No. Ahora quiero ser bien visible en términos de poderme reconocer. El invisible está en un mundo demasiado solitario. Si en algún momento dije eso quizás me refería a un anhelo. ¿Viste que en los libros de Castaneda hablan del arte de ensoñar? En el mundo de los sueños, lo que a nosotros nos resultaría invisible es visible.

Carlos Castaneda proponía también olvidar la historia personal…
Yo creo que se refería a recordar el pasado con una intensidad tan férrea que te exija seguir permaneciendo. Al soñar puedes soñar toda tu vida y te puedes trasladar en el tiempo y en el espacio. Hoy yo quiero algo más sencillo. Jajaja. No sé, unas machas a la parmesana, un Santa Ema, ¿viste? Una linda charla, un disco de Bill Evans.

Has criticado a las bandas argentinas actuales, dices que les falta pasión, lírica…
A todo lo latinoamericano le está faltando eso cuando fue su punto más alto en algún momento. Pareciera que los locos no pueden escribir o ser comprometidos con la poesía. Al revés, están comprometidos con vender. Firman un contrato y saben que si se hacen poesía no venden. Entonces, listo. Eso señala dos tendencias universales: una creativa y otra comercial. Ambas pueden coincidir, obvio.

En tu caso coinciden.
Bueno, yo me mantengo haciendo lo que quise todo este tiempo… No es que haya combinado lo mejor de ambos mundos.

¿Cómo es la poesía Spinetta?
No hay una poesía con mi nombre. No existe, ni va a existir. Sí creo que uno escribe lo que siente y que, a veces, lo mezcla con cosas que ha soñado a través del tiempo.

Tus canciones están plagadas de metáforas y de estados anímicos…

Si, hay ideas pero no creo que por eso tenga un sello. Creo que somos pequeños poetas de pacotilla. Somos proyectos de poetas, porque toda nuestra vida va a ser una poesía. Ahora estamos en la mitad de la vida. Hasta que no la termine, no soy poeta.

¿Qué sonido te deslumbra?
Las risas en general son muy buenas. Las risas de los niños, especialmente la de los más chicos, son curativas. Vos decís: “mirá como se ríe este” y aunque no te podés reír porque estás jodido por algo, te parecen un sauna. Las guitarras eléctricas tienen un lindo sonido. El seseo de una libélula es bello. Tantas cosas suenan bien.

Algún recuerdo que suene bien…
Un día que estaba tocando la guitarra y mi hijo Dante tenía como un año. Y en esa especie de ensalada rusa que se produce con los críos y la guitarra y la mamá que los requiere, el loco viene y me tapa la guitarra. Yo quería entregarle un sonido y él me la tapaba y me miraba para ver cuál era mi reacción Jajaja… No me voy a olvidar nunca. Entonces yo lo agarré a Dante y le dije: “bueno, vos pegále a la guitarra, vení, pegále”. Entonces empezó a acariciar la guitarra y en un momento dado salieron sonidos. Yo le dije una de esas cosas que dicen los padres: ¿cuando seas grande me imagino que también vas a tocar la guitarra? Y él me dijo: “Sí. Yo me acuerdo cuando estaba adentro de la panza de mamá y hacía frío y estaba muy oscuro”. Cuando la mamá estaba embarazada yo le ponía la guitarra en la panza y le hacía acordes, entonces, el flaco ese día reunió todo en una imagen. Fue muy bello.

¿Qué libro te ha conmovido?
¡Muchos! Últimamente leí un libro muy hermoso de Jorge Luis Borges que se llama “Arte Poética”. Es una charla en una universidad en la que traza una visión de cómo se podría configurar la poesía. Habla de las metáforas y de cómo, por ejemplo, para que Neruda diga: “Boina Gris”, tuvieron que pasar dos o tres siglos ¿viste?. Porque, inicialmente, “boina” no fue eso. Seguramente es una metáfora de la metáfora de la metáfora. Igual que el color gris. Neruda tiene la capacidad de inventar nuevas metáforas que quedan para los otros poetas. Hay que entender, como dice Borges, que la metáfora inicial nace de un relato. Es todo lo contrario a lo que uno imagina: el relato es lo que se ve, es como el video de lo que pasó. Y cuando un poeta dice “el mar oscuro” o “un mar de sangre”, está hablando de la poesía de los relatos. “Boina Gris”. ¡Qué lejos que está esa metáfora! ¡Fijáte todo el viaje que pegó!, todas las vueltas para poder designar algo tan soberano como lo que Neruda ve en esa boina, esa belleza a la vez tan humilde como una boina y el color de nadie, el color de todos que es el gris. ¡Maravilloso! En ese libro, Borges, aunque no te enseñe a escribir porque eso va a tener que nacer de tu propia alma, por lo menos te enseña a ver de qué modo podría ser. Habla del convencimiento, de que algo no solamente tiene que estar bien escrito, sino que el autor te tiene que convencer. Como Cervantes, que te atrapa y vos querés seguir leyendo y no decís: “parece que éste es un hijo de puta”.

En una conferencia sobre la historia del sonido dijiste que la organización de la música en occidente está relacionada con la cárcel. ¿Cómo es eso?

Eso salió de unas clínicas musicales en las que yo traté de establecer cómo el hombre había dispuesto de forma equidistante el tempo. Cuando vino la era de los inventos, el hombre creó un metrónomo, entonces después vino un músico que escribió: corchea = 120. Significa que vos ponés el aparato y cada vez que pase un minuto tendrán que pasar 20 corcheas. Una velocidad: eso es muy del siglo XIX, al igual que el panóptico, la cárcel, el ministerio, el hospital…

¿Tu estás dentro o fuera de ese presidio?
El que sienta cualquier cosa como presidio, desde los ojos de una bella mujer hasta lo más oscuro, está preso. Y el que no siente eso puede incluso estar preso y sentir que su alma vuela. La organización del sonido tiende a pertenecer al grupo de aquellos que han metodizado el anhelo. Es un método y se tiene que aprender. Es un alarde de sistematización y de técnica. Pero lo usaron todos los músicos ¿viste?. Nunca vas a pensar que Mahler no sentía o que estaba preso por usar el metrónomo. El metrónomo es una figura cultural. Por ahí una gota que cayó en el año VIII… tuc… tuc… tuc… tuc… ¡fue un hallazgo! Yo creo que el primer hombre que se dio cuenta de eso, se quedó a rezarle al dios de esa continuidad, porque empezó a escuchar un tintineo y dijo: “alguien estuvo acá”.