Cada vez que lo dejan salir de gira o hablar con la prensa, el presidente tiene a bien obsequiarnos alguna estupidez antológica. En homenaje a Condorito este diario las llamó Piñericosas. Estas constituyen un tejido inextricable de chistes racistas, errores geográficos, enormidades históricas, contrasentidos lógicos y torpezas políticas. Unas desatinadas que llegan incluso al extraño record de ofender países, como Alemania, con los que solemos tener excelentes relaciones, espantar periodistas de todo el mundo y dejar beneficiarios de subsidios y programas sociales más ofendido que agradecidos al final de la cortada de cinta.

¿Es Piñera un genio que se hace el tonto, o un tonto que ha llegado inexplicablemente a hacer creer a todo el mundo que es un genio? ¿Puede un doctor en Harvard, un exitoso empresario, el retoño de una familia en que abundaron los libros y los intelectuales, ser en el fondo un nulidad intelectual que no sabe que Nicanor Parra esta vivo, que Neruda no nació en Curico y que la alemanía nazi perdió la segunda guerra mundial? ¿Estamos ante un caso de desdoblamiento de la personalidad, un hombre que cuando habla con sus ministros lo sabe todo y cuando habla la prensa no sabe nada, un hombre que cuando se trata de su dinero estudia, analiza, sabe y cuando se trata del país se limita a decir la primera estupidez que se le ocurre?

Pensar que la Piñericosa son una simple tontera, un error, o un resbalón psiquiátrico es ignorar la historia política de los últimos treinta años. Las payasadas de Bush Junior, Berlusconi, Regan, Menem, son parte de una ideología conciente, manejada por hombres—estos mandatarios y sus asesores—de indudable inteligencia y cultura. Sin ese truco estratégico, que se ha convertido en una verdadera filosofía política, la revolución neo liberal abría sido completamente imposible. En chile mismo el hombre que la emprendió, el general Augusto Pinochet Ugarte, solía gustarle parecer mucho más tonto y desubicado de lo que realmente era. Le gustaba hacerse el analfabeto no sólo porque así bajaba la guardia de sus opositores, seguro de lidiar con un bruto que no sabía que estaba haciendo, sino porque lograba así también situar la discusión—la escasa que era posible entre los toques de queda y las sesiones de tortura—fuera de la racionalidad, la historia, o la moral que estaban llamado a poner en cuestión las bases mismo del nuevo modelo.

El lenguaje de Pinochet sólo llevaba al extremo militar el de Ronald Reagan, la sinceridad sin limite del presidente que cambio el mundo, nombrando como reales héroe de películas y viceversa. Actor sin demasiados estudios, sindicalista de Hollywood construido a base de instintos y audacias, Reagan vivía entre hombres más instruidos, preparados y soberbios que él. Su autoridad no podía nacer ni de su intelecto, tenía que basarse en un pacto sentimental con su electorado. A este le hizo creer que era uno como ellos, patriotas simpáticos, astuto vaquero que podía permitirse decir porque venía de su corazón mismo. Traslado el debate de la razón o los datos que le eran incómodos, a los sentimientos y las imágenes que manejaba a la perfección. Entre medio emprendía una revolución ideológica gigantesca que se basaba justamente en el desprecio por las humanidades, la literatura, la filosofía, pero también, sobre todo la moral.

Reagan que encarno el viejo mito de Parsifal, el tonto que en razón mismo de su pureza tiene derecho a la verdad. La sinceridad a toda costa que nos obliga a asumir con felicidad todo lo que sabemos de ante manos: Que hay que cuidar a los ricos, darle el poder a los poderosos, celebrar a los que ganan y eliminar a los que pierden. Como en toda autentica revolución el medio fue el mensaje, la estrategia se volvió filosofía. El actor que no tenía otra que contarle películas a sus electores se convirtió en un ejemplo para abogados, empresarios, ex espias de la KGB que imitaron a la perfección la capacidad del maestro de salirse del libreto y dejar a los periodistas preguntándose si de verdad el presidente dijo lo que dijo.

Así Berlusconi jugó a ser un estafador lujurioso, Menem en un loco que se cree Menem, Chávez un demente con ansia de salir en la tele a cualquier costo, Bush jr un niño que el papá no quiso, que debemos por eso mismo querer nosotros, sus súbditos. La prensa distraída en los cien mil chascarros y anécdotas del presidente no tuvo en cada caso tiempo de desmontar o denunciar las reformas, estafas o delirios de sus políticas. Los que vendieron el estado encontraban en si mismo una explicación perfecta. La republica, la democracia es siempre una ficción, los presidente payaso quisieron que la entendiéramos como un circo. Lograron así que el público se convirtiera en niño deseoso de ver acrobacias, leones comiéndose domadores, conejos salir del sombrero, y parlamentarios tirándose uno al otro tartas en la cara.

Cuando Piñera dice la primera tontera que le pasa por la cabeza sabe lo que esta haciendo y porque lo esta haciendo. ¿Por qué no les resulta? ¿Por qué en vez de subir en las encuestas, baja? ¿Por qué todo lo que le resultó cien veces a Berlusconi y todo su primer mandato a W Bush no le resulta a él?

La respuesta es quizás la misma que hemos querido evitar todo este artículo: Piñera dice tonteras porque es tonto. No ignorante, no analfabeto, pero si un ciego que no ve ni puede comprender que el país que gobierna, que el mundo en que gobierna no se parecen en nada al de Reagan, Menem o Color de Mello. Enceguecidos en una mezcla de superficialidad y vanidad sin fin sigue al pie a la letra una receta de política que con Wall Street y Brusela en llama y la Polar en tribunales, ha perdido todo sentido. Incapaz de salirse del esquema que lo hizo rico y poderoso, no es capaz de ver que Bush termino tan mal como Berlusconi, que Sarkovsky tampoco esta en la gloría y que toda una nueva generación de pensadores y políticos han empezado a poner en cuestión la simpatía de Reagan y la magia de la eficiencia privada para resolver los deficit públicos (deficit creado tantas veces por la ineficacia de los privados).

La real academia define la inteligencia como la capacidad de entender o comprender. En política es la capacidad de comprender y entender no los informes, o los cálculos sino tu momento, tu espacio, tu lugar en la historia, eso que la generación de Piñera dio por cancelado, inútil e inservible. Si la inteligencia es comprender lo que pasa, lo que te pasa, entender lo que te dicen, lo que dices también, si es así Sebastian Piñera Echeñique es el presidente menos inteligente de que tengamos los chilenos memoria.