Ilustración: Leo Camus

Damien Hirst es un artista visual inglés afamado mundialmente por presentar en 1991 un tiburón tigre conservado en una enorme pecera llena de formol; también por haber presentado una calavera recubierta de cientos de diamantes o mostrar trozos de carne pútrida rodeada de moscas.

Perteneciente a la camada de artistas emergentes que expusieron en la controvertida exposición Sensation de 1997 (destaquemos algunos nombres de la muestra: Gary Hume, Tracy Emin y los Hermanos Chapman), nuestro polémico artista británico ha sido estigmatizado –por cierto conservadurismo tanto de izquierda como de derecha– como uno de los máximos epígonos de la banalización y comercialización del arte en sintonía con la llamada globalización del capital multinacional.
Se trata, para esta clase de crítica, de un arte sustentado en un sensacionalismo barato y vacío, en un efecto mediático egotista y pueril, en una vulgaridad obscena y supina. Todo lo contrario a lo que debiera ser un arte profundo y espiritual, donde lo central reside en la belleza y no en servir de testimonio de una fraudulenta mercancía.

Un ejemplo de esta posición crítica la encontramos en una reciente entrevista otorgada por el último Premio Nobel, el peruano Mario Vargas Llosa, el 18 del presente mes al suplemento Artes y Letras de El Mercurio. Dejando de lado su irrestricta defensa del modelo neoliberal, el novelista limeño llama la atención acerca de una creciente “frivolización y banalización de la cultura” perceptible en las últimas décadas en el mundo occidental. Diagnóstico apocalíptico que se encuentra refrendado, al momento de desnudar los aspectos aberrantes que fundamentan la trayectoria y la obra de Damien Hirst y su corrupta red de apoyo e intereses, en esta quejosa y rezongona visión del actual sistema artístico: “Cuando uno ve que una persona como Damien Hirst es considerado uno de los grandes artistas de nuestros tiempos, es que simplemente vivimos en la confusión total”. Este desconcierto tiene un nombre: el fraude. Sigamos con el Nobel peruano: “Cuando los artistas empezaron a hacer fraude, los críticos empezaron a hacer fraude, los galeristas empezaron a hacer fraude y hacer excelentes negocios mediante ese fraude…”.

Para quienes suscriben los énfasis del diagnóstico anterior, todo en el arte actual sería el producto de un negocio, una impostura y un fraude. Pero lo que olvida Vargas Llosa es que todavía existen ciertas obras de arte que merecen ser percibidas y analizadas desde sus proyecciones simbólicas o sus efectos de sentido, más allá si estas puedan aparentar mercantiles y grotescos adefesios.

El arte actual –como el del pasado– no se restringe a la simple búsqueda de la belleza o la elevación formal y material del objeto estético. Los artistas son pensadores visuales; traducen visualmente la realidad o la vida. Da lo mismo si se trata de un sublime paisaje o de un grotesco animal trozado y posteriormente dispuesto para el consumo masivo. Todo puede ser motivo de una obra de arte. Incluso las estrategias que los artistas utilizan para promocionar su obra. En esto Damien Hirst es ejemplar: es un cínico pensador del arte en su etapa hipercapitalista, del mismo modo en que lo fueron Duchamp con su urinario, Andy Warhol con sus cajas de jabón Brillo y después Jeff Koons con sus fotografías porno infantiles de su ex musa La Cicciolina. ¿Fraude, banalidad o ironía? Tal vez el problema habría que buscarlo en otro lado. Concentrarse, por ejemplo, en los posibles sentidos de la obra más que en el contexto en donde circula.

Pero volvamos al señalado tiburón conservado en la pecera de formol. Lo banal, en este caso, se transmuta en uno de los temas más decisivos e inquietantes de la historia del arte y la cultura: la muerte (algo que críticos como el Nobel peruano, tal vez por temor, no quieren ver). Respecto del necrológico tema, Zygmunt Bauman ha señalado en relación al controvertido escualo que “Hirst desearía controlar la inevitabilidad de la muerte; y lo hace, ciertamente, no animando la materia muerta sino paralizando la decadencia de la materia viva”. De esto se trata precisamente el asunto: de paralizar el descenso y la corrupción de la materia. Es lo que ha intentado hacer el arte desde sus inicios.