La violencia hacia personas de etnias diferentes, ideas, creencias y opciones de vida diversas, es reflejo de una intolerancia ancestral (cultural) que transmitimos en las opiniones diarias, en los juicios de valor, en la manera en que nos relacionamos y escuchamos, y en la forma en que actuamos con empleados y trabajadores. La ciudadanía en Chile aún tiene resabios de esta intolerancia. Por ejemplo, la observamos en los grupos (o subgrupos) religiosos y/o de emigrantes que se sienten superiores, miran con desprecio al pueblo chileno y señalan con frecuencia que son ‘flojos’ (sacadores de vuelta), ‘sucios’ (no se bañan), ‘cortos de mente’ (cabezas duras), ‘viciosos’ (alcohólicos), ‘ladrones’ (buenos para engañar y armar ‘máquinas’) e ‘incultos’ (no les dio para el estudio).

Así se lo hacen sentir algunos de estos grupos a la población nacional en general, ya sea por intermedio de la imposición de sus creencias, hábitos, principios y exigencias al resto, o simplemente utilizando el poder político e instrumentalizando las políticas sociales para mantener las desigualdades, discriminaciones y segregaciones.

Es verdad que no se puede generalizar al respecto, sería altamente injusto. Sin embargo, para ser sinceros nos ha costado mucho dejar atrás la carga negativa que aporta la mirada prejuiciosa y de menosprecio hacia los que consideramos inferiores. Hablamos de una ‘mala raza’ y en las opiniones más extremas se dice que con ella seremos incapaces de lograr mayor desarrollo para Chile (‘el problema es la raza’). Eso se trasluce en la sociedad a través del lenguaje utilizado, las relaciones establecidas y la manera en que nos organizamos como comunidad humana. Con estupor he escuchado en el último tiempo cómo se habla en algunos ambientes de la clase alta de ‘quiltro o quiltra’ al referirse a personas de sectores marginales, o acerca de alguna mujer u hombre te preguntan ‘¿a cuántos Tag está?’ y así te catalogan socialmente.

Se manifiesta también de manera patética, casi ridícula, en el ‘poder y prestigio’ de algunos apellidos o en este chovinismo que nos ha invadido de sentirnos los mejores -y superiores- con relación al resto de los países de América Latina, sin tomar conciencia real de las profundas y radicales injusticias con las que a diario convivimos. ¿No estará radicada en esas actitudes y creencias la ‘mala raza’, en aquellos que discriminan, violentan, menosprecian y se consideran ‘iluminados’ mirando con lástima o desdén a los ‘otros’? Es una manera de alimentar el racismo y de configurar esta sociedad altamente desigual. Esto se corrobora en lo sucedido a Daniel Zamudio y en la persistente dificultad que tenemos para proveer de condiciones igualitarias de educación a los sectores más excluidos, nos negamos a pagarla con nuestros tributos los que contamos con los recursos para hacerlo (y que generalmente los gastamos en cosas prescindibles).

Como otro ejemplo de lo anterior, observamos que desde el Estado, en especial desde aquellas personas que ostentan importantes cargos públicos, es muy fácil caer en el falaz discurso que ‘gobernar con los mejores significa gobernar con los del ABC1 que estudiaron en tales colegios y universidades’. Mi experiencia personal es que los mejores para gobernar (y los ‘peores’) están, gracias a Dios, en todos lados; con más o menos estudios, y que son una combinación de rigurosidad profesional y entrega laboral, es decir de un buen nivel técnico con un alto compromiso personal y capacidad de empatizar. Por otro lado, para las autoridades, como para todos, también en las relaciones diarias, la forma en que usamos el lenguaje al referirnos unos a otros, afecta directamente la cultura de la aceptación y respeto o de la intolerancia y el prejucio, ya que a partir de él se van ‘creando realidades’. Siempre me he preguntado: ¿serán más inteligentes, buenos y sanos los blancos/rubios que los morenos? ¿Habrá una raza mejor asociada a la ariana que aquella más del sur del mundo que es oscura? Lo dudo. Basta recorrer la historia de la humanidad llena de contradicciones y recordar que al final de cuentas ‘todos venimos de África’ (Etiopía).

Me imagino, pienso y creo, que en la mezcla de razas hay una riqueza más que una pobreza, que el aporte de etnias diferentes permite una heterogeneidad sociocultural que conforma una humanidad plural y con una variedad de expresiones que permite un desarrollo más integral. Lo mismo en las ideas, creencias, estilos y opciones de vida. Trabajemos para que la vida social en Chile se enriquezca, para que nuestro ser, hacer y estar permitan construir comunidad, humanidad, es decir espacios de confianza y seguridad, de cohesión y creatividad, de crecimiento y justicia, de libertad y entrega. Lo necesitamos mucho y eso se hace desde la vida cotidiana de cada uno, partiendo por nuestro propio estilo de vida y el uso del lenguaje. La raza se mejora en la integración cultural y en contexto de justicia social.