Por Jaime Peñafiel para República.com

Muchos cortesanos, periodistas y monárquicos, se han quedado con el culo al aire en la reciente crisis de la Familia Real. Unos porque creían que el rey no tiene por qué dar explicaciones y, mucho menos, pedir perdón. Otros porque pensaban que la cacería no había sido ningún error y que don Juan Carlos puede ausentarse del país sin dar cuentas a nadie. Ni al Gobierno ni a la opinión pública.

Muchos piensan que ha llegado la hora del príncipe. Sobre todo un sector de la prensa femenina y cortesana sin darse cuenta que, en esto, coinciden con la izquierda. En la abdicación de Su Majestad ven el camino más corto para la república, conscientes de que los juancarlistas no serán felipistas.

Pero lo que más me ha llamado la atención es el protagonismo que algunos atribuyen a la reina y al príncipe en las once palabras pronunciadas por el rey, a la salida de la clínica de San José: a la reina. Incluso, una querida compañera, opusdiana ella, fabulaba en “El Gran Debate” de Telecinco, inventándose una presunta conversación, a solas, de don Juan Carlos y doña Sofía, en la habitación 326.

Según Pilar Urbano, fue la reina quien conminó, quien exigió al, todavía, su esposo que rectificara, pidiera perdón, prometiendo ella seguir acompañándole en los actos institucionales. De no ser así, se marcharía. Ni doña Sofía ni el príncipe y, por supuesto, Letizia, ya le hubiera gustado, tuvieron nada que ver en la decisión del rey de lamentar lo sucedido, reconocer que se había equivocado y prometer que no volvería a ocurrir.

Fue el lunes a la mañana cuando don Juan Carlos, que llevaba varios días viendo, oyendo y leyendo, escandalizado, incluso se atrevió a twittear, todo lo que se decía sobre la cacería de elefantes, pidió a Rafael Spottorno, Jefe de Su Casa y a Javier Ayuso, responsable de comunicación de La Zarzuela y un gran fichaje, que estudiaran lo que debía decir.

Estos se pusieron manos a la obra, redactando varias opciones que perfilaron en una reunión posterior con Su Majestad. Cuando doña Sofía llegó ese lunes, con su traje de faena para hacerle la visita de médico a su marido, y el martes para rectificar, mantener el tipo y acallar rumores, compartiendo la comida, ella una merluza, aunque lleva tragando sapos hace cincuenta años, las once palabras no solo ya estaban redactadas sino memorizadas por don Juan Carlos.

Dejémonos de psicoterapia en la habitación 326 y de fabular, querida Pilar. Por mucho que te gustaría que todo hubiera sucedido como tú has contado. Pero doña Sofía no pinta nada ni tiene la menor influencia en la vida de Su Majestad aunque sigue siendo la reina consorte de España.