Existen connotadas figuras octogenarias de las artes y las letras de la región que se manifiestan entusiastas defensores del neoliberalismo económico; en otra época, en el corazón de la guerra fría, seguramente se hayan solazado en un izquierdismo avalado por la intelligentsia mundial, la que se sentía portavoz de la calidad intelectual y moral de las ideas en curso. En línea gruesa, en aquella álgida época ser de izquierda era signo de rectitud moral y de sensatez mental, y ser de derecha, en cambio, era síntoma de egoísmo social y cretinismo intelectual.

Como se sabe, el fracaso de los llamados “socialismos reales” y la irrefrenable expansión del capitalismo multinacional redundaron en que muchos de estos progresistas de antaño hayan terminado por renovarse, autoinventarse, merced a un tardío descubrimiento de las bondades del sistema neocapitalista. Pero como buenos intelectuales, la mayoría sigue aferrado a sus añosas concepciones en materia cultural. ¡El neoliberalismo es necesario y positivo en términos económicos y sociales, pero no puede regular los productos sacrosantos de la cultura!

Neoliberales en lo económico y conservadores en lo cultural. ¿Algunos nombres? En el antepenúltimo The Clinic abordamos ciertas declaraciones de Mario Vargas Llosa, ventiladas en Artes y Letras de El Mercurio, relativas al supuesto carácter fraudulento del arte contemporáneo. Todo esto sería producto de un despreciable negociado a escala mundial. Un ejemplo: la trivial obra del británico Damien Hirst (famoso por haber presentado en 1991 un tiburón conservado en una enorme pecera llena de formol). Respecto del innoble sistema artístico y del fraudulento artista inglés, vale la pena volver a citar al Nobel peruano: “Cuando uno ve que una persona como Damien Hirst es considerado uno de los grandes artistas de nuestros tiempos es que vivimos en la confusión total (…) Los artistas empezaron a hacer fraude, los críticos empezaron a hacer fraude, los galeristas empezaron a hacer fraude y a hacer excelentes negocios mediante ese fraude”.

Obviamente, esta espuria situación de mercantilización del arte y la cultura representa el reverso de lo ocurrido en épocas pasadas, donde los valores espirituales confluían, de manera prístina, en una clase de estética cuya sublimidad resulta ahora inalcanzable.

¿Un ejemplo de lo anterior? Ya se sospecha: el insuperable y divino Renacimiento y su infinita estela de genios y pensadores, pero también de ilustres mecenas. Hermanado en la repulsa de Vargas Llosa hacia el arte contemporáneo, su homólogo y colega literario y actual funcionario del gobierno de derecha de Piñera, el Premio Cervantes Jorge Edwards, sostuvo respecto de los mecenas actuales y sobre todo locales que “los reyes de ahora, por los menos en su versión criolla, son empresarios ricos que le muestran a uno con notable ingenuidad pinturas modernas falsificadas. Son víctimas de la picaresca actual y carecen de condiciones mínimas para darse cuenta” (La Segunda, 30 de marzo 2012).

Comparar a los reyes de antes con sus descendientes chilenos resulta picarón, por no decir chocho. Dejémoslo pasar. Más allá de la incuestionable calidad del pensamiento y la producción cultural ofrecida por el Renacimiento, también hay que considerar determinados factores económicos que lo acompañaron. Con todo lo refinados que eran, la mayoría de los mecenas se enriquecieron gracias al comercio y la especulación financiera (Edwards tiene razón en este punto: a los chilenos ricos les falta educación). Seamos claros: el Renacimiento no puede separarse de las conquistas del vil dinero, considerado en la época una recompensa divina. Pero a pesar de esto, sigue subsistiendo en nuestros intelectuales locales una imagen sublimada y misteriosa del mentado periodo.

¿Acaso nuestros intelectuales, piensan que el magno significado del vocablo Renacimiento refiere a una simple e idealista recuperación de la antigüedad pagana? Algo de esto se desprende del artículo de Edwards titulado justamente “Últimos misterios de Leonardo”al analizar una nueva muestra dedicada a Da Vinci en París. Para nadie es un misterio que el autor de La Gioconda anduvo casi toda su atribulada existencia con su currículum bajo el brazo, donde exponía a las variadas cortes italianas y europeas sus habilidades y competencias, pero también el valor monetario de éstas, avaladas en su dominio tanto de las diversas artes como de la ingeniería, incluidas las prácticas de la culinaria, los protocolos de sobremesa y los espectáculos masivos animados por escenografías móviles y fuegos de artificio.

Otro ejemplo: el Giotto. Según varias fuentes históricas, el precursor del Renacimiento y célebre por su serie de frescos sobre San Francisco de Asís, habría desempeñado, con inigualable crueldad y sigilo, el oficio de prestamista, llevando la práctica de la usura a tal nivel que generó, en su contra, una iracunda odiosidad popular.

Estos aspectos terrenales no desautorizan para nada el valor artístico de ambos. No minimiza el valor de la pintura del Giotto, fundamentado en su original forma de envolver las figuras religiosas con una luz más humana y realista, así como tampoco el de la inteligencia visual de Leonardo, célebre por haber sintonizado las conquistas estéticas del Renacimiento con el avance de las ciencias particulares (este último lo emparenta al alquimista Francis Bacon de Inglaterra).

Pero volvamos al arte actual: un tipo de producción visual carente de “los misterios esenciales de la obra de arte”, sostiene Edwards. Comparada con el desprecio de Vargas Llosa frente al tiburón de Hirst, el ejemplo del narrador criollo no deja de ser comiquísimo. Citémoslo: “Me pregunto si los artistas de hoy tienen ambiciones comparables más allá del puro logro estético y no tengo una respuesta segura. Alguien siembra flores artificiales frente a la fachada de una antigua institución: el parlamento de Inglaterra o un edificio no menos importante”.

Vargas Llosa elige a un inglés para ejemplificar la decadencia del arte actual; Edwards, en cambio, a un chileno, del mismo modo que antes había escogido a los ricos locales para ejemplificar la falta de estatura espiritual de nuestros mecenas. Uno habla de fraude, el otro de picaresca.

Para terminar hay que aclarar lo siguiente: el chileno en cuestión es un escultor avecindado en Inglaterra de nombre Fernando Casasempere, quien ha presentado recientemente una instalación rotulada Out of Sync, consistente en 10 mil flores de arcilla en un prado frente a Somerset House, en Londres, como parte de un programa de intervenciones artísticas previo a los Juegos Olímpicos. Disculpando el hecho que Casasempere sea chileno, ¿no será exagerado compararlo con Leonardo, el gran maestro del Renacimiento? ¿No había otro ejemplo más relevante a nivel internacional?