Solo diré que, el verano antes de cumplir los dieciocho años, atravesé una mala racha. Solo diré que mi cabeza estaba hecha un lío, que una cosa llevó a la otra y que todo acabó con mis padres yendo a buscarme a la Policía Técnica Judicial en medio de la noche. Solo diré que terminé con un diagnóstico que apuntaba a una forma leve de trastorno bipolar –la ciclotimia— y la sugerencia de que debía tomar litio. “Lithium” era, curiosamente –o tal vez no–, el tema de Nirvana que había marcado mi adolescencia: “Soy tan feliz porque hoy encontré a mis amigos: están en mi cabeza”. Aunque yo no lo sabía por entonces, “Lithium” era también el desolado himno de una generación que se quedó fuera de la fiesta durante los años del derroche neoliberal.


En fin: yo nunca tomé litio. En cambio, guardé durante mucho tiempo una foto clásica de Kurt Cobain, aquella en la que se enfrenta a la cámara con la mirada dolorosa y la mano levantada en un gesto que, más que saludar, parecería estar intentando detener la avalancha de la fama que lo llevaría a volarse la cabeza en 1994.

Pero lo que importa aquí no es Cobain, icono de un periodo funesto que ha dejado trazos de una nostalgia enfermiza en mi ADN. Lo que importa es lo que lleva puesto en esa foto el ídolo del grunge: una camiseta con la imagen de una rana extraterrestre de largas antenas y ojos candorosos que dice “Hi, How Are You”, firmada por un tal Daniel Johnston, un artista –me enteraría con más de una década de retraso- a quien Cobain admiraba.

Y aquí es donde debería haber comenzado este relato. Porque hace unos días, gracias a la generosidad de unos amigos que me consiguieron uno de los 600 tickets que desaparecieron en cuestión de un par de horas de la taquilla de La Casa Encendida, pude ver a Daniel Johnston en concierto en Madrid.

Llegué a la obra de este cantante y dibujante maniaco depresivo a través del fantástico y conmovedor documental de Jeff Feuerzeig, El diablo y Daniel Johnston (2005), ganador de un premio en el festival de Sundance y responsable en buena medida de la renovada popularidad que ha gozado Johnston en los últimos años. Después de tres décadas de frecuentar hospitales psiquiátricos y de soñar con ser más famoso que Los Beatles, Johnston sigue siendo el niño-joven que a mediados de los ochenta incendió el circuito musical underground de Austin (Texas) con la honestidad hiriente de sus canciones, al mismo tiempo que lo aterrorizaba con sus excentricidades. Es cierto que su fragilidad adolescente ha sido reemplazada por la enorme barriga y los cabellos blancos y revueltos de un Papá Noel psicótico, pero nada ha cambiado de la cruda inocencia, el desamparo, el horror diabólico y la belleza infantil de su mundo de monstruos, superhéroes y amor no correspondido.

Ver a Daniel Johnston en vivo es una experiencia que angustia, emociona e inquieta, porque el cantante parece estar siempre a punto de derrumbarse. Empieza la noche en solitario con un apesadumbrado “Lost in My Infinite Memory” (“Es como si fuéramos dos payasos estúpidos/ y el odio y el horror gobernaran nuestros desgastados cerebros”), ayudándose con un cartapacio; este Peter Pan medicado de 52 años es incapaz de recordar las letras de sus propias canciones. Le siguen las desgarradoras y tragicómicas piezas de amor “Mask” y “Fish”, que canta como en quejidos, peleando con su guitarra y con la mirada perdida ante un público todavía cohibido. Luego, para alivio de todos, se le une el resto de la banda y vienen “Sweet Heart”, “Silly Love” (“He llegado hasta aquí y esta vez lo voy a lograr/ Tengo el corazón roto y no puedes romper un corazón que ya está roto”) y “Speeding Motorcycle”, todo un himno de amor al rock y a la libertad interpretado desde la frontera de la locura (“La carretera es nuestra/ Vamos un poco más rápido/ Porque no necesitamos razón y no necesitamos lógica”).

El público finalmente se relaja –ahora está claro que Johnston no va a estallar en llanto en el escenario– y le aplaude con una mezcla de fascinación y ternura. Johnston es el niño impertinente o el loco entrañable que canta con la intensidad y la frescura que ha perdido el mundo de los adultos. Desafina, se enreda con los cables del micrófono, confunde dos veces la salida del escenario. El brazo izquierdo le tiembla como si hubiera metido los dedos en el enchufe, pero la está pasando bien. Hay, por supuesto, un alto componente de morbo en el espectáculo, y esto es algo que no se le escapa a Daniel Johnston. “No tengo amigos/ excepto toda aquella gente/ que quiere que les haga monerías/ como un mono en el zoológico”, cantaba allá por 1981, antes de que empezara su peregrinación por los hospitales psiquiátricos.

El aura que le rodea a veces impide recordar que la locura no tiene nada de glamoroso. A pesar de su talento, la carrera de Johnston implosionó por causa de varios episodios psicóticos, como el penosamente célebre incidente en el que, después de un concierto en Austin, Johnston tiró por la ventanilla las llaves de la avioneta que pilotaba su padre creyendo que se había convertido en el fantasma Gasparín; se salvaron gracias a la pericia de su padre, un veterano de la Segunda Guerra Mundial. Saboteó la mejor oferta laboral de su vida al negarse a firmar con Elektra cuando se enteró de que se trataba del mismo sello que representaba a Metallica, banda a la que consideraba satánica. Las 500 canciones que ha compuesto para Laurie Allen –la chica a la que persiguió obsesivamente mientras estudió en la universidad de Kent, y que nunca le correspondió— pueden entenderse como un desmesurado tributo amoroso, pero también como una sofisticada versión de la venganza: “Si no puedo ser un amante, seré una plaga”, anuncia Johnston en “Grievances”.

La muestra de sus dibujos, propiedad de Jeff Tartakov (el manager que dedicó toda su carrera a hacer famoso a Johnston y a quien este despidió durante un brote maniático), se inauguró en La Casa Encendida dos días después del concierto. La exposición da cuenta del tortuoso mundo interior de Johnston. Allí encontramos interpretaciones de sus personajes favoritos de cómics como el capitán América (la encarnación del valor y la bondad) y el fantasma Gasparín (símbolo de pureza), junto a creaciones propias que oscilan entre lo cómico, lo naif y lo siniestro: la rana Jeremiah, (su marca registrada, y la portada del álbum Hi, How Are You ), el Villano (un monstruo de varios ojos que parece una versión corrupta y adulta de la rana Jeremiah), el ojo alado (metáfora de la muerte) y el mismísimo Demonio.

Kathy McCarthy, la cantante con la que tuvo una relación en 1986 –romance que además de fugaz fue casto, debido a las estrictas creencias cristianas de Johnston–, dijo que le tomó un par de semanas darse cuenta de que había algo en Johnston “que no era ni angelical ni puro ni infantil ni inocente ni hermoso”. En en el dibujo titulado “Bienvenido a la entrada del infierno”, un hombre despierta en su cama para encontrar a una gigantesca y amenazante mujer desnuda, mientras el omnisciente Ojo de Satán espía por la puerta; el Boxeador con el cráneo abierto y una tremenda erección se enfrenta a los ogros, sabiendo que va a salir derrotado. A pesar de sus continuas excursiones por el lado oscuro, en esa muestra también está un Daniel Johnston que no ha perdido el sentido del humor. En “La verdadera historia”, una ilustración de 1988, vemos a Gasparín cercado por las llamas. El fantasma amistoso, ese que tiene un pie en el mundo de los vivos y otro en el más allá, ha perdido la batalla contra el demonio. Pero incluso en sus momentos finales no renuncia a su pureza. “Él sonreía en medio de su infierno personal”, escribió Johnston sobre este dibujo, y pensé que no podría haber encontrado un epitafio más acertado para sí mismo.

Pero no matemos todavía a Daniel Johnston. Ahora mismo está más vivo que nunca, de gira por España. Sus dibujos se venden a través de su website y los álbumes circulan en casetes grabados artesanalmente. Canciones suyas han sido interpretadas por Teenage Fanclub, Beck, Tom Waits y Mercury Rev, y bandas como The Flaming Lips, Spiritualized, Sonic Youth y Yo La Tengo le rinden tributo. Johnston vive medicado (toma grandes cantidades de litio para contrarrestar el high que le producen la comida chatarra y las gaseosas), pero la lucidez de sus canciones nos hace, cuando menos, cuestionar nuestra propia cordura. “A veces no estoy seguro de que alguien tenga derecho a decir quién está loco y quién no”, dice un personaje de Faulkner en esa bella y polifónica novela que es Mientras agonizo. “Es como si no importara tanto lo que un tipo hace, sino la forma en que la mayoría de la gente lo está mirando cuando lo hace”.

Todo indica que Johnston no será más famoso que Los Beatles, pero sus canciones les hablan al oído a aquellos que han hecho de la inmadurez una trinchera y un espacio para la creación sin filtros, a aquellos que ven en el arte –incluso, o especialmente, el de un loco— esa llama que se niega a consumirse lentamente (el concierto terminó con la destemplada y certera “True Love Will Find You in The End”). El universo de Johnston no se parece al salón claustrofóbico, solipsista y desesperanzado que acabó con Kurt Cobain, sino más bien a un parque de diversiones en el que la montaña rusa puede convertirse en cualquier momento en la casa del terror. Y Daniel Johnston, como todo niño travieso, sigue dispuesto a subirse una vez más a la rueda de la fortuna, aunque no baje con los brazos y las piernas en los lugares correctos.