No entiendo la polémica desatada por los dichos del sofisticado Cristián Boza, hoy ex decano de Arquitectura de la universidad San Sebastián. Hasta donde entiendo, sus declaraciones a Vivienda y Decoración solo dan cuenta de lo que en verdad piensa cierto grupito de chilenos de sus patéticos conciudadanos. Que son incultos, poco sofisticados y elementales. O bien sucios, negros y pobres. Ergo, peligrosos y sumamente hostiles. Boza dijo en público lo que sus pares conversan de manera cotidiana en privado. Fue honesto como pocos y ello le costó la bendita pega. Mala suerte la suya. Cuando menos queda claro que sofisticación no es sinónimo de inteligencia. Y es que su caída fue torpe. Del verbo estúpida. “Sofisticado es aquel que ha hecho de la sabiduría un alimento. Hoy me quejo de mi falta de sabiduría al declarar aquello por lo que se me juzga”, explicó en una posterior carta de disculpas. A confesión de parte, relevo de prueba.

Uno debiera agradecer al sofisticado Boza por transparentar las cosas. Chile, como pocos en la región, es un país donde el clasismo es casi un deporte nacional. Y ojo, que se trata de un clasismo transversal, que cruza las clases sociales, cosa rarísima, por cierto. El ABC1 discrimina al clase media en todas sus bizarras subcategorías (clase media alta, aspiracional, emergente, etc.). Estos últimos hacen lo propio con el “clase media baja” y todos los subgrupos “C” y “D” habidos y por haber. Y estos últimos por su parte se encargan del respectivo bullying social contra el miserable ciudadano indígena local. Y es que ya saben: una cosa es ser pobre, pero otra muy diferente ser “indio”. Este último es un verdadero clásico en el idealizado bajo pueblo chileno, aquel que desciende de peones, labradores y proletarios. Pobre pero no indio. ¿Quién no lo ha escuchado alguna vez?

En cierta ocasión, un vecino de la Población Lanin de Temuco se lo dijo en su cara a un tío que, intentando estacionar, pasó a golpear su triciclo de fletes. Pese a las disculpas de rigor y al ofrecimiento de pagar los daños, la respuesta del iracundo poblador a mi prehispánico familiar fue categórica: “Saca luego tu weá de camioneta indio concha tu madre”. Mi pariente, hijo de lonko y portador de un apellido de histórico linaje al sur del Biobío, no lo podía creer. “Así es, me trató de indio tal por cual cuando le dije que podía indemnizarlo, que tenía dinero, que no se preocupara por los daños”, me contó. “Bueno, quizás la palabra indemnizarlo le quedó grande y pensó se trataba de algún ritual salvaje o algo por el estilo”, le respondí entre risas. “El caso es que el tipo era pobre, pero no indio. Bendito consuelo”, concluyó mi pariente.

Es la sociedad chilena. Clasista, arribista y racista. Discriminadora como pocas. Ahora, convengamos que se trata de un problema país. Culpar a determinada clase social sería equivocar el diagnóstico. El problema, a fin de cuentas, es cultural y cruza –ya lo dije– todas las clases sociales. Chile, la Capitanía General que se jura Virreinato, como me señaló una vez un amigo peruano y de manera muy lúcida. Chile, el país que limita al norte con Estados Unidos, al este con Europa y al oeste con las economías del Asia Pacífico. Argentina descubrió que estaba en América Latina tras la guerra de las Malvinas. Antes de eso, por “achá” todos se creían europeos. La pateadura bélica británica puso, enhorabuena, las cosas en su lugar. ¿Hará falta una guerra para despertar del espejismo por estos lados? Boza, de seguro sin pretenderlo, transparentó con sus declaraciones varias cosas. Entre ellas lo mucho que nos falta para construir una sociedad más respetuosa y amigable para todos.

Terminar en definitiva con la segregación, un lastre que Chile arrastra por dos siglos. Ya lo señalé a propósito de la ley Zamudio: se requieren cambios culturales profundos para terminar con la discriminación, sea esta sexual, étnica o derivada del origen social. Estas cosas no se superan por decreto. Es lo que el arquitecto Boza nos recuerda con su monumental metida de patas. Gracias totales por ello.