No ha pasado un día completo desde la decisión de Colbún de congelar la tramitación de un Estudio de Impacto Ambiental que necesita HidroAysén y el obispo de esa región, Luis Infanti, le dice a 100 dirigentes de los comités de Agua Potable Rural de la Región Metropolitana que la única forma de contrarrestar el sistema actual es a través de la presión social.

Está en Maipú, específicamente en la copa de agua “Maipú Centro” del Servicio Municipal de Agua Potable y Alcantarillado de Maipú, SMAPA, el único de todo Chile que tiene el 100% de la propiedad y gestión de sus aguas, y aprovecha la ocasión para decirlo con todas sus letras: “No sé si será nacionalizar, pero el agua no debe estar en manos privadas. Lo que ocurre en mi región y el país entero es una vergüenza”.

¿cómo evalúa la noticia de la suspensión de HidroAysén recomendada por Colbún?
– A ver, que todavía esté en cuestionamiento no es por casualidad. Si hubiera seguido su orden regular, el proyecto HidroAysén ya habría tenido que empezar hace tiempo su construcción. Esto es por la reacción de la población de Aysén y de Chile y del exterior frente a algo tan invasivo y colonizador. Pero no hay que engañarse porque en ese contexto, la decisión de Colbún apunta a presionar, más que al Estado yo diría que al gobierno, porque si bien en los gobierno anteriores ya había muestras de apoyo en éste de ahora hay mayor cantidad de signos que así lo indican, que el gobierno está apoyando el proyecto.

¿Es una estrategia?
– Sí, siento que es un impulso más para exigirle al gobierno que se haga cargo de la línea de transmisión. Es una manera de presionar para que asuma en nombre del Estado la responsabilidad de crear una carretera eléctrica porque si tuviera que hacerla la empresa privada encontraría una infinidad de oposiciones al pasar por lugares altamente turísticos, por parques nacionales, dueños de terrenos de alta producción agrícola, etcétera. Cuando un particular como Hidroaysén (Colbún o Enel) tiene que atravesar, por ejemplo, tierras indígenas, se enfrenta a una cantidad de leyes y sobre todo de población que no está dispuesta a ser nuevamente colonizada de una manera tan arrasadora.

Igual hubo gente que lo celebró.
– No, es que son pequeñas señales que muestran que esa estructura de poder funciona muy bien. El poder económico presiona al poder político para que incluso judicialmente aprueben estos proyectos. No hay nada que celebrar. Ahora, de todas maneras la reacción de la gente se hace sentir cada vez más y el camino es muy largo para estos proyectos. O sea, yo tengo el convencimiento de que no se van a hacer.

¿Por qué no?
– A ver, aquí hay por lo menos tres temas importantes: las represas, la línea de transmisión y el financiamiento. Todavía ninguna de estas etapas han sido aprobadas. Ni la construcción de las represas, ni el tendido eléctrico ni mucho menos el financiamiento. Dime tú: ¿Qué banco a nivel mundial hoy día, con el contexto de crisis actual, asume la reponsabilidad de financiar un proyecto cada días más costoso y más cuestionado?

Usted tiene una tesis de “la estructura de poder”. ¿Dónde está acá? No me refiero sólo a Aysén.
– Bueno, acá fue primero en la Corte de Coyhaique. Después en Puerto Montt y la Corte Suprema, donde se aprueba con algunos cuestionamientos al sistema, pero se aprueba igual. Está esa capacidad de comprar al poder judicial. Mira, ahora para un proyecto en Illapel el tribunal no tomó decisiones y propuso una conciliación, un póngase de acuerdo entre la empresa y la gente. Eso es una postura muy importante que no asumir la responsabilidad de dirimir las leyes y por lo contrario, favorecer al poderoso. Ya el hecho de conciliar es decirle que sí a la empresa. Que sí, pero aminoren el impacto para agraciarse con la población. Entonces también es una postura éticamente muy cuestionable.

Usted dice que la única forma para combatir es la presión social.
– Yo no veo otra dentro de esta estructura y modelo. Por eso sería interesante un debate un poco más amplio, que en Aysén intentamos tener el año pasado. Ahí la reflexión indicó que por el momento no hay otro camino porque el modelo mismo, con esto de la Constitución del 80, el binominal y las leyes que la han seguido, crean un modelo que hace imposible proponer otro. La misma estructura de poder se protege así misma y no admite que se busque un modelo alternativo. Sin embargo, yo confío en el poder del pueblo que cada día está más consciente de estas realidades y buscará las vías pacíficas para derribar este sistema tan opresor.

Chile vendido

Vino a Santiago a ver la experiencia de Maipú, que es dueña y maneja el 100% de sus aguas. ¿Qué le parece esa excepción?
-Es un ejemplo y un desafío para el país. Que una comuna tenga el 100% de la propiedad y la gestión del agua creo que es el ideal. Pero también es una vergüenza nacional que el 82% de las aguas estén en manos privadas. Eso es un elemento más para decir que Chile es un país vendido. Sus bienes y lastimosamente su conciencia a otros poderes. Aquí no es solo cuestión de los bienes, si no que también que en la medida que un pueblo no participa en la búsqueda de la gestión de sus bienes, es un país sometido.

¿Y eso es parte de la estructura que usted plantea?
– Es que justamente hay una estrategia mundial, lo que llamamos huella ecológica. Los países llamados desarrollados necesitan tierras y en sus países no tienen, desde hace años, los elementos esenciales para hacerlo. Por ejemplo, China no tiene en China la capacidad para producir el arroz que la población china devora. Y por eso que está comprando países enteros en África.

¿Lo mismo pasa en Chile?
– Pasó y en toda América Latina. Fue una estrategia mundial privatizar bienes esenciales para la vida consumidora y devastadora de los países desarrollados. Pero esto es favorecido también por leyes. La constitución política del Estado en Chile apunta claramente a este modelo económico. Y es favorecida por el silencio y la indiferencia de un pueblo que frente a eso no reacciona. Entonces en la medida que uno ayuda a tomar conciencia de esto, favorece que la gente despierte.

Ese proceso estalló ahora, sobre todo en Aysén.
– Nosotros hicimos el año pasado una semana social en Aysén con el tema “El Estado que tenemos y el Estado que quisiéramos”. No fue el detonante de la movilización social de Aysén, pero sí ayudó mucho a entender que vivimos en un Estado que tiene un poder económico, político y judicial que nos hace sentir incómodos, ingratos y gira en una estructura de poder que margina cada vez más. A las regiones extremas, culturas -mapuches, por ejemplo-, personas, bienes. Eso hace que en la medida que ayudamos a tomar conciencia de ello.

¿Cómo se gestó?
– Allá se reaccionó masivamente cuando entendimos que los pescadores artesanales, los colectiveros y los patagonia sin represas, que antes protestaban por su cuenta, al unirse se podía tener más voz, más fuerza para que el Estado entienda que este malestar es la punta del iceberg de un modelo que nos provoca indignación, molestia, angustia y marginación. Frente a eso un pueblo que se organiza puede cambiar las cosas. Porque esa estructura de poder en sí hará todo lo posible para no ser afectada.

¿Es usted el único en la iglesia que piensa así?
– En la iglesia hay mucha gente que actúa así a lo largo de Chile. Sin embargo, en Aysén tenemos una relación. “Tú problema es mi problema”. Yo siento que tenemos un deber insustituible de aportar desde la espiritualidad a reconocer el valor de la persona humana, de los bienes, que son de Dios, y por lo tanto no son de la empresa A, B o C. Si son bienes de Dios desde nuestra vida son para ser compatidos y no privatizados, menos aún mercantilizados. Hemos perdido el valor de la gratuidad, de la solidaridad, de la equidad, de la justicia y ese es el mensaje central del evangelio. Por eso es nuestro deber estar aquí.

Pero la iglesia también es parte de esa estructura.
– La iglesia en sí no debería ser una estructura de poder, pero en la medida que hace algunas alianzas económicas se hace parte, cómplice. En dictadura cuestionaba ese poder porque era muy evidente la violación y la ofensa grave a los DD.HH. La iglesia se la jugó por cuestionar ese poder. Hoy sentimos que se tortura los derechos de la creación y directamente al ser humano. Por ejemplo, que mueran 5 millones al año por no tener acceso al agua es una tortura humana también. Hoy está llamada a enfrentar a lo que más le preocupa al ser humano. No son luchas separadas.

¿Qué debe hacer la iglesia entonces ante esta situación?
-Bueno, la ética no es para la estratósfera o para los angelitos en el cielo. Es para hacer la vida humana más digna y más sana. Por lo tanto, una mirada ética espiritual sí o sí debe cuestionar situaciones políticas o judiciales que marginan. Y no quedarse sólo en cuestionar leyes y situaciones, si no que también estructuras.