Otra vez la burra al trigo entre los jugadores de su selección y lloran los chilenos no el hecho sino saberlo: putavida porqué no la hicieron piola, se quejan de saber que dos de los suyos son tan irresponsables como todos. Y así mismo parece llorarlo Claudio Borghi, el que más emputado debiera estar no por la falta de sus pupilos sino porque se haya conocido, mostrando así su manito blanda en un espacio en que creía que compartir cerveza era mandar.

Con su carita socarrona y un acento que entre el sho y sho desgrana uno que otro güevón, el argentino Claudio Borghi es el mejor ejemplo de que esa mezcla de prepotencia y patrioterismo llamada chilenidad es contagiosa. Como las deudas, el matrimonio y las venéreas, se contrae.

Pero no es por hablar casi quiquiriquenado cachais como el común de los comunes de la estrecha franja que el argentino se merece ser chileno, no. Ese echarle la culpa a otros de sus errores, ese decir que todos me tienen envidia, que todos están contra mi, que el problema es el otro como dice el mito patrio que no es que Chile sea malo, sino que los vecinos le tienen envidia. Que no es que Chile haya corrido la cerca, es que los otros se la dejaron correr. No es que Borghi no tenga autoridad, es que no le hacen caso. Já.

Así, el técnico de la selección chilena excusa su falta de liderazgo en cosas como que las mujeres lo van a dejar sin selección. Pobrecitos ellos, amenazados. Pobrecitos ellos, acosados. Como si no fueran empleados públicos, como si no representaran cosas que para algunos, bobamente, valen mucho como una bandera. “Muchas chicas nos están dejando sin jugadores. Es una complicación grande”, dice esperando risas, como si su trabajo fuera pues el de un humorista, escondiendo en la frase la falta de los suyos que a la larga es una falta propia.

Buen chileno el argentino porque dice que nadie sabe las cosas como él. Que Bielsa sería muy Bielsa, pero él fue jugador, entonces sabe cómo se hacen las cosas. Con whisky, dijo, se jugaba en la altura cuando yo era jugador.

Y a buen chileno, chilenos y medio, que ya parecen haber olvidado a Bielsa por tres partidos ganados legalizando así un proceso en el que hubo más política que fútbol y en el que su presidente, a ese que dicen no querer pero eligieron, metió más que la cola para cobrar desaires de un técnico que no se prestó para la foto. Pero no. Viva Chile, viva la roja, viva Borghi, viva Valdivia, viva Medel, viva Vidal, vivan todos que acá la ética importa un gol en La Paz.

Con una campaña perfecta en Colo Colo se echó al bolsillo a la prensa y en sus laureles se daba el lujo de burlarse de sus pupilos, imitando a Suazo ceceando en conferencia de prensa a sabiendas que el jugador poco podría reclamarle como poca guerra podría devolver un vecino a Chile, que habla de derecho apoyado sobre un ejército con más presupuesto que su educación. Viva la patria.

Muy parecido a cuando ellos, todos los borghisitos sueltos, se burlan de Venezuela y del estereotipo de la novela poco hay para que se burlen de su sistema político, disparando al tuntun que dictadura, dictadura, dictadura contra el gobierno de Chávez que 14 de 15 elecciones ha ganado, mientras que ellos, con la paja en el ojo por no decir otra cosa, obedecen calladitos y orgullosos a una constitución impuesta en dictadura, redactada a la sombra de un crucifijo y un fusil por el asexuado y legitimada no hace mucho por el viejito del dedo.

Y entre chiste y chiste, el técnico maquilla sus mensajes a los periodistas deportivos, a los que no ha tenido problema en decirles que no escriben lo que él quiere que escriban, empleando la testera para amenazar como ya ha amenazado a sus vecinos que no son mansos el país que lo acogió. Y los periodistas, en masa, le ríen a jeta suelta las gracias, en lugar de fiscalizar. Los chilenos, a su vez, ríen las gracias del que los gobierna disfrazando entre chiste y chiste reformas que ni una risa debieran despertar.

Y tan chileno es el no chileno que ahora último lo he visto muy sentadito en su banca fingiendo ser el que no es. Del parrillero tira chistes el portento pasó pues al estadista en un proceso de bielsificación en el que ahora se da incluso el lujo de no celebrar los goles si no son cuatro, como si de amaneceres se tratara. El clásico jurel tipo salmón de la chilenidad que en los noventas rellenaba los carritos de supermercado y ahora, digitalizado, se refleja en muchos casos en ese que se esfuerza hasta el dolor por reflejar inteligencia tuiteril y si murió el más desconocido de los directores de cine danés se corta las venas por decir sí, lo conocí y cómo sufro su partida.

El clásico chileno que de amigos se rodea, prefiriendo, por ejemplo hacer jugar a su compañero de cervezas Pablo Contreras, titular en el peor Colo Colo de los últimos diez años, para dejar por fuera a Marco González, compañero de Ronaldinho en el fútbol brasileño. El compadrazgo llevado al punto del nepotismo, el amigo de los amigos, el que sabe que la cosa se tiene que quedar entre los que han sido cómplices y cierra diciendo, oh revelación, que todo vale porque “en el camarín también tenemos compromisos, pactos”.

Por eso mismo, la chilenidad se le sale diciendo que el problema es que a veces hay sapos. Hay quien cuenta. El problema no es que la caguen, sino que alguien correcto lo cuente.

Pero sobre todo, se ha ido ganando la chilenidad en el hecho de su eterno oficialismo y no tener problemas de sentarse al lado de un presidente que manchó de política el fútbol como se sentó en el pasado junto a la presidenta de la otra vereda política y quizás lo haga -si es que dura- junto al próximo que La Moneda habite, pasando por alto el oscuro proceso que en un golpe de estadio renovó la directiva.