Foto: Alejandro Olivares

La caza de elefantes que obligó a Don Juan Carlos a pedir perdón ha reavivado la polémica sobre los derechos de los animales y la facilidad con que los hombres solemos violarlos. No era el caso precisamente del rey que cazaba en cotos protegidos que buscaban la conservación más que la eliminación de la especie. De modo menos espectacular, sin embargo, el trato que le damos o dejamos de dar a los animales se ha convertido en un tema central de este siglo que no termina nunca de comenzar.

Santiago de Chile está llena de perros vagos. Es lo primero que impresiona a los viajeros: a cualquier hora, en cualquier lugar hay perros solos o en grupo recorriendo la ciudad. Los llamamos los quiltros, mezcla de un poco de todas las razas, famosos por interrumpir desfiles militares, por cruzarse en procesiones religiosas (vi uno tratando de violarse a un actor que hacía de Jesucristo un viernes santo).

Generalmente inofensivos, de vez en cuando devoran a algún niño o terminan con la vida de algún anciano. Sin embargo, cualquier intento de esterilizarlos o exterminarlos ha chocado siempre con las lágrimas furiosas del comité de defensa de los animales. Desfilan así indignadas actrices desempleadas, cantantes sensibles, ecologistas de todas layas y defensores de la tradición y el folclore que nos recuerdan que exterminar y esterilizar es lo que solía hacer Adolf Hitler en su tiempo. Inútil es alegar que Hitler, él mismo en persona, estaría en la primera fila de sus protestas.

Numerosos testimonios dan cuenta de su amor sin fin por los animales. En Berchtesgaden, su refugio de montaña, el Führer amenizaba las tardes contando con horror su visita a un matadero donde vio torturar bueyes, vacas, cerdos y ovejas hasta lo inaudito. El hombre que aplicaba en millones de seres humanos las técnicas de esos mismos mataderos sofisticados, quería ahorrarle al mayor número de animales posibles ese trance terrible. Hay en ello una cierta lógica perversa. Hitler en la sobremesa de su refugio montañés humanizaba hasta hacer llorar a sus comensales el dolor de los animales. Nada de extraño que, al revés, animalizara la vida misma de millones de seres humanos a los que despojaba justamente de la humanidad que le había regalado a su perro favorito, Blondie, al que envenenó el mismo día en que se envenenó él para evitarle las torturas del Ejército Rojo.

No sugiero que todos los defensores de los animales sean Hitleres en potencia. Creo que acariciar la piel de un animal vivo es una experiencia imprescindible para un niño y muy necesaria para un adulto. Amo los caballos y he tenido -en gran parte por mi indiferencia hacia ellos- una excelente relación con los distintos perros que mi padrastro insistió en llevarnos a la casa para convertirnos en mejores personas. Sé que hay algo sabio en seguir las lecciones del instinto, ferocidad o mansedumbre de alguna bestia cercana. Confieso incluso haber llorado de emoción leyendo las páginas que le consagra Saúl Bellow a las águilas en “Las aventuras de Augie March” y a los leones en “Henderson, el Rey de la Lluvia”.

No tengo nada contra los animales y nada contra los que los aman como lo que son: animales. Sospecho que esto es justamente lo que sus defensores más acérrimos no aceptan: la existencia de seres que no sufren ni aman como nosotros, que son por eso mismo valiosos e incomprensibles. Vestido con abrigos, yendo al doctor, al siquiatra, al masajista, al peluquero, el perro, el gato o el loro son fantasmas de hombres, sombras de un cariño cobarde que no acepta un no por respuesta. Ese amor domesticado es para mí otra muestra de esa necesidad terrible que tenemos hoy de volver todo sentimental, de convertir todo en anécdota, en moraleja.

Ser buenos, sentirnos bien, ahorrarnos la imagen de la perrera o de la plaza de toros, aunque gracias a nuestra bondad miles de perros mueran de hambre en las calles de Santiago, y otros millones de perros enrejados, y gatos obesos, y canarios con diabetes, y chimpancés, estén perdiendo pelo de puro nervios. Una crueldad puritana que ataca los ritos, los toros, la caza, los sacrificios, los espectáculos, todas esas tradiciones a través de las cuales las viejas tribus -tanto más cercanas a los animales que nosotros- trataban de imbuirse del espíritu de las bestias, de la lógica siempre cruel de la naturaleza.

Nadie defiende las ratas, las lagartijas, los arenques, los osos hormigueros, pero sí a los delfines que nos recuerdan la sinuosidad de las mujeres y a las ballenas que tienen la ventaja de ser enormes. Los hombres sólo comprendemos la humanidad. Eso es justamente lo que nos une a los animales: no podemos, no sabemos ser otra cosa que lo que somos. A algunos eso no les parece suficiente. A otros les parece demasiado. “Mientras más conozco a mi esposa más quiero a mi perro”, dice el chiste que de alguna forma explica algo que muchos amantes de los animales sienten profundamente. Una esposa no se puede domesticar del todo; un perro, sí.

El amor por otro ser humano está siempre mezclado con algo de odio o desconcierto. Eso no pasa con los perros. Pueden morir y dar pena, claro, pueden morder también, pero nunca frustrar. Hitler amaba la lealtad de Blondie, a la que le gustaba pasar horas enseñándole trucos. Es justamente lo que no pudo hacer con los judíos, los gitanos, los comunistas, los rusos conquistados. Nunca estuvo seguro de ser su amo. Por eso los eliminó como se elimina un perro rabioso o un caballo herido.

Nunca he visto una manifestación de ballenas defendiendo a los niños de Bogotá, Eritrea o Puerto Príncipe. Las ballenas no militan en Greenpeace. Eso las hace dignas de ser defendidas. Las ballenas comprenden lo que nosotros no: son ballenas, no tienen por qué defender causas humanas. Se mantienen en una indiferencia que es sólo una conciencia natural de la diferencia. Los hombres somos los únicos animales que a veces recuerdan que son animales. Los únicos que pueden darse el lujo terrible de olvidarlo, también.

Yo no lo olvido lo suficiente. Atravieso hacia la otra vereda cuando veo un perro suelto, por miedo; pero también por respeto, el que sabe que ese, el mundo al aire libre, es también su lugar. No le pido a un perro que no lo sea. No proyecto en él una animalidad idealizada, una bestialidad edulcorada. Sé que estoy frente a un cazador que debería vivir en manada. No son mi razón, ni mis lecturas, ni mi desprecio, ni mis traumas (los perros no me han hecho nunca nada) los que me hacen cambiar de vereda cuando un perro vago la ocupa, sino mi instinto animal.

Todo lo que hay de ballena, de perro o de amebas en mí se rebela contra ese desperdicio de lágrimas que se opone a las corridas de toros o a las fábricas de salchichas. Los animales pueden entender la idea de que hay que matar para vivir, que matar es parte del ser vivo; lo que les costaría aceptar es la idea de un matadero gigantesco para limpiar la raza, acabar con un pueblo sin que su carne sirva de nada. El animal que hay en mí no puede dejar de pensar que la crueldad del hombre no le llega ni a los talones a la de la naturaleza y que si hay una víctima de ella son los hombres que tienen conciencia y memoria para seguir sufriendo mil veces los mismos golpes y suficiente ceguera para volver a someterse a ellos conscientemente.

El animal que soy no puede dejar de deplorar la manía de los humanos de reducir todo a su vocabulario de los dibujos animados donde todo habla, abraza, sonríe. El animal que me habita no le perdona a los hombres haberle quitado a los perros su ferocidad, a los gatos su astucia, a los pescados rojos su mar, a los caballos su rabia para convertirlos en parodias de hijos, amigos, vecinos o en el simple eslogan con que llenar una tarde sin banderas. Perros, gatos, loros, nunca lobos, cocodrilos o lagartos, nunca nada feo, solo, indiferente. El animal que hay en mí se impresiona al ver cómo los hombres logran ser injustos y frívolos hasta cuando creen ser más buenos.

¿Pero hay en la creciente y cada vez más beligerante defensa de los animales sólo eso que Stefan Zweig llamaba la piedad peligrosa? ¿Es sólo el exceso de Bambi y otros dibujos animados de Walt Disney, donde los animales tienen ojos enormes, lo que mueve a jóvenes del mundo entero a dejar carreras, amigos y alimentos de lado para lanzarse a la última utopía posible, acabar con cualquier rastro de crueldad en el mundo? El cinismo resulta demasiado simple al abordar un fenómeno que vuelve a preguntarse ¿qué es un hombre?

Los más lucidos de estos defensores de los animales ven esto como un estadio superior de la conciencia humana. Primero los derechos del hombre, luego los de la mujer, luego los de los niños, luego los de los animales. El movimiento de liberación animal, las creciente protestas en torno al maltrato animal, nacen, sin embargo, en un momento de auge inaudito de las desigualdades entre los hombres. Sociedades de tradición igualitarista y democrática como Inglaterra o Estados Unidos han aceptado como sanas y naturales diferencias de ingreso y oportunidades inéditas en su historia reciente. Los derechos de las mujeres, niños u hombres han sido puestos en cuestión no sólo por los fundamentalismos de distinto signo que han tomado cada vez más poder en el mundo, sino por no pocos intelectuales liberales de occidente.

En medio de ese mundo en que la esclavitud, con nombre de tarjeta de crédito, ha vuelto a ser del todo un tabú, flamea sola la bandera de la defensa de los derechos animales. ¿Es eso del todo un azar? Entre la mayor parte de las especies animales las desigualdades de fuerza y tamaño, la estratificación social más completa, es algo plenamente natural, algo que es parte misma de su esencia.

La sociedad que más respeta los animales, la hindú, es justamente la que es capaz de llamar a algunos hombres intocables por nacer donde nacieron. Una sociedad y una religión milenaria que, sabiamente o no, aplica a la vida humana el ritmo de la naturaleza, su armonía y su miseria, miseria que condena sin merced a miles y millones de seres a la mendicidad y la miseria más infinita para no romper el ciclo de la naturaleza en su perfecta armonía. ¿No es eso lo que admiramos cada vez más en los animales, un espejo en que la fuerza del más fuerte, la sobrevivencia del más apto, el perfecto orden del panal de abeja o la manada de perros, vuelven a tener sentido?

Resulta absurdo aplicarle a los perros o a los gatos o a las lagartijas el lema republicano que pide libertad, igualdad y fraternidad. Los animales son básicamente no libres, no iguales y poco fraternos (con las excepciones del caso). Eso no significa que no colaboren entre sí ni que establezcan sociedades perfectamente funcionales y en cierta medida ejemplares. Es el recurso a ese ejemplo como un cuestionamiento al orden humano lo que conviene analizar con un detenimiento que los bebés focas llorosos antes de recibir un palo en la cabeza no nos permiten ver. De alguna forma, los ideales de la revolución francesa, como la mayor parte de los judeo cristianos, son no naturales. La idea de que somos dueños de nuestra conciencia, y que esa conciencia puede y debe cambiar nuestro destino, es una característica del hombre y sólo del hombre (hasta nuevo aviso), la señal misma de su singularidad como especie.

No sé si ese orden es superior o inferior al del gallinero, hormiguero o rebaño, sólo sé que es distinto.
No es un azar que los parques y la conservación de la naturaleza sean la afición favorita de los millonarios. Hay entre Greenpeace y Wall Street más lazos de los que ambos están dispuestos a reconocer. Los dos comparten de partida la idea de que las otras utopías, el socialismo o la venida de Cristo en gloria y majestad, son imposibles, que lo único que queda es volver a la naturaleza, la del mercado y la de los animales, que en el fondo se parecen.

Para los darwinistas sociales, como para los ecologistas radicales, esa diferencia entre el orden de los hombres y de los animales es artificial y peligrosa. Los hombres, dicen ambos, son animales que se inventan mentiras y mitos para probar una superioridad que no es tal. Mirado con atención, nos movemos por la misma hambre, la misma dureza, la misma indiferencia que los animales. Los darwinistas sociales piensan que deberíamos dejarnos de tanto subsidio, de tantos impuestos, de tanto seguro social permitiendo cambio que la naturaleza actúe con total libertad tanto en la economía como en la cultura.

Más amables y más hippies, Greenpeace y otros movimientos de conservación animal buscan demostrar hasta qué punto la piedad humana es una farsa, hasta qué punto nuestra idea de la libertad, de la igualdad, o de la fraternidad se sustentan en matanzas masivas de animales que no han cometido otro crimen que no mentir. Animales asesinados para alimentar una clase media que gracias a esa carne, a ese pescado y a esos huevos cruelmente habidos pueden prolongar sus vidas, compartir de igual a igual con hombres y mujeres de niveles sociales, de orígenes étnicos distintos un piso mínimo de calorías, lípidos y glucosa. Una igualdad alimentaria que les permite también una libertad, la de no depender del hambre, la de no vivir para la búsqueda de alimentos.

Darwinistas sociales y ecologistas fanáticos comparten la idea, para mí fatal, de que la ficciones que nos sustentan -la igualdad, la libertad, la fraternidad- son mentiras perversas, que desnudos de ellas somos los que Hobbes creía que éramos: lobos con piel de oveja. Es cierto que en todo hombre convive la oveja y el lobo, pero esa dualidad es justamente lo que nos separa de los animales obligados a ser ellos mismos hasta el infinito.

La libertad de no ser lobo o de no ser siempre oveja comporta riesgos e implica muchas veces crímenes (mataderos de pollos, bueyes criados sólo por su carne), pero me parece una de las aventuras más hermosas de la naturaleza, una aventura que los verdaderos amantes de la naturaleza deberíamos aprender a respetar y a admirar en todo lo que tiene de sorprendente, de inesperado, de humano. Es decir, de alguna forma, también de animal.