Las elites políticas continúan infatigables tejiendo sus tramas históricas: la absorta conquista de los poderes estatales. La próxima elección municipal pone en marcha bonos gubernamentales, promesas, nuevas alianzas (Concertación+PC) buscando la monótona reelección de los mismos (la feudalización de la política chilena) o bien seleccionando cupularmente a sus abanderados (la excepción es Errázuriz en Providencia).

El binominalismo se instaló como el dispositivo más eficaz para controlar y normalizar a todo el espectro político. Una construcción híper racional que dividió la superficie en dos partes: A y B. Pero ese trazado, diseñado por los poderes militares y los oficiosos articuladores de los poderes económicos, fue pensado como el gran instrumento para promover el buen curso del capital mediante una balanza que permitiera el movimiento desde la derecha hacia el centro de sí misma y que, de esa manera, el estrecho arco político (organizado a partir de la subordinación) cautelara el modelo económico.

El binominal fue lo que la dictadura diseñó como su prolongación en el espacio civil para escribir e inscribir un paisaje social de control binario, sin matices, donde no cabe la diferencia ni menos la diversidad, pues a pesar de los pactos ocasionales (como el promovido por el PC) el resultado continúa siendo conceptualmente el mismo: binominal. Y se inserta (no existe otra posibilidad) en el interior de los conglomerados Alianza-Concertación.

Desde luego existen tensiones en ese interior binominal tanto en la Alianza como en la Concertación. Como las diferencias RN-UDI en torno a lo valórico, pero este desacuerdo se compensa en la férrea unión para promover la expansión del ultra capitalismo. La Concertación también experimenta las divergencias valóricas lideradas por la DC, pero mantienen un acuerdo general en torno al modelo y cada identidad partidaria manifiesta, con mayor o menor énfasis, la voluntad de realizar intervenciones leves y consensuadas al modelo que se funda en una impresionante desigualdad.

Entonces, esta situación binominal que ha sido (más allá de las críticas retóricas) aceptada por la unanimidad por los partidos, abre hoy una serie de agudas interrogantes político-culturales: ¿Qué representan los movimientos sociales como signo de inconformismo en un sistema que desfavorece los intereses de la mayoría ciudadana? ¿Cuánto escucha el sistema político estos movimientos sociales y las encuestas que indican que ha ocurrido la caída más estrepitosa de la credibilidad en el sistema político? Y, lo más importante, sumando estos contextos: ¿cuál va a ser el comportamiento electoral ahora que el voto es voluntario?

Ya antes de esta modificación, votaba prácticamente la mitad de la población en condición de hacerlo. La ciudadanía no inscrita, fundamentalmente jóvenes, se erigieron como un índice para medir la crisis que se avecinaba, pero las elites siguieron adelante, cómodas, incluso satisfechas de esta condición a-democrática.

Ahora el propio elector escoge si vota o no. Elige si participa o no participa en el hito político más significativo del proceso democrático. Este cambio electoral abre un nuevo escenario crítico. Un escenario complejo. La lógica indica que las personas jóvenes no van a votar en el número que correspondería porque el malestar que han medido las encuestas y las calles así lo manifiestan. Más aún, el “no voto” podría convertirse en una “posición política”, contundente para presionar por más democracia, justamente desde la suspensión de uno de sus instrumentos más elocuentes: el voto representativo. Se generaría así una paradoja.

Si en la próxima elección el “no voto” fuera significativo –y lo que afirmo es una hipótesis– los movimientos sociales habrían adquirido más poder porque la denuncia, la protesta y el paro ingresarían “materialmente” como actores políticos. Lo harían desde fuera de las estructuras clásicas y así los partidos se verían expuestos a una situación más aguda aún de no-representatividad.

De esa manera el binominalismo se vería enfrentado a una poderosa fuerza externa: la suma múltiple del inconformismo ciudadano que podría emerger de manera intermitente, de acuerdo a demandas específicas, pero acumulando el poder que le otorgaría su latencia generalizada.

Curiosamente el “no voto” podría implicar una postura democrática frente a un binominalismo antidemocrático, pinochetista y binario. Un sistema político que no ha cesado de promover una constante zona gris de acuerdos, hasta que la suma de subterfugios para favorecer el (excesivo) lucro generalizado lo tornó ya insostenible.

Un sistema que se obstinó en sostener una lógica que fue escrita por la dictadura militar chilena para conservar –y así ha sido– intactos los poderes económicos y debilitada la capacidad crítica mediante el consumismo que ahora coronó su metáfora elocuente en su flamante monumento: Costanera Center (así en “english”) más allá de los graves problemas de contaminación y de circulación que ocasiona. Porque finalmente no importa cómo transite la ciudadanía pues lo que sí importa es que esa ciudadanía, atochada y bronquial, acuda a costa de lo que sea, compre, se endeude para robustecer a los grupos económicos.

Ya habría que terminar con esta decisiva presencia pinochetista. Habría que romper el binominal porque obedece al sueño más rígido de la lógica militar. El binominalismo es una forma aguda de disciplinamiento político, es blanco o es negro, bueno o malo, es jerárquico, es paralizante. Es todo o nada. Es Mi General. Es el mismo Mi General de los homenajes en el Caupolicán. Ese mismo Mi General que actúa a través del terrorífico Álvaro Corbalán desde el penal Punta Peuco.

Es Mi General que hace perder pie internacionalmente al Presidente Sebastián Piñera, que es interrumpido (de manera incomprensible) por su niñera-periodista que no entiende que Mi General es un signo destructivo mundial (preso en Londres, pues) y que no comprende que cada uno de los presidentes chilenos tendrá que hablar afuera, adentro y al lado de Mi General porque le pertenece al espacio internacional, al igual que otros signos de poder ultra negativo.

Mi General está en el centro político del país por la vigencia de su Constitución (la palabra es elocuente y estructural), está diseminado en lugares insospechados, esos espacios donde la farándula se vuelve obscena, como una entrevista insólitamente frívola y hasta inhumana de Carolina Arregui, actriz de teleseries, que “abrió su corazón” en una revista para contar su bien pagada vida sentimental con un CNI, violador de derechos humanos.
Mientras el binominalismo siga pauteando la superficie político-cultural chilena no se puede aceptar el falso discurso en torno a un pasado pinochetista que ya habría sido clausurado sino que hay que pensar en el presente interminable de ese pasado. Quizás es la hora de politizar de manera ardiente el (escaso) poder real que tenemos y, por ejemplo, no votar. Así de simple.