Después de que mi señora intentara asesinarme provocando azarosamente la confusión de un medicamento para la garganta con un veneno para parásitos internos de gatos, decidí volver a mis viejos barrios santiaguinos. Hay, como dijo Roberto Arlt, quienes apetecen la inmundicia, y los habitantes de Santiago así lo asumen. La fealdad imperiosa de la ciudad nunca ha dejado de impresionarme, aunque eso se podría decir de la mayoría de las ciudades de este macabro país.

Estaba en esos menesteres de aclimatación en la RM cuando acompañé a un amigo músico a una peña solidaria en el barrio Brasil junto a otro amigo. El evento era organizado por la Unión Clasista de Trabajadores en la Casa Bolívar, una especie de bodega convertida en sede sindical y política. El ambiente es de un arcaísmo fascinante y muy antipartidista y antipatronal. Me impresionó el lienzo de la organización que tenía en los extremos la imagen de Luis Emilio Recabarren, a la izquierda, y de Clotario Blest, a la derecha. Le comento a mi colega amigo que bebe una cerveza en lata, y que trabaja con cabros malos tratando, inútilmente, de rehabilitarlos, que me llama la atención el contraste entre la formalidad de don Reca, con terno cruzado y peinado engominado, y el estilo profético-romántico, a lo Walt Whitman, de don Clota. Quizás sean las dos culturas que han marcado a la vieja izquierda, una más formal y otra más despeinada, es decir, entre el conservadurismo PC y la estética rupturista de la otra izquierda (un publicista la llamaba “izquierda lenonista”). A mi amigo le sorprende, creo que positivamente, que se asuma manifiestamente el clasismo, como en tiempos de afirmatividad de la lucha de clases. Le comento que ese clasismo se justifica más ahora que antes, cuando las diferencias sociales no eran tan radicales.

Mi amigo toca sus temas y la recepción es tibia, sólo se anima cuando interpreta una del cancionero latinoamericano, El Arado de Víctor Jara. La audiencia es cautiva, pero exhibe los mismos problemas del nuevo sujeto chileno que tiende a romper los protocolos básicos de conducta. Siempre hay etílicos que se ponen jugosos, cuestión total y absolutamente transversal, me comentan. En medio de su actuación hay un contacto en directo con una comunidad en la precordillera de Linares que protesta contra un proyecto que rompe su ecosistema. Conversan por teléfono con sus representantes en el escenario, lo que obviamente dinamiza el espectáculo. Me paseo por el lugar con una cerveza tratando de tener mejor visión del escenario y en la parte de atrás, cerca de la cocina, veo una niña de unos siete años que juega en el suelo. Ya es medianoche y el ambiente está inundado por el humo del tabaco. La observo jugar, aunque hay poca iluminación, con la culpa que sentimos los padres levemente abandónicos y malos proveedores, y me baja la angustia y la aprensión. El viejo tópico de los niños de la revolución compartiendo con sus padres el proceso, como cuando los hippies carretean con sus niños.

Ella se da cuenta que la miro y al parecer se alegra de tener un cómplice, creo que soy su público. Su juego consiste en tirar un papel desde una mesa y lo va a recoger en el piso. Las que supongo son su madre y su abuela se van con ella al rato. No mucho después nos vamos nosotros. Mi amigo músico me ha solicitado que redacte una declaración sobre un tema relacionado con artistas y representación política, también me ha convidado unos antidepresivos que se parecen a los que me recetaron. Paralelamente, mi señora me ha enviado un mensaje de texto pidiéndome que vuelva a casa, me dice que ha ordenado los medicamentos, que ha clasificado los sicotrópicos diferenciándolos de los broncopulmonares y de los veterinarios, y que por ahora no habrá más azares medicamentosos que nos distancien.