Foto: Alejandro Olivares

El periodista Ernesto Garratt desde chico es fanático del cine. Alucinó en los 80 cuando vio La Guerra de las Galaxias y después Blade Runner, que lo cautivó por una frase: “Todo se perderá como lágrimas en la lluvia”. Ahora es el chileno que tiene más festivales internacionales de cine en el cuerpo.

Ha entrevistado para Wikén y otros medios a un sinfín de directores que le han confesado secretos, métodos y obsesiones. Ejemplos: Almodóvar le habló de sus eternas migrañas; Cronenberg, de su trabajo minucioso sobre Freud para el filme Un Método Peligroso (“Tienes que saber cuántos cigarrillos fumaba: 22 al día, por cierto; pero luego de eso preguntarse ¿qué tipo de cigarrillos?”); y Francis Ford Coppola le confesó su admiración por el crítico chileno Alone.

Acceder a los entrevistados (de la talla de Scorsese, Tarantino y Gilliam) que hoy aparecen en su libro “Tardes de cine” fue difícil. “He tenido que aprender a tener una tolerancia a la frustración heavy”, dice.

¿Por qué te interesaste en los directores en vez de los actores?
-Los actores, en general, no son buenos entrevistados. Los de Hollywood son caras. En los directores están las ideas, los focos. Al final, el protagonista de la película no es el actor, sino el director.

Pero hay actores que se salen de esa definición, como De Niro…
-Te digo altiro que De Niro es pésimo entrevistado: súper pesado, cortante, no le gusta la prensa.

David Lynch no está en el libro.
-Esta es una selección súper personal. Pensé poner otros directores, como a Zhang Yimou o Woody Allen, pero los que dejé estaban más compactos. Con Lynch lo que hablamos fue muy poco y tampoco él fue muy locuaz. No me gustó.
Michel Gondry el año pasado era presidente, en Cannes, de la Cámara de Oro, y Garratt siempre había querido hablar con él, pues, dice, lo raya su cine.

¿Y qué pasó?
-Tuve la suerte de que la chica de prensa en Cannes me dijera que él estaba en la terraza y que subiera a entrevistarlo. Así de simple. Lo primero que le digo a Gondry es: “He esperado 10 años para entrevistarte, Michel”. Y él me dice “¿En serio? Esto es para grabarlo”. Y saca su celular y me comienza a grabar.

¿Y tú qué haces?
-Muy nervioso, me tupí, pero después me relajé y fluyó súper bien la conversación.

Coppola cuando lo entrevistaste se puso a llorar al recordar la muerte de su hijo.
-No sólo lloró conmigo. Andaba con la emoción a flor de piel y no te queda otra que aprovechar ese momento.

¿Nunca te han mandado a la cresta?
-Nunca. Hay cineastas seniores que llevan como 30 años hablando con periodistas boludos como yo y lo único que te queda es hacerles preguntas simples, hasta un poco tontas, para abrir la cancha a otro tipo de preguntas y que así se relajen. El error que uno suele cometer es hacer las pautas con piloto automático, con preguntas tipo “cómo fue trabajar con tal o cual actor”. Pero cuando apelas a lo que pasa en su cabeza, es otra cosa. Como cuando le pregunté a Clint Eastwood, de 82 años, por qué hizo una película sobre la muerte y con quién le gustaría encontrarse en el cielo, y el tipo se abrió muy bien y rió incluso. Y me llevó a un tema que me interesaba mucho, que era la música. Hay que saber tantear.

Cronenberg no te dio la mano por temor a contagiarse.
-Fue incómodo al principio, pero después te das cuenta que es su forma de ser, sino no habría hecho todas sus películas. Hace poco lo volví a entrevistar y tampoco me dio la mano. Le pregunté si había vuelto a un cine más como el de su filme “eXistenZ” con la película que aún no llega a Chile. Y me respondió con una cosa bien bacán: “Mira, esas cosas son de crítico, yo no veo eso cuando veo una película”. Lección, nunca más hacer una pregunta de crítico. La pregunta siempre tiene que ir al lado humano. Y ese es un poco el sentido del libro. Claro, cuando joven me engrupí leyendo a todos los semiólogos, Levi Strauss, qué sé yo, pero después, cuando tuve la suerte de poner mi grabadora frente a estos tipos, aprendí que son humanos: bostezan, están chatos, llegan con caña.

¿Quién es el director más pesado que has entrevistado?
-A los pesados los dejé fuera.

¿Como quién?
-Zhang Yimou fue súper frío. No hablaba nada de inglés. Sólo chino, con traductor. Fue muy difícil. Me costó sacarle que su primera cámara le había costado el sudor de su sangre literalmente, pues tuvo que vender su sangre para comprarla.

¿Algún director que te habría encantado entrevistar?
-Roman Polanski, porque amo su trabajo. Él es brillante. Y John Carpenter, el más inteligente director de películas de terror de los 80, y Brian de Palma, que me encanta.

¿Y muertos?
-Fassbinder, pero hubiera terminado muy borracho entrevistándolo. También Sam Peckinpah, porque “La pandilla salvaje” es una de mis favoritas; y Francois Truffaut y para qué decir Alfred Hitchcock.

¿Y qué te parece el cine chileno?
-Está en un pie importante de decisión, de identidad. Está bien que exista un cine arte, con ideas, pero también uno que esté conectado con la gente, sobre todo en Chile donde tienes que mamarte el Transantiago, el metro que está lleno pa’ ir a la pega, La Polar que te caga, la farmacia que te caga, todo el mundo que te caga. No digo que hagamos un chiste, un cine divertido, pero sí un cine que hable de eso y que lo muestre sin clichés.