El 7 de junio se informó —primero en El Mercurio y un día después en La Tercera— el fallecimiento del pintor abstracto chileno Ramón Vergara Grez. Su deceso había ocurrido hacía más de un mes del anuncio, específicamente el 2 de mayo. Según lo informado por ambos diarios, el octogenario artista habría sufrido un paro respiratorio en un asilo de ancianos de San Miguel. Los familiares cercanos declinaron hacer declaraciones a la prensa. En síntesis, no hubo justificación acerca del tardío anuncio de la noticia. Que la muerte de un artista de su talla se haga pública un mes después no deja de ser sintomático de cierto desdén manifestado por la escena cultural a nivel local.

Los artistas visuales chilenos no guardan para la opinión pública el mismo interés que los músicos, actores y escritores. Justo al momento de escribir esta columna, se ha producido el deceso del escritor Miguel Arteche. La prensa local lo informa exhaustivamente: fotografías, columnas, semblanzas de sus cercanos y familiares. Y del año pasado recuerdo perfectamente el reconocimiento mediático que siguió a la muerte de la connotada actriz y dirigenta política María Maluenda. Todo lo contrario —aunque la artista siga viva— a la vergonzosa y nula recepción en la prensa cuando la pintora Gracia Barrios ganó el Premio Nacional de Artes el mismo año. Aquí las preferencias políticas no resultan decisivas (ambas personalidades son identificables con la izquierda cultural y política). Que en un caso exista reconocimiento y en otro no pareciera responder a la popularidad y visibilidad de la actividad cultural del artista homenajeado o recordado.

Todo lo anterior invoca otra cuestión. No sólo se sabe poco de artes visuales en Chile, sino que este desconocimiento se hace candente respecto del llamado arte abstracto (sobre todo el geométrico). Se trata de un asunto que contrasta con otros países del continente, como Argentina, Uruguay, Brasil e incluso Venezuela. Aunque sea pedante, hagamos un poco de historia del arte. Señalemos la importancia del llamado arte abstracto (aunque a Vergara Grez le satisfacía más el rótulo de “concreto”: nada más abstracto que la pintura ilusionista, nada más concreto que un rectángulo, nos ha enseñado la crítica moderna). Históricamente, el denominado arte abstracto o no figurativo vino a reemplazar los efectos realistas conquistados por la pintura desde el Renacimiento hasta el siglo XIX. Un precursor de esta ruptura fue Édouard Manet, quien sustituyó la profundidad espacial anterior por una conquista de la superficie y el plano, que posteriormente nutrirá las obras de Malevich, Kandinsky, Mondrian y luego Frank Stella, Barnett Newman o Daniel Buren, entre otros; y desde el ámbito continental, este proceso es susceptible de ser encontrado en las obras del uruguayo Joaquín Torres-García, el venezolano Jesús Soto, la brasileña Lygia Clarck y el grupo argentino Madí, por nombrar sólo algunos ejemplos. ¿Y en Chile? El grupo Rectángulo, de mediados de los años 50, dirigido por Vergara Grez y compuesto, entre otros, por Gustavo Poblete, Elsa Bolívar y Matilde Pérez.

Señalemos algunos méritos de la abstracción chilena: haber superado un tipo de posimpresionismo trasnochado que se cernía sobre la escena local luego de la crisis del arte académico oficial; haber además intentado ampliar el arte más allá de las restricciones académicas o institucionales, merced al fomento de debates y textos críticos (de hecho, son considerados los primeros productores de catálogos). Todo esto delata una infame paradoja: el que pese a sus intentos por instalar el arte en la opinión pública, haya sido uno de los estilos pictóricos menos comprendidos por el público criollo (en estricto rigor, no hay ningún representante de la abstracción geométrica en los premios nacionales). Es posible que su vocación de producir un arte que tuviera una función pedagógica, gracias al uso de un lenguaje racional y universal, se haya enfrentado a las irracionalidades existentes en las afinidades visuales masivas que ellos ingenuamente trataron de eludir. Pues de esto se trata la gran paradoja del arte moderno: entre más intente dialogar con los signos y los objetos de la cultura popular, menos gente lo entiende. Siempre me ha pasado que en conferencias o clases, parte del público me espeta su falta de entendimiento frente a algo tan simple como la pala de nieve de Duchamp o las Brillo Box de Warhol.

Pero la obra de Vergara Grez era menos literal que una pala de nieve o unos envases de detergente; su signatura se encontraba trazada por formas geométricas elementales. “Experimentación con los medios materiales e intelectuales para dotar al cuadro de una mayor novedad y riqueza poética”, escribió en un manifiesto a mediados de los 50. Pero también le interesaba el color local, más allá de los manchismos de la pintura chilena: “lenguaje contemporáneo para expresar la realidad chilena en su atmósfera y características fundamentales”. Lo intentó a través de una síntesis de lo americano en el paisaje andino, como puede verse en el mural que se encuentra en la estación de metro Los Leones (y que ojalá no sea víctima de una futura remodelación).

A la larga, demasiado formalista e intelectual para el estómago del público chileno. Aquí se prefieren las temáticas criollistas del arte tradicional o las inofensivas figuraciones de un arte decorativo tributario de una estética “mazapánica” (pinturas semejantes a tortas, arreglos florales o tiernos e infantiles villancicos religiosos). Otra sandía calada para el gusto local lo constituye un neoconservador retorno al realismo académico decimonónico: herederos de Claudio Bravo, citemos al español Cristóbal Toral y a los chilenos Muñoz Vera y Guillermo Lorca. Frente a tantos artistas dotados para la reproducción fotográfica de las cosas o para la figuración de jugosos pasteles azucarados, uno se pregunta ¿qué pueden ofrecer los austeros rectángulos y las demás formas geométricas planas de Vergara Grez o del resto de los artistas abstractos locales?