Da lata que la causa indígena sea utilizada para reflotar viejas rencillas entre las Repúblicas. Rencillas malolientes, propias de un nacionalismo rancio que pareciera vivir anclado en el siglo XIX. Esta es, más allá de la pelotudez crónica de los programas de farándula, sean de la Capitanía General o del Virreinato, mi principal conclusión tras el bullado “Caso Bora”. ¿Autoridades y periodistas peruanos rasgando vestiduras por los habitantes del Amazonas? Perdón, pero no les creo ni lo que rezan. Perú, al igual que Chile, debe ser uno de los Estados que menos respeta los derechos indígenas, sobre todo en la Amazonia, su particular “tierra incógnita”.

La propia construcción del Estado peruano, con un centralismo andino asfixiante, ha relegado por más de dos siglos a los pueblos originarios de la selva al más brutal de los olvidos. Una mala costumbre prehispánica, podríamos agregar, toda vez que tampoco el Tahuantinsuyo se interesó mucho en ellos en la previa del arribo de Pizarro y compañía. No era fácil para el Inca, podemos suponer, lidiar con las más de 40 lenguas y más de 300 categorías lingüísticas presentes en la ruta amazónica del Perú hacia el Atlántico. Mucho menos con tanta ayahuasca, poto y teta al aire, un verdadero escándalo para los conservadores “hijos del sol luminoso”.

Tengo la sospecha que, gracias a la polémica generada por el reality, no pocos peruanos se enteraron, por fin, de la existencia del vilipendiado pueblo Bora. Me lo confirman vía Skype varios colegas desde Lima, bastante más informados que los panelistas de Farandulandia y vacunados contra cualquier tipo de chovinismo patriotero. Los Bora, me cuentan, habitan dos afluentes del río Putumayo, ello en el departamento colombiano de Amazonas y algunas zonas del noreste del Perú, a las cuales fueron trasladados forzadamente tras la fiebre del caucho. Actualmente viven de la caza, la pesca y la recolección de frutos. También, como muchos otros pueblos selváticos, de innovadores proyectos de turismo cultural y ecológico. No siempre las cosas fueron color de rosas. Durante siglos sobrevivieron como pudieron, librados a su propia suerte. O a su mala suerte, mejor dicho. Y es que los Bora no solo han sido víctimas de la tontera de los panelistas de Intrusos de La Red.

Por más de un siglo también lo fueron de la voracidad de empresas nacionales y extranjeras que se dedicaron a apropiarse de sus riquezas, ello con la complicidad de gobiernos peruanos de diverso signo ideológico.

Mario Vargas Llosa, en su novela “El Sueño del Celta” (Alfaguara), da cuenta de una de las páginas más crueles de la historia peruana con los Bora y otros pueblos amazónicos. Relata el autor de “Pantaleón y las Visitadoras” (ojo, otra gran novela del Nobel ambientada en la Amazonia) la historia del cónsul británico en el Congo a inicios del siglo XX, el irlandés Roger Casement. Este cónsul sería uno de los primeros europeos en denunciar al mundo los horrores del colonialismo. De sus viajes al Congo Belga y a la Amazonía peruana quedaron informes que hicieron sonrojar a la sociedad británica de su tiempo. Reveló, entre otras cosas, que no eran los “bárbaros” africanos ni amazónicos los que dañaban a los europeos. La barbarie la cometían éstos últimos, impulsados por sus ambiciones comerciales, disfrazadas con la etiqueta de civilización, progreso y cristianismo. Ello y no otra cosa fue la explotación cauchera en la selva peruana entre 1885 y 1915.

Colonialismo y trabajo esclavo. Tortura, mutilaciones, castigos corporales y asesinatos. Fue lo que documentó Sir Roger Casement en 1910, al ser enviado al territorio del pueblo Bora a investigar las denuncias recibidas contra la compañía cauchera Peruvian Rubber Company, de capitales británicos. Dicho viaje, relata Vargas Llosa, cambiaría la vida del cónsul para siempre, llevándolo a enfrentarse a una Inglaterra que admiraba y a volcarse con todo hacia el nacionalismo irlandés.

Es el Lado B de la cuna del Imperio incaico. La historia oculta de una República, si bien más mestiza que Chile, para nada reconciliada con su trágica historia de atropellos indígenas por doquier. Es el Perú profundo, aquel que no sale en las postales de “Marca Perú” ni en los programas de televisión limeños que rasgaban por estos días vestiduras por Aroldo. Es a fin de cuentas el racismo decimonónico latinoamericano, el mismo que llevó al ex presidente del Perú, Alan García, a calificar a la comunidad indígena de Bagua como “ciudadanos de segundo nivel” en su mandato. ¿Cuál fue el pecado de los habitantes de Bagua? Oponerse, basados en el Convenio 169 de la OIT, a la explotación minera y petrolera de sus tierras agrícolas en la Amazonia. Desatado el conflicto y la represión gubernamental, 33 personas resultaron asesinadas, entre policías, campesinos y activistas indígenas. Sucedió en junio de 2009. Hace tantito nomás. Googleen. Averigüen. No esperen un reality de Chilevisión o una nueva novela de Vargas Llosa para recién enterarse.