Una entrevista de rutina, un directorio cualquiera, un dato que no deja pasar un periodista y de pronto quedas desnudo ante un tribunal disparejo de twitteros, columnistas y estudiantes furiosos. Una frase, una información, un nombre de más y pasas de ser un respetable hombre de consenso a ser el símbolo del clasismo, el lucro, la corrupción o el abuso.

Le pasa ahora a Eugenio Tironi, le pasó ayer no más a Cristián Boza, Sergio Bitar y Jorge Arrate. Y Joaquín Lavín pasó gracias a una pregunta inocente de Fernando Villegas de ser un mal ministro de Educación a ser el símbolo mismo de todo lo que no funciona en ella. Sebastián Piñera mismo nunca ha logrado entender por qué hacer todo lo que le hizo famoso, rico y popular en los años 90 lo transforman ahora en un mamarracho político. Toda una generación, la que nos ha gobernado (desde La Moneda o la oposición, desde la bolsa de comercio o incluso desde la CUT), ha tenido que dar brusca e inesperadamente explicaciones que no estaba preparada para dar.

El analista le hace zancadilla al inversionista; el sociólogo al economista; el arquitecto viaja a Londres a averiguar qué le pasó en Santiago; el banquero pide respeto por su pasado, el mismo pasado en casi todos los casos, el adolescente desabrigado que tuvo demasiado miedo y demasiada hambre para tener la calma de ser realmente lo que creía, lo que quería ser.

A la clase media le informan que es clase alta porque declara impuestos. El dinero que paga para proteger a sus hijos de los hijos de los demás no sirve para protegerlo de los profesores, curas o auxiliares que tocan o pueden tocar sus hijos. La película del No en vez de ser una fiesta nostálgica, una postal que mostrarle a los hijos, se convierte en una cruel ironía que te arrojan a la cara esos mismos hijos. Como la falla de San Ramón que sabemos de pronto que puede arrasar nuestras casas en cualquier momento. Estamos rodeados por una cadena de volcanes que preferimos creer que están apagados, que no esperan irrumpir y abrirse bajo nuestro pies y dejar de ver el abismo que somos, que fuiste, que serás.

Dirán: pero si todo lo hice por entusiasmo, ganas, ideales, pero si le expliquá mil veces a todos mis transformaciones, pero si nunca le mentí a nadie, pero si son mis amigos, pero si me querían, pero si se supone que nos queríamos todos… Una cantinflada que no explica nada, una cantinflada donde, sin embargo, se abriga más verdad que en todo el troleo de los que nada temen porque nada hacen. Porque Boza mirándose sin suspensores y anteojos de colores en el espejo de su casa es por primera vez no sólo un nombre sino un hombre. Porque Tironi explicando al mismo tiempo que no ha cambiado pero que tiene todo el derecho a cambiar deja por fin de atribuirle al país sus propias dudas y temores para hablar desde un yo que por primera vez es nosotros. Y Faúndez deja de ser el chileno medio para ser un empresario con varios negocios al mismo tiempo que responde el celular en el ascensor con distinta voz y título según quién está llamando.

En una sociedad con esta desigualdad hasta los privilegiados son víctimas. En una sociedad injusta no hay posibilidad de escapar a la injusticia. En una sociedad corrupta la corrupción deja de ser una cuestión de elección o de decisión. Los que caen no han cometido otro pecado que ser demasiado visibles, sinceros, frágiles. Los otros, los que se quedan callados en Nueva York, los que eliminaron la culpa de su sistema neurológico, se enfrentarán tarde o temprano a la inevitable crisis que es el motor del modelo (y no su debilidad como quieren creer los optimistas de izquierdas).

Un sistema que promueve la libre competencia pero que de antemano fija quién va a ganar qué carrera, condena a todos a ser de alguna forma perdedores. Los que pierden de antemano, pero también los que ganan y saben que su victoria es en el fondo relativa y meramente chilensis.

El doble dios que nos gobierna, el del fundo y el del mall, el de la sumisión y el emprendimiento, nos abriga los domingos, nos refugia cuando todo va mal, pero nos suelta al vacío cuando creemos, cuando queremos hacer creer que nuestros logros son nuestros, cuando intentamos hacerlos valer más allá de la casa de la tía abuela o los diarios y revistas que asesoramos. No sólo permite, sino que fomenta ese ambiente de sospecha permanente, de desconfianza total que es la esencia del Chile de hoy, del Chile de siempre. Al que llega de la nada se le cobra hasta el final su falta de origen. El que tiene apellidos no puede separar sus éxitos personales de los del clan. Todo está preparado para que nadie llegue a creerse lo que es, para que nadie llegue a ser otra cosa que lo que está destinado a ser. Pocos, los mismos casi siempre, desconfiados, aislados, la elite chilena vive entre el miedo a la cola de chancho y el miedo al huacho. Eso somos todos, lo que el mismo Piñera es, lo que odiamos de él, lo que lo hace representarnos cabalmente: un huacho con cola de chancho. Un hombre que no le debe ni un peso a sus padres pero que está condenado por su legado a
dedicarse a lo único que no sabe hacer: gobernar.

El clan pesa con todos sus castigos tradicionales, sus prejuicios y sus miedos, sin tercer patio, ni tíos que se quedan en cama cuando les deprime trabajar. Trabajamos como enfermos para ser al final lo que seríamos sin trabajarle un peso a nadie. París y Miami, el Instituto Nacional y la universidad de Chicago, el mundo privado y la pulsión por lo público, todo eso choca de pronto, todo eso, lo que yo creo ser, lo que los otros creen que soy, obliga a algunos, pocos por el momento, muchos, todos luego, a preguntarse ¿quién cresta soy al final? ¿En qué me he convertido, en qué no podré convertirme ya nunca?

Presos todos tarde o temprano de nuestra propia trampa, nos damos cuenta que toda cámara, la que creemos dirigir, la que ha venido a alabarlos, es al final una cámara indiscreta. Más allá del discurso con que hayamos querido cubrir esa sobrevivencia, nos toca hoy descubrir que nos somos mejores, ni peores, que esas hermanas que se inventan comunicaciones con los espíritus y esos especialistas en “Pepito paga doble” que mueven las cartas o las tapitas de bebidas a la velocidad del rayo en el Paseo Ahumada. Honestos, puros, esquistosos, intelectuales o no, cuando fatalmente nos pillan no tenemos otra explicación que la que terminan por esgrimir todos los chantas descubiertos in fraganti: “¿Pero no sabían que era mentira? ¿Yo pensé que sabían, pensé que todos sabían?”.