El 28 de julio pasado se lanzó en San Antonio el libro La Danza de los Cuervos del periodista Javier Rebolledo. Fue un evento muy emotivo y potente para nuestra comunidad, porque parte de la investigación periodística involucraba a algunos de nuestros vecinos que estuvieron en el campo de detenidos de Tejas Verdes, regimiento donde nace el aparato criminal terrorista más horroroso que conociera nuestro país, dirigido por otro vecino que se convertiría en uno de los criminales más brutales de nuestra historia (y lugar también donde el alcalde Cristián Labbé trabajó de académico: fue formador de cuadros torturadores).

La investigación sigue la hebra de un protagonista del espanto conocido como “el mocito”, apelativo algo peyorativo que da cuenta de una biografía patética de un sobreviviente, del típico chileno sin capital simbólico cuya opción criminal es una consecuencia obvia. La información que proporciona es clave para descubrir una brigada exterminadora que había pasado piola durante años, sometida a una ley del silencio o del mutismo, la brigada Lautaro. El lanzamiento constituyó una especie de terapia para la mayoría de los asistentes, no sólo habló el escritor del libro y sus presentadores, sino que el público participó activamente: muchos eran ex prisioneros y prisioneras políticos.

Uno de los momentos más impresionantes del lanzamiento fue cuando la ex presa política Ana Becerra intervino dando cuenta de la necesidad de esclarecer ciertos misterios que aún persisten en la zona con relación al centro de detención que hubo en nuestra ciudad, porque no sólo funcionó en Tejas Verdes, a orillas de la desembocadura del río Maipo, también hubo un centro de detención en Rocas de Santo Domingo, al otro lado del río, y de eso se sabía muy poco. Ana Becerra preguntó si algún asistente al acto había estado detenido al otro lado y un caballero respondió positivamente “yo estuve ahí”. La necesidad de reconstruir esa historia se impuso como una tarea ciudadana en ese instante, al menos esa fue mi sensación. Es probable que el mismo Javier Rebolledo emprenda dicha tarea.

Intento escribir esta columna en momentos en que se nos acaba de morir uno de nuestros compañeros de la Asamblea Ciudadana, Segundo Ampuero, el Caco.

Recuerdo que el Caco estuvo también en el lanzamiento del libro La Danza de los Cuervos. Él también fue víctima en los ochenta de la persecución política y una enfermedad complicada nos lo arrebató, justo en momentos en que promovíamos un picnic en la playa de Llolleo aprovechando el espectáculo de un buque varado que nos da una oportunidad simbólica de lucha territorial frente a una empresa portuaria que niega a la ciudad y su historia. En el velatorio en la sede del Sindicato de la Construcción, del cual el Caco era presidente, me acordé del lanzamiento de este libro y de la necesidad de construir esa historia ciudadana, quiero darle ese nombre, porque creo que, gracias al movimiento social surgido en los últimos dos años, estos temas volvieron a tener legitimidad. Porque hubo un periodo en que se nos decía que no era políticamente correcto hablar del pasado, cuestión que también tematiza el escritor en su libro. Hay una nueva generación sedienta de memoria. En nuestra ciudad, a pesar del agua bajo los puentes y de lo poco que se ha escrito, hay una historia que pugna por salir a la luz. La muerte de nuestro compañero es una incitación para ingresar a esa memoria esquiva.

Debiera ser también nuestro sentido homenaje a nuestra propia gente, a nuestros muertos y a los que no lo están.

La muerte del Caco nos pilla en pleno desarrollo de un proyecto bibliotecario popular en el sindicato y mientras hacemos la edición del segundo número del boletín de la Asamblea Ciudadana, cuyo contenido estará marcado por su desaparición. ¡Hasta siempre, compañero!