¿Por qué lo va a frenar el hecho para él irrelevante de que estemos en año electoral? ¿No repartía el mismo Lavín anteojos de sol y poleras cuando era candidato? ¿No manejaba sus fondos municipales cuando era alcalde con la misma largueza fríamente electoral que el ex boxeador Garrido? ¿No fue lo que Lavín lleva enseñándonos desde hace décadas, que la política es un eterna fiesta cumpleaños y los pobres una piñata que nuestro eterno niño—presidente puede apalear a su gusto para que salgan caramelos?

Los pobres como cifra, como idea, como logro que se parecen tan poco a esa fila de mendigos resfriados que reciben billete de un hombre que era como ellos hace tan poco.

¿No será que no le perdonamos al alcalde Garrido que sea pobre, que tenga la cara machucada por los golpes, un vocabulario menos que escaso, que nos obligue a encarar una pobreza que no es estadística, una miseria que crece de año en año que no es otra que una política irremediablemente destruida no por los “señores políticos” de Pinochet, sino por esos “no políticos—súper políticos”, esas visitas que no se van nunca, esos santones que se preocupan de los verdaderos problemas de la gente, esos que inventan, manipulan y olvidan a su anteojos.

Creadores de lemas, inventores de fenómenos que no pierden ocasión de hablar de sinceridad y decir “en verdad” y humedecerse por dentro y por fuera ante cualquier acusación que ponga entredicho su inocencia.

Regalones que ganan partidos que otros juegan por ellos, que editan diarios cuando los otros son censurados, dirigen universidades cuando los otros son exonerados, y firman piernas de travesti que disfrazan sólo su sexo. Fanáticos sonrientes que evitan como la peste cualquier debate de fondo, que sonríen cuando no hay de qué sonreír, los que comulgan a primera hora de la mañana para escupir en el rostro de los pobres, es decir de cristo, el resto del día.