Ilustración: Leo Camus

Recuerdo un documental de Carlos Flores, “Fenelón Guajardo, el Charles Bronson Chileno”, que fue la primera estrategia de apropiación (o sustitución) fidedigna del otro que yo recuerde. Hay un momento en que el sustituto, que era efectivamente muy parecido, es ubicado en las afueras de un cine en donde daban una película en la que actuaba Charles Bronson y a la salida el público iba encontrándose con él. Uno de los sorprendidos asistentes saludó muy efusivamente al doble diciéndole una frase memorable que quedó en los anales de la chilenidad (si esta existiera): “Idénticamente igual…”.

Estas y otras situaciones hipermediatizadas por la voluntad de espectáculo han hecho desaparecer al autor haciendo temblar al sujeto que habría detrás. Lo más fascinante de estos programas de dobles o imitadores es que hay una persona que decidió desaparecer en otro, más aún, ser otro en un transformismo que compromete su propia identidad, la primera, la del registro civil. Todo esto es más o menos obvio y se emparenta con la vieja sicología y los temas de la imagen del sí mismo.

No hace mucho tiempo me enteré, y esto me ha tenido bajoneado y en crisis conmigo mismo, y me ha hecho pensar en el viejo tema foucaultiano de la muerte del autor, que es también un síntoma de la muerte del hombre…, me enteré, decía, que existe en Puerto Montt un tipo que se llama igual que yo y que es el doble “oficial” de Luis Miguel en Chile. Al principio sentí esa sensación de extrañamiento que provocan los accidentes cercanos, pero que no te involucran, después padecí la horrible injusticia de que siendo otro debe ganar mucha más plata que uno que sólo intenta ser el que es (escribiendo de otros).

Es un fuerte golpe al amor propio, pero por otro lado, pensé, este compadre desaparece en otro para autoafirmarse (literalmente) rompiendo con algo el mito autoral al que tributan escritores(as) y artistas de la originalidad como búsqueda de un bien invaluable, el que determinaría modelos particulares de obra y actitudes de vida desastrosas. En ese sentido yo felicito al Luis Miguel chileno, que se llama igual que yo (véalo en youtube), porque expuso el modelo que imita, en cambio está lleno de artistas (para no mencionar siempre a los poetas) que hacen lo mismo, con una gran diferencia, no exponen manifiestamente el modelo que imitan tratando de pasar gato por liebre.

Yo siempre fui amante del bolero como género proveniente de una matriz latinoamericana, el modernismo, y que es capaz de generar una revolución del discurso amoroso con la reinvención de lo cursi, todo enganchado con una construcción urbana de la república que necesitaba del espectáculo y la impostura neoclásica, porque así con lo puesto no daba. Lo importante es que el Luis Miguel chileno tenga conciencia que debe saber que el otro, el que imita, lleva inscrito en su ADN a Manzanero, a Javier Solís, a Lucho Gatica, etc., y que más temprano que tarde se abrirán las puertas de un mundo en el que no necesitaremos parecernos a nadie más que a nosotros mismos.