Foto: Alejandro Olivares

Cuando las olas se ponen grandes, cuando cambia el viento, cuando la tierra tiembla, hay siempre dos reacciones extremas: la primera, la más instintiva, es correr a perderse; la otra, abrazar nuestras pertenencias y jurar que no ha pasado nada. Entre estos dos extremos se puede, por cierto, evaluar los daños, comprender las causas del cambio o entender que quizás el cataclismo no lo es, que era mejor despertar que seguir dormido; mejor ver que engañarse.

Las reacciones de la ex presidenta Bachelet y la del presidente Piñera ante el terremoto del 2010 ejemplifican, a su manera, estas dos formas de enfrentar lo inesperado. La presidenta se dedicó a negar los daños, a calmar la población de una manera que resultó mucho más peligrosa que la alarma. El presidente Piñera sobreactuó una reacción tardía convirtiendo cualquier cosa, hasta la encuestas de la CASEN, en un terremoto grado 8.
El terremoto se convirtió en marchas, tomas, huelgas. Y la reacción de los dos, de ellos o de sus representantes en la tierra, ha sido exactamente la misma.

Se han negado a comprender, a escuchar, a seguir el movimiento bajo sus pies; a buscar una interpretación al cambio, para negar de dos formas posibles: el silencio o la sobreactuación que lo que está pasando está pasando. Así, la responsabilidad de Escalona pavimenta la irresponsabilidad de Larroulet; la crítica a los brazos en alto que ofendieron a los Pingüinos, se reduce sólo a bajar los brazos pero seguir igualmente de la mano la Alianza y la Concertación, esperando que pase el temblor.

La presidente, es cierto, ha cometido la paradójica decencia de mantenerse en silencio parapetado en la ONU. ¿Pero puede gobernar un país una persona que se ausenta y se queda callada cuando el país está debatiendo de esa manera cruda y maravillosa su pasado más reciente, su futuro más próximo? ¿Callar no es otorgar, otorgar en este caso a su coalición el derecho supremo a aplaudir con la punta de los dedos lo que rechazan con el resto del cuerpo? ¿No sería más honesto perder las elecciones proponiendo cosas, debatiendo posibilidades, que ganarla justamente bajo el fantasma de esa promesa que tanto ilusiona a nuestra elite: no pasó nada; marcharon todos, pusieron en cuestión todo, pero en el fondo no pasó nada, en el fondo nunca pasa nada?

¿Qué ha cambiado? Para no ir más lejos: Yo. Moderado socialdemócrata que ha votado casi siempre por la Concertación, que cree que Lagos hizo un gran gobierno y nunca miró con ningún tipo de amor o ilusión la revolución cubana o bolivariana. Yo, que he conocido como el que más la inconsistencia de la izquierda latinoamericana y alabado la responsabilidad de la chilena, esa que sabe que las palabras cuestan sangre propia y ajena. Yo, que pensaba que con su pros y sus contras, la cosa iba para el buen lado y veía más libros, quesos, películas, obras de teatro en un mercado que también permitía con ellos no sólo productos sino también voces, identidades. Yo, que me negaba al fácil pesimista de los jubilados y los estudiantes, de todos los que predican desde el altar mismo de sus mesadas; yo, que pensaba y pienso que la disciplina es más de izquierda que la revuelta porque la revuelta es estética y la disciplina, ética. Yo, que me consideraba maduro y reconciliado con mi historia; yo, que quise creer, y de alguna forma creo, que íbamos para alguna parte, me enfrento con más felicidad de lo que esperaba con el desmentido de todas mis certezas. Las marchas que cuestionan todo lo que marcha mal en esta sociedad de oportunidades, pero también lo que marcha bien, lo que creía hasta hace poco que marchaba bien.

El mercado chileno que con cinismo único auspicia los productos que piensan como él, pero también el mercado mundial preso del círculo vicioso del orgullo, es decir del pecado. La educación chilena clasista y racista, pero también la educación supuestamente meritocrática francesa. La idea misma de la meritocracia, ese clasismo gris, me parece ahora menos clara que anteayer. Como me parece menos gracioso el IVA a los libros, o las empresas lanzando como limosna ayuda a festivales de teatro y cine.

Es toda una historia, la de los gloriosos años noventa, en que aprendí casi todo lo que sé, que me parece en boca de sus mayores representantes, Piñera, Lavín, Hinzpeter, ridículo y peligroso. De la Teletón a la Marathon, es la idea del logro, la victoria, el emprendimiento, la acción por la acción la que me huele a miedo a la muerte y negación del otro. Es mi propio paraíso, el de un país que salió de las sombras junto, aunque no al mismo tiempo, el que me parece dudoso. No son sólo las paredes de mi casa las que muestran grietas y vacío, sino también sus cimientos los que empiezan a quedar en cuestión.

Las marchas del 2011 pasaron por muchas avenidas distintas refrescando su aire, mostrando caras distintas, abriendo mucho más de lo que esperaba Allende, una que otra grande Alameda. La marcha también pasó por mi vida. Por más que intente negarlo, los efectos están ahí. Me resulta sorprendente que para tantos políticos e intelectuales chilenos, todo sea sólo un espejismo, un enemigo, un problema. Aunque quizás no sea del todo sorprendente su reacción. En el diario de vida de Luis XVI el 14 de julio de 1789 fue un día tranquilo y calma. Un día de verano más en que no pasó nada.