Columna de Martín Caparros para El País de España

Voy a disentir con un editorial que publicó el Diario El País hoy –porque creo que reproduce un lugar común que habría que repensar. “Con una oposición menos fragmentaria y enfrentada que la argentina”, empieza el texto, “los tiempos serían mucho más difíciles para Cristina Fernández”. La enunciación, en principio, parece lógica, y suele oírse en las conversaciones argentinas. Todo el tiempo se oye: argentinos se quejan de que la oposición está tan desunida, de que así no hay forma de ponerle un límite al gobierno. El problema es que esa oposición tendría una sola razón para ser menos fragmentaria: su pelea contra el gobierno peronista.

La oposición es fragmentaria por distintas causas. Para empezar, porque ninguno de sus partidos tienen un peso importante, porque siguen sufriendo los efectos de 2001: un movimiento, antes que nada, de rechazo de esos partidos. Los radicales siguen boqueando en el estanque, acalambrados; los liberales no consiguen siquiera cumplir su promesa de gestionarios eficientes en una ciudad que no funciona; los ex-oficialistas tan recientes navegan en la confusión entre anteayer y hoy; los centroizquierdas no logran ocupar el lugar que quizá podrían, complicados por sus propias indefiniciones y por el parecido que parte de su discurso tiene con el discurso –solo el discurso– de la doctora Fernández.

Pero, sobre todo, la oposición es fragmentaria porque está hecha de partidos que tienen diferencias importantes; si se juntaran estarían rindiendo el mayor homenaje posible al peronismo en el poder: declinar esas diferencias solo para ser capaces de pelearse con él. O sea: resignar sus proyectos, sus programas, sus ideas de la sociedad argentina y del mundo para supuestamente ser más eficaces en esa pelea. O sea: someterse a él, dejar de ser ellos mismos para ser más que nada los enemigos de su enemigo. Que, una vez más, como dijo o no dijo el joven Borges, no los una el amor sino el espanto.

Y entonces perder el norte y el sentido y, cual cereza, hacerle el juego al peronismo en el gobierno: permitirle que insista en que esa oposición no tiene nada que ofrecer, que no tiene ni siquiera una mínima coherencia y que lo único que la guía es el rencor contra su “proyecto transformador” -o como sea que lo llamen ese día.

Y ni siquiera creo que una oposición así reunida conseguiría más eficacia en esa pelea pero, aún si lo hiciera, no tendría buen pronóstico. En la historia argentina reciente hay un ejemplo clarísimo de esta conducta: la Alianza entre los radicales conservadores de Fernando de la Rúa y los peronistas dizque progres de Carlos Álvarez, que ganaron las elecciones de 1999 sin proyecto, con solo la propuesta de cierta limpieza ética que alcanzó para barrer con Carlos Menem –en un momento parecido al que atraviesa ahora Cristina Fernández: cuando el bajón del modelo económico hizo que millones de argentinos empezaran a ver los pelos éticos en su sopa cada vez más flaca.

Los argentinos sabemos cómo terminó aquella Alianza: incapaz, impotente, fugitiva. Pero aún sin ese antecedente fresco, no tiene sentido que le pidamos a la centroderecha liberal de Mauricio Macri y Francisco de Narváez, empresarios que defienden a los suyos, que se unan con el centroizquierda progre de Hermes Binner y Víctor de Gennaro –que deberían tener objetivos completamente diferentes.

Y eso para no hablar de los radicales que siguen disolviéndose en el aire. O de los peronistas recién cambiados de camiseta como el gobernador de Córdoba Juan Manuel de la Sota o el gremialista kirchnerista Hugo Moyano o el inventor de Néstor Kirchner, Eduardo Duhalde –que hace unos días se sacaron una foto entrañable con el ex coronel represor Aldo Rico.

Son sectores que no tendrían por qué unirse -y, por suerte, no se unen. Por eso, ahora, la oposición que el gobierno más teme es la de los inorgánicos, los que salen a la calle porque no encuentran a nadie que los represente: que se encuentran con que los que deberían representarlos no lo hacen. Ellos son la amenaza verdadera para el poder peronista -que es la quintaesencia, el mejor aprovechador del sistema de partidos. Por eso, ayer, la doctora Fernández los retaba a que se consiguieran un líder, un partido: para normalizarlos, para volverlos un ente controlable: una parte de esa oposición que no consigue detenerla.