El lunes, para despedir a Pierre Dubois, la Catedral de Santiago se llenó de pobres. No había ni una sola autoridad de gobierno (de haber aparecido alguna, la hubieran borrado a chiflidos), y los rostros concertacionistas ahí presentes no eran más que los dedos de una mano. Estaban, sí, los principales dirigentes sindicales y representantes de organizaciones de derechos humanos. Tras el altar, la curia y un centenar de sacerdotes que para hacer más llevadera la espera del cortejo reposaban en las escalinatas. Cristián Precht, increíblemente hinchado y sin sotana, ocupaba uno de los asientos. Fueron varios los que tomaron la palabra para decir unas cuántas vaguedades dulzonas, hasta que Gustavo Ferrari se acercó al micrófono para contar cómo entendía su amigo Pierre la así llamada “justicia social”. En lugar de “que los ricos den”, como cantaba Esteban Gumucio, exigía “que los ricos devuelvan”, aseguró, y estalló un aplauso en la basílica. La nave central olía a cantina y a población. A los seres queridos también se les despide con alcohol. Los jóvenes eran pocos.

Según P.V. se trató de la última misa de los años ochenta. El féretro llegó a las cuatro y media, varias horas más tarde de lo presupuestado. Lo acompañaron caminando los vecinos de La Victoria, la población de la que fue párroco por varias décadas y con la que luchó, como uno más, contra los abusos de la dictadura. Era el tiempo en que los curas decían la verdad. Los pinochetistas les llamaban “curas rojos”. Hablaban en nombre del pueblo, defendían a los perseguidos y denunciaban a boca de jarro los atropellos que se vivían en la ciudad. Los obispos de entonces no eran relamidos. Desde ya, hablaban como hombres, no con ese tonillo blandengue de los que vinieron después. Dirigía la Iglesia el cardenal Silva Henríquez y la Conferencia Episcopal reunía personajazos como Jorge Hourton, José Manuel Santos, Bernardino Piñera o Carlos Camus. El eslogan de esa Iglesia era “una opción preferencial por los pobres”. A ella pertenecía Pierre Dubois, el párroco de La Victoria, quizás la población más emblemática de la resistencia a la dictadura, y la más digna. Ahí murió de un balazo policiaco el padre André Jarlan, y recuerdo que los pobladores cargaron su féretro en andas, a lo largo de medio Santiago, desde su casa a la Catedral.

Al cardenal Silva le preguntaron qué opinaba del suceso, y contestó: “me parece muy bien, los pastores deben morir con su pueblo”. En aquella época, los obispos respetaban más a los pastores que predicaban en el barro, que a los padrecitos de salón. Este lunes 1 de octubre, los pobladores de La Victoria también cargaron el cuerpo de Pierre Dubois. Si no los apuran, hubieran llegado hasta la Plaza de Armas con él sobre los hombros. En las puertas de sus casas pegaron globos blancos en lugar de banderas negras para homenajearlo. Sólo Mariano Puga y otro par de sacerdotes acompañaron el cortejo, mientras la curia lo esperaba sentada al interior de la Catedral. Los prelados de hoy no se mezclan con la muchedumbre, comentó Mariano, que apenas terminada la primera lectura bíblica –“desnudo salí del seno de mi madre; desnudo volveré”- abandonó el templo entre ovaciones que lo incomodaban y feligreses que lo seguían como si fuera una estrella de rock.

Ya en la vereda de la plaza, apuntó a la Catedral con el dedo y dijo: “Haremos una nueva Iglesia. No ésta de los poderosos”. Mientras estuvo adentro, alentó a los deudos a manifestar en voz alta lo que les naciera. Desde los distintos rincones, cada tanto, salía un grito que rajaba los cánticos. Al poco rato, en su homilía, el ex vicario Alfonso Baeza exclamó: “el pueblo unido, jamás sera vencido”, y recordó que durante sus últimos días, Pierre Dubois se mantuvo muy cerca de los estudiantes y los mapuches. Cuando la iglesia virginal parece una casa de putas, y la pureza un engaño barato, y las sacristías una cueva de temer, arrodíllense, clérigos engominados, ante estos curas chascones. Ahora que el barco de papel hace aguas, solo estos marineros de tierra podrán salvarlos.