En los tiempos antiguos, cuando las autoridades españolas cruzaban al sur del Biobío, era para tratar “asuntos del Reyno”. Tras la Independencia, lo usual entre autoridades chilenas y mapuche era tratar “asuntos de Estado”. Desde entonces, demasiada agua bajo el puente. Tanto así que hoy, cuando un mandatario chileno se digna cruzar el Biobío, importa realmente un pepino. Pasó esta semana, con Sebastián Piñera, que sorpresivamente se dejó caer en el País Mapuche para –según la versión oficial– respaldar el diálogo gestado con la creación del Área de Desarrollo Indígena (ADI) en la convulsionada comuna de Ercilla. Rarísima forma de respaldar el ADI y a sus lonkos interlocutores. La antesala de su arribo estuvo marcada por violentas incursiones policiales contra mapuches movilizados en la zona. Felipe Duran, fotógrafo que ha reporteado numerosos allanamientos, cual de todos más violento, graficó esto último en un set de imágenes publicadas en esta edición de The Clinic.

Sus fotos bien podrían remitir a la selva de Vietnam. O a Colombia. Fuerzas policiales aerotransportadas y piquetes terrestres, ingresando a Temucuicui como si se tratará de insurgentes y no precisamente de campesinos pobres. Niños con sus abuelos, muchos niños, apaleados, gaseados y baleados como tantas otras veces. Es el particular “diálogo” de la administración Piñera. Y la vieja estrategia de los “mapuches buenos” y los “mapuches malos”, inconducente para avanzar en soluciones pero muy efectiva a la hora de dividir para reinar.

“Se trata de Carabineros… ellos sobrepasan siempre las instrucciones del gobierno”, me señala “off the record” una fuente de la Segegob. Me van a perdonar. A estas alturas ser indio pero no huevón. Carabineros, es cierto, gusta operar al sur del Biobío de manera violenta y a ratos desquiciada. Documentado, y bastante, está su proceder. Por lo mismo el gobierno no tiene justificación alguna. Si Carabineros es un pitbull fuera de control, la culpa créanme no es del animal. No le pidamos peras al canelo. La responsabilidad es del gobierno. Uno a estas alturas no deja de preguntarse lo siguiente.

¿En qué ayuda al ADI Ercilla y a los lonkos que han asumido el diálogo político por sobre la confrontación, escenas de represión como las vividas este martes en Ercilla? ¿En qué ayuda al lonko Juan Carlos Curinao, víctima de un atentado incendiario en su propia vivienda, que el presidente trate como delincuentes comunes a sus hermanos de pueblo hoy en huelga de hambre? En nada. Alguien, un mal pensado, bien podría pensar que se trata precisamente de ello; de boicotear el ADI y que se vaya –de una vez por todas– todo este esfuerzo al carajo. Uno llega a sospecharlo. Sabido es que su implementación no cayó bien a todos en la derecha. “Se está premiando a los violentistas”, escuché decir a un parlamentario de la zona. Sí, el mismo que ha hecho carrera política con la cantinela del “terrorismo mapuche”, la “zona roja” y los “guerrilleros colombianos” inexistentes.

Horas previas al arribo de Piñera a Temuco, vía Tuiter propuse al gobierno cinco medidas para pacificar los espíritus y fortalecer el diálogo político. Kiñe: Diálogo urgente con los presos mapuche en huelga de hambre. Bastaba con reactivar la Comisión (del actual gobierno) que negoció con huelguistas de la CAM el 2010. Epu: Anunciar el retiro programado (se estila esto de “programado”) de las Fuerzas Especiales de Carabineros apostadas en las zonas de conflicto.

Lo he dicho: son parte del problema, no de la solución. Küla: Anunciar que tema “Tierras” sería prioridad en agenda de la ADI, poniendo sobre la mesa un piso considerable de (miles de) hectáreas a restituir. Meli: Anunciar el estudio de una “Ley de Amnistía” en el marco del conflicto al sur del Biobío. Chile, no nos hagamos los lesos, es especialista en ese tipo de leyes. ¿Por qué no una para el caso mapuche? Y kechu: Dar el vamos a la implementación de un “Parlamento de las Primeras Naciones”, instancia política de representación e interlocución mapuche (y aymara, rapa nui, etc) ante el Estado. Cinco medidas que podrían transformar, de un paraguazo, a Piñera en un estadista a la altura de Winston Churchill. Lástima que no haya revisado su cuenta de Tuiter.