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Labbé tiene que irse. Y no por capricho de unos cuantos izquierdistas de Providencia, sino por una necesidad democrática urgente.

El sábado, una funcionaria municipal “desplegada” en la calle para gritar y sostener una bandera del actual alcalde me decía con vehemencia: “no se puede vivir del pasado”. Yo le respondí: “sí se puede, siempre y cuando éste tenga vigencia y presencia”. No me entendió. Lo que quise explicarle es que Labbé tiene un pasado nefasto y que, además, es heredero de una tradición anti izquierdista y autoritaria que ha cultivado con esmero. Y que con ellas como base, ha desarrollado una gestión municipal que muchos rechazamos.

Hablaré como historiador. No se puede entender lo que pasa hoy en Providencia si no se pone a Labbé en su contexto histórico, incluso genealógico. Y esto no es sobre interpretar: situar al ex DINA en la tradición de la que es heredero ofrece luces muy claras de por qué, aún en la actualidad, su modelo de toma de decisiones tiene un cariz tan marcadamente autoritario. Jugando al psicoanalista, propongo que gran parte de lo que es Labbé se lo debe a su padre.

Alberto Labbé Troncoso, el progenitor, fue tristemente famoso por negarse a rendir honores militares a Fidel Castro en 1971. Como Director de la Escuela Militar, declaró una epidemia de gripe entre los cadetes (falsa, por supuesto) para no desfilar frente al invitado, lo que le costó su dada de baja. De ahí se convirtió en una especie de referente para un sector hiper ideologizado de la derecha. Un referente bastante efímero, por cierto, pues su figura no tuvo proyecciones. De hecho, el año 73 se postuló como senador por la cuarta agrupación provincial de Santiago. Obtuvo un pobre 6,25% de los votos, siendo derrotado por Eduardo Frei, Sergio Onofre Jarpa y Carlos Altamirano, entre otros. Su figura era la del nacionalista duro –en rigor, la del ultranacionalista- cuya causa final era la del anti marxismo. Su propaganda electoral rezaba: “Labbé: sálvame [del comunismo]”.

Cristián Labbé Galilea, el hijo, también ha destacado por su tozudez antidemocrática y por acciones similares a las de su padre. La compra del comedor que Pinochet usó en Virginia Waters (claro rasgo fetichista) y el no retiro de la basura de las embajadas de España e Inglaterra, son hechos menores al lado del homenaje que realizó a Krassnoff, contra viento y marea. Todo esto desde su cargo como alcalde. Porque como agente de la DINA, sus acciones fueron mucho más escabrosas, aun cuando hasta el momento no ha podido probarse nada en su contra. Los testimonios abundan. Hace poco, un diario electrónico publicó un reportaje sobre su participación en el operativo en el que fueron asesinados 15 campesinos de Liquiñe en 1973. Testigos afirman que tuvo una activa participación en ese hecho. Por otra parte, un matutino publicó en 2006 la declaración de Anatolio Zárate, ex presidente de la Pesquera Arauco, quien aseguró –declaración jurada de por medio- haber sido torturado por alcalde. “Era el teniente Labbé que hoy es la misma persona que es el alcalde (…) Yo fui torturado por Labbé. Desde el momento que él estaba en la sala de tortura, independiente si ponía o no la corriente, él participó”, declaró Zárate ante el juez Alejandro Solís. Como se ve, indagar sobre el pasado de Labbé no es algo nimio.

Ese pasado tiene repercusiones en el presente. Labbé ha gestionado Providencia cual si fuera su propia dictadura. Disfrazada de democracia, como muchas. En Providencia se han realizado 2 plebiscitos en 16 años. Pinochet realizó los mismos 2, pero en 17. La casi nula participación de los vecinos en los grandes temas de la comuna, cuya consecuencia son barrios históricos devastados por la excesiva permisividad hacia las inmobiliarias, recuerda la privatización inconsulta de las empresas públicas en los ochenta, bienes que por un mero acto administrativo dejaron de ser de todos los chilenos. Si hay algo claro, es que tanto Labbé como Pinochet han tratado a la población como consumidores de servicios, no como sujetos con capacidad de decisión sobre los grandes temas de la vida local y nacional, respectivamente.

Labbé se ha convertido en el eslabón perdido de una transición inconclusa. Una suerte de Lucy chilensis. Si hay algo que no calza en la democracia chilena, si hay algo que evita la tan postergada reconciliación, es la presencia de personajes con este pasado en el escenario político. Por eso: Labbé tiene que irse.

*Vocero del Movilh. Candidato a concejal por Providencia.