Hace algunas semanas un conocido periodista deportivo me preguntó si la célebre herida autoinferida del Cóndor Rojas en el Maracaná el año 1989 podía ser considerada una performance artística.

Una consulta semejante no deja de ser atendible. Después de todo, la evolución del arte corporal no puede ser enteramente desvinculada del contexto social y político. Más allá de los extramuros artísticos, ocurren cosas como éstas: registros fotográficos de peleas y motines callejeros, derrumbes de dos rascacielos en el centro del comercio mundial, la sodomización y linchamiento de un estrambótico autócrata en el norte de África y, desde el ámbito deportivo, impactantes nocaut de boxeo, infartantes finales de tenis o piruetas sobrehumanas en la gimnasia olímpica.

Pero, sin duda, el tongo sacrificial protagonizado por el Cóndor Rojas —digno desde el punto de vista escénico de un Raúl Zurita, una Diamela Eltit o un Carlos Leppe— merece un lugar especial en la historia del deporte. Y esto por lo siguiente: porque resulta susceptible de ser analizado desde el punto de vista óptico-moral. Definamos el asunto: ya sea por cuestiones valóricas, o simplemente por las ideas aprendidas, cierta clase de espectador es incapaz de quitarse las anteojeras que se interponen entre su visión y las cosas. Sus anteojeras funcionan cuando se activan los prejuicios morales o sociales. Y siempre en defensa de los mismos valores: la patria, la familia, el hogar, etc. Se trata de la moralina advertida en el siglo XIX por Nietzsche. Nunca vemos las cosas, sino que vemos desde la certeza ciega de una moral.

Esto es justamente lo que ocurrió con el bullado “Maracanazo”. ¿Qué pasó realmente aquí? Una afrenta a la santísima patria. ¿Los culpables? Los mafiosos y tramposos del Atlántico: argentinos, uruguayos y brasileños. Todo esto amparado por los intereses económicos de la FIFA (convengamos en esto: a nadie le conviene que vaya Chile al mundial en vez de Brasil).

Las afrentas a la patria se responden con la fuerza y no con la razón. Aquí se justifican, para solaz del chovinista y patriotero, las afiebradas actitudes de la turba (de nuevo Nietzsche: “La gente prefiere creer en la nada a no creer”) dispuesta a masacrar a golpe y pedrada, sin misericordia, a los habitantes de la embajada de Brasil. Seremos malos deportistas pero nos sobra lo que a los mafiosos sudamericanos les falta: orgullo, honor y valentía. Total, unas buenas pedradas y escupitajos no son nada frente a años de injusticia y vejación, a repetidas coimas protagonizadas por oscuros homúnculos de maletín cargado y con gafas oscuras, y todo orquestado por dirigentes y árbitros vendidos y saqueros.

Pero bastó que el cóndor criollo (un curcuncho carroñero) confesara ante el mundo su dolo para que la mayoría de los afiebrados hinchas tuviera que revisar sus anteojeras. ¿Cómo fuimos tan ilusos? Era imposible una herida semejante. Las esquirlas de la bengala no hacen eso. ¿Y el carroñero cóndor por qué se había revolcado en dirección del fuego? Todo era mentira. Un montaje. Todo fue un teatro, concebido y materializado como la más electrizante de las performance artísticas. En esto mi amigo periodista tenía razón. El tongo de Rojas y sus secuaces reunía lo que para las artes visuales chilenas resulta utópico: un público multitudinario (en vivo y en TV), una puesta en escena infestada de signos dramáticos, resuelta en heridas corporales autoinflingidas, poses dignas de Miguel Ángel o Caravaggio de nuestro sangrante portero, abandono del campo de juego figurando el tránsito del Vía Crucis, deslumbrantes registros fotográficos del acontecimiento y sus efectos en las hervidas supersticiones del respetable, manipulado por las últimas horas de la Dictadura. Y por supuesto el famoso y fino gesto “Pato Yáñez” dirigido a la hinchada brasileña.

Mas sabemos la posible respuesta de nuestros artistas de la performance. ¿Cuál? La siguiente: lo que justamente ellos quieren es un tipo de acción de arte opuesta a la acaecida en 1989 en el mítico Maracaná. Hay que evitar a toda costa la cultura del espectáculo. No estamos en la farándula sino en el arte serio. Aquí no importa la cantidad de público ni la pirotecnia visual ni la destreza del cuerpo deportivo. Hay que defender la presencia de cuatro espectadores aburridos y muertos de frío o calor pero simulando profunda atención, las luces mortecinas y los sonidos de tarro y, por supuesto, los movimientos corporales de artistas sin expresión muscular. La mayoría de los artistas y teóricos que hablan del cuerpo parecieran no tenerlo.

Alguien estos días me comentó que el arte corporal se habría cancelado luego del atentado a las Torres Gemelas. Esto lo advirtió el músico Stockhausen, cuando dijo que había sido el espectáculo más bello que había visto en su vida. Una obra de arte total. Sin embargo, menciona la peligrosa palabra espectáculo. Grave error. A fin de cuentas, nuestros artistas de la performance son serios, graves y carentes de la más mínima empatía emocional con el espectador.