No me imagino caminando del brazo de Jorge Edwards por Le Quartier Latin como dos viejos colegas, asumiendo fatuamente el rol de hombre de letras y toda la fetidez que ello implica. Pero tengo la sensación de que el enemigo nos tiene garantizada esa escena ficcional porque no hay mayor placer que la descomposición del otro en el mismo objeto que este parece deplorar (el paso de supuesto escritor marginal a escritor de verdad). Así es la guerra cultural, plena de batallas sin descanso, con harta orfandad chilena exudando odio y maledicencia. De un tiempo a esta parte tengo la sensación de sufrir un permanente bullying, tanto es así que he soñado pesadillescamente con la horrorosa imagen del comienzo (la del paseíto en París, algo parecido me pasó con la ciudad de Madrid).

Quizás todo comenzó con esto de Guadalajara o un poco antes, con la culpabilización a que nos someten los fiscales de lo cultural y políticamente correcto por parecer exitosos o por poseer obra autónoma. Incluso mi propio contador me ha reprochado que le doy duro a la Concertación y no a la derecha. Yo le digo que la derecha es la derecha y que la Concertación debe ser exterminada por el tremendo daño que le hizo a la República. Además, el rector de una universidad me llamó la atención por un comentario sobre un evento académico al que me referí; por otro lado, en mi pueblo sufro el más brutal de los desprecios, la omisión; en mi pega de profesor la secretaria del colegio me pasa puro retando porque me demoro en poner las notas. Y para colmo, el alcalde de mi comuna fue a China a ratificar la venta de patrimonio territorial (¿cuánto será el impuesto del KVA?). Quizás lo acompañó el Núñez, que es el concejal más viajado de la comuna (al sociolisto le dicen el cara de viático, porque anda bien tostadito).

Mi vida es un desastre, soy absolutamente insolvente, mi nivel de fracaso está ratificado por una supuesta legitimación cultural que vale callampa porque no me da para vivir. Y la guinda de la torta lo constituyen los poderes fácticos de mi barrio (para no decirles perros concertacionistas) que se tomaron el centro cultural que debiera ser de toda la comunidad. Es un hecho que la hada madrina que espera un nuevo turno presidencial hizo esta ley, la de centros culturales, para que su gente montara plataformas a su regreso; imagino todo esto desde la paranoia política que es el único sustento crítico que me queda.

A partir de ese soporte es que lanzamos la ficción territorial, porque uno que es un escritor provinciano (o mediocre, simplemente) tuvo que participar de una invención o movida cultural que funcionara como estrategia legitimadora, porque no siendo santiaguino es duro dedicarse a la escritura. Por eso con unos cómplices de otras localidades del territorio hemos tramado esta estrategia, levemente resentida, de ajustar cuentas con el statu quo de la cultura nacional, sobre todo de la literatura. Lo del escandalillo de Guadalajara nos dio el impulso o, más bien, nos dio que pensar sobre la necesidad de un reordenamiento territorial o de una regulación tópica.

Hace unos años en el bar La Bomba de Valdivia (corríjanme los asistentes si es necesario) convenimos, después de analizar la tragedia de Neltume y otros fracasos de nuestra épica, que era necesaria la reescritura territorial del país o el rediseño del mapa (ahora que están tan de moda las cartografías). Es lo que se estaría gestando desde cierta práctica narrativa no metropolitana, para decirlo en forma negativa. Siempre odiando a la generación del 50 y sus excreciones más nítidas, que obviamente pasan por la estrategia editorial de la nueva narrativa o clasemedianismo culturoso acuicado, pleno de urbanidad, y de la academia pontificadora con su clientela pendejística que habla de género y de emancipación y que a veces hace turismo culturoso y asistencialista en las regiones que nosotros habitamos, tratando de dictar cátedra. Por eso (y por mucho más), desde el estrecho de Magallanes, pasando por el estero de Llolleo, hasta el río Loa, se alzan voces narrativas que claman por un nuevo relato, uno que levante los puentes efectivos de una nueva conectividad que hagan posible un nuevo territorio, dicho así como metáfora paisajística, mientras tanto.