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Texto de Felipe Ahumada para el diario La Discusión de Chillán

José Luis Becerra, jefe de la Brigada de Homicidios por más de 10 años, se acomodó en el sillón de su oficina tras nuestra pregunta. La ventana a su espalda remarcaba su silueta y oscurecía sus facciones, por lo que su potente voz pedagógica destacó aún más al responder.

“Esto fue hace unos ocho años. Me acuerdo que nos tocó investigar un caso en el sector de Sargento Aldea, cerca de Quirihue. Se trataba de dos amigos que solían juntarse a beber después de terminar sus faenas -ambos trabajaban para una forestal- por lo que siempre llevaban consigo hachas o motosierras”, empezó diciendo. Ya el detalle de las herramientas laborales hacía presumir lo que se venía.

Ambos -conforme al relato del subprefecto de la PDI- comenzaron a discutir. Los alegatos pasaron a mayores y en un descuido uno de los amigos descargó un furioso hachazo en la cabeza del otro. Y al primer hachazo, le siguieron otro y otros más. Pero todavía faltaba el detalle que escapa a toda estadística.

“La verdad es que lo que hizo con él fue masacrarlo, la pieza en la que se encontraban bebiendo tenía sangre por todas partes. Pero lo que personalmente me sorprendió fue que tras asesinarlo, el agresor tomó su cuerpo y lo arrojó a un tambor en el que habían preparado fuego para calefaccionarse durante la noche. Después de eso, el homicida arrancó del lugar”, precisó.

Horas después, cuando el autor de semejante asesinato fue encontrado no pudo esbozar una razón congruente para explicar su reacción. Sólo era una “pelea de curados”, dijo.

Pero historias con este grado de violencia y con orígenes todavía más insólitos a ojos citadinos, son realmente comunes en los sectores rurales de la Provincia de Ñuble, donde los campesinos se ganan la comida con hachas, horquetas, asadones, chuzos, combos, podadoras, motosierras o escopetas y tras el frecuente hábito de terminar la jornada laboral al calor de un buen vino, deben cuidar como lo más sagrado del mundo el observar los complejos códigos éticos y sociales de la vida del campesino neto y que se arrastran por siglos. Lo contrario, puede significar una horrorosa muerte.

“Es cierto, así como en el hampa de la ciudad hay ciertos códigos que no es conveniente romper, en los campos ocurre algo similar y hasta nosotros como brigada debemos tenerlas en cuenta cuando vamos a investigar algunos homicidios”, aclara Becerra.

Entre ellos destacan el no despreciar una invitación a tomar o a comer, no participar en la defensa de algún amigo en una pelea montonera y por su puesto, jamás mirar por muchos segundos a la mujer de otro o que un “afuerino” intente un romance con una “lugareña”.

“A nosotros a veces, nos ofrecen un vaso de vino y debemos aceptarlos para evitar que la persona que nos lo está ofreciendo se sienta humillado; y en el caso de las mujeres, efectivamente los problemas de faldas han significado una buena parte de los homicidios que se nos ha encargado investigar. Allá mirar a la mujer de otro es una inevitable invitación a un duelo, eso es ley en esos sectores”, confirmó el jefe de la BH.

Dos tercios de los casos

En los últimos tres años, sólo un tercio de los juicios orales por homicidios han tenido como imputados a vecinos del sector urbano de Chillán, Chillán Viejo, Bulnes o San Carlos. Siete de cada 10 corresponden a casos registrados en sectores rurales de la provincia.

Según datos del Ministerio Público Regional, en Ñuble los sectores con más casuística homicida son las comunas rurales de Bulnes, San Carlos y, en especial, Quirihue y sus alrededores.

“En efecto, una parte muy alta de los casos que se tramitan en esta Fiscalía son por lesiones, riñas, amenazas, homicidios y femicidios en calidad de consumados o frustrados”, confirma el fiscal Rodrigo Villarroel, titular del Ministerio Público de Quirihue, con jurisdicción además en Cobquecura, Portezuelo, Coelemu, Ránquil, Trehuaco y Ninhue, lo que suma cerca de 70 mil habitantes.

Desde 2010, en ese sector se suman seis asesinatos (incluyendo dos femicidios), apenas dos muertes menos que los que en el mismo tiempo completan Chillán y Chillán Viejo, ciudades que totalizan una población cercana a las 201.700 personas.

Un parricidio con suicidio del agresor, un asesinato a palos a un indigente, otro a martillazos en la cabeza contra un agricultor; una riña que terminó con un vecino muerto de 10 puñaladas dentro de un bar clandestino; y un agricultor asesinado frente a su hijo segundos después de arrancar de un linchamiento, son parte del catálogo de fatalidades que han sido parte de las carpetas de investigación de la Fiscalía de San Carlos.

Mientras que en el sector precordillerano, los casos son menos. Aquí figuran un fallecido por una puñalada en la sien, en el contexto de una riña en las ramadas de El Carmen, 2011; el macabro hallazgo del cadáver semidescompuesto de un hombre de 37 años quien fue hallado maniatado y abandonado en un predio agrícola; y la muerte de un hombre de 34 años quien recibió cuatro disparos por parte de un gendarme de Concepción quien estaba siendo linchado por una turba, en las ramadas de Yungay, el año 2010.

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