Vía www.siete.pe

Detrás del eufemismo, los matrimonios infantiles esconden historias de estupros, tortura, esclavitud e incesto. Setenta millones de niñas hoy en día son obligadas a casarse, mientras el mundo observa atónito este estrago de víctimas inocentes.

En una remota aldea afgana hoy es día de fiesta. Los niños corren, juegan a escondidas. Un cabrito viene degollado y los grandes empiezan a aplaudir entorno a la víctima del sacrificio.

No, no es el animal agonizante a quien están celebrando, sino a la criatura que con ese rito deja a sus espaldas la niñez y se vuelve una novia, aunque no tenga más de nueve años. Su prometido tiene varias veces su edad y no va a esperar que crezca para hacer de ella su esposa.

Los padres son cómplices y en varios casos artífices de estos matrimonios infantiles, que son todo menos un juego.

Entregan a un pariente lejano, un amigo o compañero de juegos, la pequeña que corre por el árido paisaje afgano. Esa niña ya no es una criatura para cuidar, sino el saldo de una deuda, la garantía de un préstamo.
En ese día de fiesta la vida misma se quiebra bajo el peso de ancestrales costumbres, que relegan la dignidad de las mujeres y la sacralidad de la infancia entre los bienes de uso y consumo.

Las novias precoces además saben que la muerte es la única opción de libertad de la cual disponen. Solo con este gesto extremo el pacto matrimonial podrá ser invalidado. A pesar de que sea difícil pensar en una niña de 9 años que busque en la muerte la liberación de un marido abusivo, de una familia mercenaria, de una comunidad machista.

Sin embargo, esto es el destino de miles de niñas esposas en el mundo. Niñas como Nasreen, cuya historia es una de aquella que nadie quiere escuchar.

La muerte como liberación

Nasreen era una joven mujer afgana de Kunduz, tenía apenas 18 años cuando, aprovechando la ausencia de su marido que por años había abusado de ella, decidió utilizar el fusil de caza para encontrar la muerte.

Sin embargo, Nasreen ha sido afortunada. La mayoría de estas chiquillas no tiene el conforto de una bala o de una píldora dorada.

La muerte llega temprano, pero casi nunca rápidamente.

Las niñas esposas pasan buena parte del día frente a las hornillas, que funcionan con kerosene. No hay fármacos para sanar las heridas del alma. Entonces se confía en el fuego, aunque este a veces traiciona sus expectativas.

En lugar de la muerte provoca solo graves lesiones. Como en el caso de Roxana, una bella mujer, que se había casado con un hombre mayor antes de llegar a la pubertad. El destino había sido clemente con ella: su marido fue mandado a Irán en donde permaneció muchos años. Ella creció, se enamoró y, dio por muerto a su primer marido, juró amor eterno a otro hombre. Esta vez sabiendo el significado de ese “te quiero”.

Todo parecía prometerle un final feliz al lado de su nuevo esposo. Hasta que el primer marido regresó de Irán y la encontró entre los brazos de otro hombre. Los jefes de tribu decidieron regresarla al primer marido. Pero ella prefirió el fuego.

Sus fotos y su historia han dado la vuelta del mundo gracias al reportaje del premio Pulitzer, Stephanie Sinclaire. La fotógrafa cuenta también la historia de Marzia Bazmohamed. A sus quince años se prendió fuego porque no sabía cómo decir a su marido que había roto el televisor de familia. Tanto era el miedo que tenía al hombre con el cual estaba casada desde los nueve años que pensó que la muerte era poca cosa frente a los golpes que iba a recibir.

La burla del destino
Sin embargo, para Marzia el suicidio ha sido un fracaso. Su cara y su cuerpo están desfigurados, mientras las patadas y puñetazos no han dejado de darle la bienvenida a su regreso del hospital. Esos cinco minutos de rebeldía le costarán caros por el resto de su vida: con esas cicatrices se ha asegurado un tratamiento aun peor.

¿Pero tenía Marzia o las otras chicas, una real alternativa? Según los organismos humanitarios en Afganistán, el número de chicas que optan por el gesto extremo para terminar con un matrimonio indeseado siguen aumentando. Y, cuando no van en búsqueda de la muerte, es la señora de negro que las encuentra a ellas: hay niñas que mueren desangradas la primera noche nupcial, otras durante el parto, algunas por los golpes o las torturas.

También está la fuga como alternativa a la muerte. Si una niña pasa una sola noche afuera de la casa no solo la repudiará el marido, también lo hará la comunidad entera. La fuga se traduce en una muerte social.

Y si las babynovias fugitivas se arrepienten, serán arrestadas y encerradas en prisión. Nadie las querrá de vuelta.

El riesgo de la fuga
Según Human Rights Watch, 500 jóvenes mujeres se encuentran actualmente en la cárcel por haber tratado de escapar a un matrimonio coercitivo o a un marido violento. Además, en esta parte del mundo las venganzas asumen el rostro del feminicidio. Hace solo una semana, en la provincia de Kunduz una niña de 14 años, Gisa, ha sido decapitada por rehusar casarse. Y lo mismo ha ocurrido hace un mes cuando otra joven afgana de 20 años no quiso prostituirse, según la voluntad y los intereses de su marido.

Sahar Gul no ha llegado a la muerte pero a su corta edad ya ha vivido un infierno.

Su marido también quería obligarla a la prostitución. Ella lo rechazó. Los golpes, las violencias, las amenazas no lograron quebrarla. Más bien, le motivaron la fuga.

Quince años y corrió de los golpes de un marido abusivo.

Logró escapar, buscó la ayuda de los vecinos, de la policía, pero ellos la devolvieron al marido. A las violencias se sumó la venganza, pero Sahar no se dio por vencida, logró escaparse nuevamente y, esta vez, se fue de frente al tribunal. Convenció a un magistrado y logró tras un proceso que se condenaran a los suegros y a la cuñada a diez años de prisión, mientras que sobre el marido y el cuñado, que ahora viven en la clandestinidad, cuelga una condena en ausencia.

Uñas rotas, ojos hinchados por los golpes, la oreja quemada por una plancha: con ese rostro desecho la pequeña Sahar Gul se ha vuelto el símbolo de la lucha por los derechos humanos, el símbolo de las mujeres que luchan por su libertad. Aunque nos cueste mirar esa cara de niña golpeada, y escuchar su historia.

Derechos humanos y cultura rural
En los últimos diez años la situación de las mujeres en Afganistán ha mejorado: cuatro millones de niñas ahora pueden ir al colegio y las mujeres a trabajar. Sin embargo, queda mucho para hacer.

En este país la edad legal para casarse es de 16 años, pero según las Naciones Unidas el 57% de las niñas se casan mucho antes. La violencia sobre las mujeres sigue siendo muy difundida y en la mayoría de los casos sigue impune. Las mujeres valientes que se acercan a la policía pidiendo auxilio, a veces son víctimas de ulteriores abusos y violencias sexuales antes de ser regresadas a las familias. Como en el caso de Sahar Gul.

Desde el 2009, gracias a la ley sobre la eliminación de la violencia sobre las mujeres, Afganistán prohíbe los matrimonios forzosos, la práctica de “regalar” una joven mujer para resolver un contencioso y otras actos de violencia.

Sin embargo, para muchas la realidad no ha cambiado. Según los datos de la organización británica Oxfam, el 87% de las mujeres afganas ha sufrido violencia física, sexual o psicológica.

Las niñas no saben que al dejar la casa de juegos sus vidas van a cambiar. Lo toman como un juego obligatorio, que lamentablemente termina mal. Y la culpa de tanta ignorancia se debe a otras mujeres.

Una gran antropóloga decía que “si se cree que las mujeres son mentalmente inferiores, no hay porque educarlas. Y, hasta que no sean educadas, quedarán como mentalmente inferiores”. Siguiendo el razonamiento, es claro que delatar cualquier indicio de no ser “mentalmente inferior” es poco femenino. Entonces es probable que la mujer misma haga todo lo posible para esconder el “defecto” y eliminarlo de sus propias hijas. Por lo tanto, es por esto que las madres pueden perpetrar tales tradiciones: no son felices, son moralmente esclavizadas.

Por esta razón pueden asistir sin algún reproche o piedad a casos como el de Meigon Amoni, vendida por el padre a cambio de una dosis de heroína, cuando tenía solo 11 años, a un hombre de 60.

Lo que no queremos oír
«Si la libertad significa algo, será, sobre todo, el derecho a decirle a la gente aquello que no quiere oír». Y es probable y sensato que nadie quiera oír que, según los datos de la última relación de la ONU, son 70 millones las menores de edad obligadas por sus familias a casarse, un tercio de las cuales (12%) tenía menos de 15 años cuando prometió el amor eterno.

La vida puede ser tan dura, las costumbres tan machistas que “es normal” hablar de “venta de hijas”. Casi la mitad de las jóvenes casadas antes de sus 18 viven en 5 países del Asia del Sur: Bangladesh (66%), India (47%), Nepal (41%), Afganistán (39%) y Pakistán (24%). Y si el fenómeno de las niñas esposas siguiera al ritmo actual, el número total de las jóvenes entre 20 y 24 años, que hayan contraído matrimonio antes de los 18, podría subir a 142 millones dentro del 2020.

En Afganistán las cifras de la ONG Plan (en colaboración con Amnesty Internacional) delatan 10 millones de niñas “vendidas” como esposas. Una cada tres segundos. Mientras que 150 millones menores de edad son víctimas de estupro y otros tipos de violencias sexuales.
La pregunta que nos impone la actualidad es entonces ¿Cuándo empezaremos a oír lo que no queremos saber?

El remate de las niñas esposas
Las llaman “esposas a bajo precio”. Las familias, deshumanizadas por el hambre y la guerra, con tanto de mejorar mínimamente la desastrosa situación económica que viven a lo largo de los confines de Siria, rematan a sus niñas.

Los taxistas de Amman ya se han especializado en el negocio: esperan a los ricos saudíes al aeropuerto, frente a los hoteles cinco estrellas. Es un cruce de miradas, pero ya es claro qué andan buscando.

Las sirias gustan muchos a los árabes: altas, con ojos grandes y tez blanca, en una parte del mundo en donde el sol golpea y envejece rápidamente hasta las más lindas de las flores.

Son “baratas” y en la edad ideal: entre 15 y 16 años. Cedidas por las familias por 1.000 o 2.000 euros. Es decir la mitad de cuanto un “señor” del Golfo gastaría para una noche en compañía de una prostituta ucraniana en un hotel de Dubai.

El fenómeno se está multiplicando. Ha logrado modernizarse conquistando la red. Y no llama la atención.
Es una constante que persigue a las víctimas de las tragedias humanitarias. Sin embargo, para las mujeres sirias el calvario de las niñas esposas hace más víctimas que las masacres de Damasco, Aleppo y Homs. Adentro de los confines sirios los evacuados, según las cifras de la ONU, serían cinco millones, y allende (es decir: Turquia, Irak, Líbano y Jordania) son más de 500.000.

No todas las familias ceden ávidamente su prole. Pero en caso de padres “sentimentales”, los “magnates” llegan a ofrecer hasta 4.500 euros por una niña. Y, al no tener ni el sencillo para el pan del día, decir “no” se vuelve la elección entre el valor de la vida y el suplicio de la indigencia.