El prestigioso periodista político norteamericano, Jon Lee Anderson, publicó un artículo sobre los efectos de la relación que comienza a tener el Barack Obama y el Gobierno de EEUU con sectores de la oposición Siria.

Por Jon Lee Anderson, vía elpuercoespin.com.ar

Mientras la marea cambia en favor de los rebeldes en la brutal guerra civil siria que ya lleva 21 meses, la administración Obama ha encontrado, finalmente, una facción con la que puede trabajar. El presidente Obama dijo que extendía el reconocimiento de los Estados Unidos a la recientemente organizada Coalición Nacional de las Fuerzas Revolucionarias y de Oposición Sirias como “los representantes legítimos del pueblo sirio”. Al hacerlo, seguía el ejemplo ya establecido por los gobiernos de los estados del Golfo Arábigo, Turquía, el Reino Unido y Francia. Pero optó por proteger su apuesta de un modo que otros países no. Aun mientras reconocía a una organización rebelde, el gobierno de los Estados Unidos también calificaba al Frente Al-Nusra, uno de los grupos aliados más activos y efectivos entre los que lucha contra el régimen de Assad, como una organización terrorista islamista ligada a Al Qaeda en Irak.

Estos movimientos norteamericanos sucedieron, estrechamente, a un par de semanas de intensa actividad de los rebeldes sirios en el campo de batalla, en las cuales parecieron haber superado algunas deficiencias de larga data. Luciendo mejor armados que nunca antes y mostrando una mayor coordinación táctica entre sus fuerzas, los rebeldes tomaron una cantidad de bases militares y llevaron la guerra más cerca de la Damasco central, rodeándola, de hecho, por tres lados. También comenzaron a lanzar ofensivas para controlar el aeropuerto internacional, ubicado a unas quince millas de la ciudad. Los vuelos de partida y llegada fueron suspendidos durante días y, simultáneamente, fueron cortadas las líneas de teléfono y de Internet de Siria durante días. El apagón aumentó la creciente percepción internacional de que se acerca el final de juego en Siria (un amigo en Damasco me contó el miércoles –12 de diciembre de 2012—que la atmósfera allí, con los bombardeos y tiroteos que ocurren a toda hora, es de ansiedad y tensión por demás: las vidas de la mayoría de la gente giran ahora en torno de tareas básicas como proveerse suficientes comida y combustible. La gasolina y el pan son muy escasos, y en los lugares donde el gobierno tiene panaderías subsidiadas las colas para comprar provisiones racionadas –equivalentes a unos pocos días de subsistencia de una familia— demoran hasta tres horas).

Incluso los aliados remanentes de Assad reconocen ahora que el fin de su era en el poder parece cercano. El jueves (13 de diciembre de 2012), el vicecanciller ruso aceptó que los avances recientes de los rebeldes sugieren una probable derrota de Assad, la primera admisión de este tipo por un alto funcionario ruso. (Rusia, junto con Irán y China, ha provisto respaldo diplomático al régimen de Assad en la ONU –y Rusia es también su principal proveedor militar). Advirtió, sin embargo, que el desenlace podría demorarse y ser extremadamente sangriento, al costo de decenas o incluso centenares de miles de vidas. Reiteró la propuesto oficial rusa de diálogo y acuerdo negociado (El viernes –14 de diciembre de 2012–, la Cancillería rusa emitió un comunicado en el que desautorizó los comentarios ás pesimistas de su funcionario).

En vista de estos desarrollos, el momento elegido por la Casa Blanca para su decisión de expresar reconocimiento diplomático a los rebeldes de Siria es ciertamente oportuno, pero no fue realizado a la ligera. Funcionarios del Departamento de Estado se han esforzado durate meses, tras bambalinas, por reunir una oposición siria pro-occidental que funcionara, con una cabeza y una cola que hablaran al unísono. Ahora habrá, sin dudas, más negociaciones, y algún brazo a torcer, en torno de la movida norteamericana para aislar al yijadista Frente Al-Nusra, que hasta el Sheikh Moaz al-Khatib, el relativamente moderado líder religioso de la coalición recién aprobada por los Estados Unidos, ha declarado que considera equivocada. Pese a estos espinosos asuntos, la flamante relación formal significa que los norteamericanos podrían participar a partir de ahora en las conversaciones en marcha en torno de la composición de la oposición siria, acercando a los Estados Unidos a su objetivo de que el régimen post-Assad sea amistoso, o al menos uno sobre el que tengan alguna influencia, posiblemente a cambio de una aumentada, y potencialmente crucial, ayuda en dinero y otras formas.

La cuestión, ahora, es si los Estados Unidos tomarán más pasos directos para acelerar la instalación de ese gobierno post-Assad. Aumentando la presión, la semana pasada, el secretario de Defensa Leon Panetta y otros funcionarios norteamericanos expresaron su alarma ante la perspectiva de que el régimen de Assad pudiera utilizar su supuesto arsenal de armas químicas en un desesperado acto final. Las pruebas de inteligencia que muestran que sustancias precursoras del gas sarín, un agente químico letal, han sido cargadas por unidades militares sirias en sus bombas aéreas los han llevado a romper su silencio, explicaron los funcionarios. Este hecho fue acaloradamente desmentido por altos funcionarios sirios, quienes, no obstante, advirtieron sobre la posibilidad de que rebeldes islamistas radicales pudieran echar mano de tales armas (Esta semana, Panetta declaró que el peligro del uso de armas químicas parece haber disminuido).

No está fuera de las posibilidades que el gobierno de Assad mismo pueda ser la fuente de la amenaza del Sarín, exhibiendo la amenaza de su uso final de las armas químicas para lograr un acuerdo que le permita sobrevivir. Ha habido cantidad de informes de que fuerzas especiales norteamericanas han sido estacionadas en la vecina Jordania durante meses, entrenándose con las tropas aliadas en operaciones para asegurar las varias decenas de supuestos sitios de armas químicas en caso de un colapso del régimen. Pero esos mismos informes han citado a funcionarios norteamericanos expresando sus dudas sobre su capacidad para proteger todos los sitios. A la luz de esas reservas y de los pronunciamientos del presidente Obama de que el uso sirio de sus armas químicas constituiría una “línea roja” para los Estados Unidos, Assad bien puede haber apostado a que sus armas químicas sean la clave, no de su caída, sino de su supervivencia.

Para Assad, hacer algo que desencadena una intervención militar norteamericana, incluso limitada, podría ser un error fatal –o podría, posiblemente, ser justo lo que necesita para sobrevivir. Los yijadistas que lo combaten bien podrían volver sus fusiles contra los norteamericanos, como lo hicieron antes en Irak.

Para el presidente Obama, la intervención militar norteamericana tiene que ser la menos deseable de todas las acciones posibles –de imprevisibles consecuencias, incluyendo el riesgo de quedar varado en un nuevo, multipolar conflicto de Medio Oriente. Por esa razón, el umbral tras el cual los Estados Unidos podrían involucrarse en forma más directa permanece necesariamente en la ambigüedad, lo que deja a norteamericanos y sirios desafiándose uno a otro un poco más de cerca cada vez, en el viejo –pero esta vez con altas bazas—juego de la gallina.