Tres robos estratégicos, amedrentamientos vía teléfono a otros dos colegas en las últimas dos semanas y la aparición de “extraños carabineros” en la antigua casa de uno de ellos. Eso es lo que le ocurrió este fin de semana recién pasado a tres periodistas chilenos que tienen un denominador común: investigan casos de la dictadura o ligados a DD.HH. durante la dictadura de Augusto Pinochet.

Los notebooks y un disco duro de Marcelo Weibel, el pendrive de respaldo con la nueva investigación de Javier Rebolledo y la intromisión forzada al departamento de Cristóbal Peña- que incluyó la manipulación de un computador, fueron los hechos que en el caso de Weibel motivaron a dejarlo con resguardo policial en su hogar.

Tres extraños robos que se sumaron al hostigamiento que hace dos semanas también recibe el coautor de “Asociación ilícita: Los archivos secretos de la dictadura” con Weibel, Carlos Dorat, y los llamadas sin hablar de números desconocidos que ha recibido la correspondal de The New York Times en Chile, Pascale Bonnefoy.

Notebooks, disco duro y pendrive

La noche del jueves comenzó todo. Mauricio Weibel, corresponsal de la agencia alemana DPA y autor del libro “Asociación Ilícita: Los archivos secretos de la dictadura”, sufrió el robo de su auto durante la noche. Al día siguiente, dos carabineros llegaron preguntando por él en su antigua casa y se retiraron, según él mismo cuenta, rápidamente y en taxi cuando el conserje les pidió identificación.

“Se fueron diciendo que el auto había aparecido en Quilicura. Yo fui a la 19ª comisaría, que es la que correspondía, y me dicen que de ahí nadie sabe nada y menos se dirigieron a avisar a su ex hogar”, cuenta Weibel.

Lo más raro, eso sí, vendría el día siguiente. El sábado, durante la tarde, tres notebooks fueron sustraídos desde su hogar en la comuna de La Reina, mientras él y su familia estaban afuera. Computadores que él ocupaba para guardar su material académico y respaldar parte de sus investigaciones.

Weibel, quien también es presidente de la Asociación de Corresponsales de la Prensa Internacional, se comunicó entonces con su editor y con autoridades de gobierno, como la ministra vocera, Cecilia Pérez, y el ministro de Interior, Andrés Chadwick. Éste último ordenó protección policial para él y su familia, aunque de poco sirvió porque antes que acabara el fin de semana, nuevamente desaparecieron algunas cosas del antejardín de su hogar.

Por eso Weibel, acompañado del abogado Eduardo Contreras, interpusieron un recurso de amparo la mañana de ayer en la Corte de Apelaciones de Santiago, a sabiendas que otros dos colegas habían sido robados en circunstancias parecidas a él.

“Yo me hago eco de lo que me dijo personalmente el ministro Chadwick de que esto no es casual, y que por esa razón era conveniente tener protección permanente en mi casa y me hago eco de que todos los periodistas que sufrimos amedrentamientos o intento de ello, somos periodistas que hemos realizado investigaciones por casos de violaciones a los derechos humanos y que hemos tenido que ir a declarar por estos casos a la PDI”, dijo Weibel ayer por la mañana.

Saber que entraron

Parecidas, porque Javier Rebolledo se encarga de aclarar que no puede asegurar a ciencia cierta que fue un robo porque sólo desapareció un artículo específico de su hogar. El problema es que era específicamente el pendrive que usaba para respaldar los avances de su nuevo libro. Y fue lo único.

Sin embargo, el autor de la “La danza de los cuervos” dice estar acostumbrado a este tipo de situaciones, las que ha vivido anteriormente y por las que dice, no ha hecho otras denuncias porque en el ámbito en el que muchas veces se mueven “un día le toca a algunos y otros días a los otros”.

Según Rebolledo, quien ahora prepara un libro precuela de la “La danza…”, son situaciones que ciertas organizaciones ligadas al Ejército o a civiles que colaboraron durante la dictadura buscan saber antes que salgan a la luz para tener mejor controlada la eventual crisis que exista luego de la publicación.

El largo brazo de la dictadura

El caso de Cristóbal Peña es parecido. Después de pasar el fin de semana fuera de su hogar, el lunes por la noche se percató que alguien había entrado a su departamento; eso sí, sin llevarse casi ninguna especie. “No me cabe en la cabeza que esto sea un robo común y la policía tampoco lo cree. No me lo explico”, dice.

Peña llegó a su hogar y aunque llevaba su computador personal con él, sí encontró indicios que el computador de escritorio había sido manipulado. “Da la impresión clara de que alguien quería que supiéramos que estuvo, más que se hubieran llevado algo de valor”, señala.

El periodista, autor de “Los Fusileros” y de algunos capítulos de la saga “Los archivos del cardenal”, prepara un libro sobre casos de violaciones a los DD.HH., rechazó el resguardo policial y dice que aunque no sufrió una sustracción grave, sí le inquieta que alguien entró a su casa y lo hizo con la intención de que supieran que estuvo ahí.

Con todo, los hostigamientos a Dorat y Bonnefoy motivaron a Weibel a denunciar el hecho y buscar, con el amparo presentado a la Corte de Apelaciones que se entreguen informes sobre los hechos de ambas policías, al Ministerio Público, la Agencia Nacional de Inteligencia (ANI) y la Dirección de Inteligencia Nacional del Ejército (DINE).

Durante la presentación del escrito, el abogado Contreras aseguró que no le cabían dudas que estos organismos manejaban información al respecto y que todo lo que estaba ocurriendo sólo demuestra una sola cosa: “que el largo brazo de la dictadura sigue vigente”.