Y era tal su belleza que aún cuando abajo les estaban matando a sus hijos, todos levantaron los ojos para mirarla.
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Helena: -Yo jamás estuve en Troya, fue sólo mi sombra (…) Menelao: -¿O sea que sólo por una sombra sufrimos tanto?
Jamás como en estas dos escenas se ha expuesto con mayor majestad, con mayor nitidez y concretud, la idea de la belleza; la idea de algo o alguien bello. La primera corresponde seguramente a un sueño porque no se encuentra en la Ilíada, al menos no se encuentra textualmente, y es más o menos esta: amontonados en los bordes del muro de Troya, una multitud de ancianos, de mujeres y niños, gritando y arrancándose los cabellos de impotencia y horror, miran como pocos metros más abajo los griegos están masacrando a sus hijos, a sus esposos, a sus padres, cuando aparece Helena. En ese instante el poema (o el sueño) hace la comparación inigualable, crucial, esa que desde el límite expresable del horror describe el límite expresable de la belleza; aquella que es tan absoluta, tan conmovedora e impronunciable, que las únicas palabras que tenemos para expresarla es decir que ni siquiera el infinito espanto es capaz de eludirla.

La segunda escena sí le pertenece a la escritura: está en la Helena de Eurípides y es como si la insoportable belleza de ese dialogo le perteneciera tanto a la escritura como a lo irreparable. Dos mil cuatrocientos años más tarde esos mismos versos se encontrarán también en el epígrafe de un poema homónimo de Giorgio Seferis, pero las fechas y los milenios son para la poesía un presente perpetuo y podemos por ende afirmar que esas frases estaban impresas desde siempre y que en ellas se sintetizan todos los padecimientos, las penurias y desengaños provocados por las incontables Helenas y por las infinitas guerras de Troya que le esperaban al mundo.

Es eso, y el reproche de Menelao adquiere el tono de los presagios. ¿Cómo hacer entonces aún más evidente ese abrupto golpe de sangre que nos atenaza cuando algo nos parece extremadamente bello? ¿Cómo poder transmitirles a otros – al que lee hoy día- que todo lo desbastado que podemos contener en nuestra vida, que todos los espejismos y los reproches ya estaban descritos en la belleza inconmensurable de esos dos versos? No existen respuestas, sin embargo hay párrafos de Eurípides y de Dante, de Shakespeare y de César Vallejo, tan plenos y rotundos, tan sobrecogedores, que nunca podrán ser abarcados completamente. Sus movimientos solamente son comparables con los grandes espectáculos de la naturaleza, con las mareas del océano o con el resplandor de las cordilleras bajo la nieve. Es como si esas obras no hubiesen sido escritas para la vida sino para la muerte. Es una hipótesis imposible, pero si llegase a existir un más allá, es decir, si pudiésemos por un segundo apostar como las religiones monoteístas por la existencia de otro mundo, la única certeza que yo al menos podría tener de ese otro mundo es que en él están grabados esos poemas.

Infinidades de hombres han visto sus Helenas (sus Cristo, sus próceres, sus emblemas) encaramadas sobre roqueríos inalcanzables, han luchado y muerto por ellas sin saber que sus sombras eran el mundo. Desde allí también emerge ese gemelazgo de la belleza y de la desgracia que se llamó Helena, como queriéndonos mostrar que una de las condiciones más absolutas de esta vida es que la belleza no es posible si no lleva adherida la traición. Sólo es bello aquello que es capaz de traicionarte. Es la condición homérica de la que no hemos salido. La otra condición es que amor y muerte son términos inseparables. Si fuésemos inmortales como lo son los dioses de la Ilíada, no necesitaríamos el amor porque tendríamos la eternidad para experimentar en nosotros mismos la infinidad de los otros. El amor es algo urgente porque vamos a morir. Es la inminencia de la muerte la que nos obliga al amor. Desde Helena las palabras belleza y traición, amor y muerte, no son separables. No hemos salido del universo que relata la Ilíada porque esas cuatro palabras están condenadas a ser inseparables. Romper la cadena que conforman esos dos pares de palabras: belleza y traición, amor y muerte, es la aspiración máxima de la poesía porque la poesía misma dejaría entonces de ser necesaria: un amor que no precise de la inminencia de la muerte para ser urgente, una belleza que no precise de la traición para ser emocionante.

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Esta es la belleza. He imaginado el cielo entero rayado de palabras, de poemas, de demencias y de fracasos, que sin embargo están desbordados de vida. He visto declaraciones desesperadas y maravillosas trazarse sobre los desiertos, sobre los témpanos, en las cumbres de las cordilleras, en el horizonte. Me las he imaginado en medio de la infinita vacuidad de los hombres y mujeres que se ostentan, de la arrogancia, de las mentiras de los avisos publicitarios. Un arte rebalsado de abrazos, de cielo y aire, estampado en todas las partes donde mi sueño y mi despertar te vean, donde te miren y te hablen.

Opongo entonces la consistencia de una sola cara humana a las reglas infamantes de un mundo infamante. Opongo la sola certeza de un rostro amado a todas las vergüenzas de una realidad que avergüenza, a hombres que avergüenzan, a un mundo que avergüenza. Algún día percibiremos que en el universo todo se abraza con todo y que nosotros en cambio malgastamos nuestras vidas. Creímos que había cosas más importantes, pero lo único importante es ser lo suficientemente dignos como para poder abrazar a otro y ser abrazado por otro. Todo lo demás: el poder, la fama, los bienes, son sólo paliativos, sombras de la falta de amor, fantasmas de ella, espejismos. Y vendrá la muerte y tendrá tus ojos… es el título del último poema que escribió Cesare Pavese antes de matarse. Y tendrá tus ojos… y eso cuenta más que la muerte.