Mientras escribo esta columna el gobierno, a través de los ministros Andrés Chadwick y Joaquín Lavín, dialoga en Temuco con alcaldes y concejales mapuches. En la cita, se informó, se analizarían los trágicos sucesos acontecidos en Vilcún, el denominado Plan Araucanía, orientado al desarrollo socioeconómico de la región más pobre de Chile, y posibles alternativas legislativas que pudiesen ingresar al Congreso en los próximos meses, entre ellas una ley de cuotas para parlamentarios indígenas y el postergado reconocimiento constitucional. Es un paso importante y que abre esperanzas de que, por fin, el prisma policial de paso a un abordaje más político del conflicto chileno-mapuche. Lo señalé en entrevista con revista Qué Pasa; los nueve alcaldes y la veintena de concejales mapuches representan hoy una gran oportunidad. Bien podrían ser los interlocutores -junto a dirigentes tradicionales y de organizaciones- que el escenario de conflicto actual demanda con urgencia.

Uno de los problemas que han debido afrontar los gobiernos en las últimas décadas ha sido la ausencia de interlocutores claros del lado mapuche. Lo repiten de tanto en tanto las autoridades; “¿Con quién dialogamos?”, “¿Con uno?”, “¿Con todos?”. No falta quien atribuye esto último a cierta característica de la cultura mapuche. “Ellos son así, jamás tendrán un solo vocero”, se concluye muy livianamente. Es cierto, si algo caracteriza a la sociedad mapuche tradicional es la descentralización del poder y la autonomía de cada lof u organización, algo propio de una nación compuesta por clanes familiares y linajes territoriales. Pero ello lejos está de ser sinónimo de anarquía o ausencia de una institucionalidad propia. Cuando al pueblo mapuche se le invita a dialogar, asiste, se organiza, ordena sus filas y delega la vocería en representantes. Pasó con los españoles. Ante lo inconducente de la guerra la respuesta fueron los Parlamentos. Fue la forma en que se pudo “gestionar” políticamente el conflicto. Dotar de gobernabilidad. Y vaya si funcionó. Por casi tres siglos.

¿Ha tenido el pueblo mapuche interlocutores ante el Estado chileno? Por cierto. Durante la primera mitad del siglo XX tres grandes organizaciones fueron las protagonistas de la actividad política mapuche. Hablo de la Sociedad Caupolicán, la Federación Araucana y sobre todo la legendaria Corporación Araucana, desconocidas para la mayoría de quienes hoy se refieren a la situación mapuche. En ellas los sucesivos gobiernos tuvieron a interlocutores de lujo; ocho diputados mapuche en el Congreso y una treintena de regidores entre 1925 y 1970. En tiempos en que no existían cuotas parlamentarias, indigenismo de Estado o discriminación positiva –las mujeres no votaron hasta 1952- ocho líderes mapuche representaron los intereses de nuestro pueblo en el Congreso. El más famoso, Venancio Coñuepan Huenchual, que llegaría a ser ministro de Estado, consejero del Banco Estado y para muchos uno de los padres –junto a Manuel Aburto Panguilef- de la idea nacional mapuche contemporánea (en los años 40´ planteó la idea de una “República Indígena” federada al Estado chileno).

La temprana muerte de Coñuepan a fines de los 60’ y el posterior Golpe Militar terminó con esta verdadera generación dorada de interlocutores políticos. Y si bien en los 80’ hizo su estreno una nueva generación de líderes, esta rápidamente fue cooptada por partidos de izquierda y más tarde por la maquinaria de la Concertación. He allí uno de los grandes errores de los últimos veinte años; transformar a los interlocutores del pueblo mapuche en clientela político-electoral. O bien en burócratas del indigenismo de Estado. Fue así que de los diálogos políticos de antaño se pasó a los monólogos actuales. O a las puestas en escena con “indios amigos” desfilando de tanto en tanto por los pasillos de La Moneda. Sucedió con Frei, con Lagos y con Bachelet. ¿Seguirá pasando con la derecha? El anuncio del ministro Chadwick de aceptar la invitación a dialogar en la cumbre del Cerro Ñielol es un cambio en la dirección correcta. Reunirse con los alcaldes y concejales mapuche, otra señal muy potente. En ambos casos no hablamos de sectores pro-gobierno.

Y es que un conflicto, si es que en verdad pretende ser abordado con altura de miras, requiere de interlocutores políticos. Y estar dispuesto a escuchar cosas que tal vez no nos gusten. De eso trata la política. Y ser gobierno en una democracia. He allí, y no en la cacería de brujas, el principal antídoto contra los sectores radicales de uno y otro bando.